El Corralito de Atocha

Esperando el Talgo a Extremadura en Atocha, este domingo. :: A. T./
Esperando el Talgo a Extremadura en Atocha, este domingo. :: A. T.

Los viajeros extremeños pagan 60 céntimos por hacer pis, el resto, no

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Hay un detalle definitivo que marca las diferencias entre la España Veloz y la España Lenta: en Atocha, quienes van a Huesca, Valencia, Alicante, Castellón, Córdoba, Málaga, Sevilla, Barcelona, Zaragoza, Lleida, Girona, Pamplona o Toledo mean gratis mientras esperan su expedición, pero los que vamos a Cáceres, Badajoz, Cartagena, Jaén o Almería hemos de pagar 60 céntimos si queremos hacer pis. Aunque si solo fuera eso...

Hoy no les voy a contar nada sobre lo lentos que son los trenes extremeños ni sobre sus averías, hoy quiero centrarme en el Corralito de Atocha, esa sala de espera subterránea, oscura y más propia de un thriller con asesinatos y sustos que de un viaje placentero.

Vamos por partes. El viaje que les cuento parte de Valencia, donde en la estación hay un FNAC, un Pausa Café, una boutique de horchatas y fartons (dulce alargado y contundente), un McDonald's y otros entretenimientos. Al llegar a Atocha, la sala de espera de la España Veloz tiene cafeterías, una zona de sillones ergonómicos, un espacio Netflix para bajar contenidos de vídeo y mucha luz y mucha amplitud.

Salimos de esa sala y, ¡craso error!, deberíamos haber ido al baño porque era gratis. Ahora, esperando el tren a Cáceres, nos acucia la necesidad y habremos de apoquinar 60 céntimos por un sencillo pis. ¡Caramba, ni en París! No se entiende que pagando un precio semejante por ir a Cáceres en el Talgo que por ir a Valencia en el AVE (sacamos billete con antelación aprovechando las ofertas Promo), haya esas diferencias a la hora de ir al lavabo en las salas de espera. Pero si solo fuera eso...

Se acerca la hora de la salida del Talgo y llega el momento de descender a los infiernos. En un rinconcito de la estación de Atocha Cercanías, una puerta de cristal y un pequeño mostrador aguardan a los viajeros de la España Lenta. Ahí está el control de los trenes a Jaén, Cartagena, Badajoz y Almería. Te miran el billete, te dan paso y desciendes al sotanillo de los horrores.

La primera en la frente: la escalera mecánica de bajada está averiada, así que has de cargar con las maletas. Allí se ven señoras a punto de despeñarse, mamás que bajan primero al niño y luego suben a por el equipaje mientras el niño empieza a correr y la mamá se desespera porque teme que el muchachino se escape en un cercanías y aparezca en Villaverde Alto. En fin, descendemos y llegamos al Corralito de las Vergüenzas.

Esperamos el Talgo a Extremadura en un espacio de techo bajo, luces mortecinas, ruido infernal y temperatura ambiente, es decir: frío helador en invierno y calor tórrido en verano. Cuestión aparte son los olores: el penetrante aroma del gasoil de los talgos y R-598, el perfume intenso de la grasa...

Los viajeros, sentados o de pie, pero en un estado de estrés que no pueden disimular, se abanican con ansiedad, se mueven de un lado para otro, consultan el teléfono por hacer algo y, no sé por qué, las conversaciones entre viajeros que no se conocen de nada, pero que en ese subterráneo aterrador sienten la necesidad de solidarizarse, escucharse y apoyarse los unos a los otros... Las conversaciones que escucho, digo, tienen todas un toque de tristeza: una señora le comenta a otra que se ha separado de su marido y no sabe por qué, un caballero relata cómo le han echado del trabajo y tampoco sabe por qué, un joven asegura que él necesitaría tener novia siempre, pero no tiene y, ¡exacto!, no sabe por qué.

Al llegar a ese punto, por megafonía se anuncia la salida del Talgo. Hace un mes, te miraban otra vez el billete, añadiendo así más agobio y lentitud a la operación de embarque. Ahora, han eliminado esa doble revisión sin sentido. El caso es que corremos angustiados para escapar del Corralito de Atocha y, mientras salimos del infierno rumbo a lo desconocido, o sea, el tren extremeño y sus imprevistos, no dejamos de pensar que somos los últimos de la nación... Y tampoco sabemos por qué.

 

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