Cordura política

De momento, la decisión de Sánchez de convocar elecciones generales en abril deja una lección: que cada uno aguante su resultado y que no haya excusas

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado viernes./HOY
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado viernes. / HOY
Pablo Calvo
PABLO CALVOCáceres

Acostumbrados a la osadía de Pedro Sánchez, y a riesgo de decepcionar, el presidente del Gobierno optó esta vez por aplicar la lógica política que indica que, sin presupuestos, máxime cuando no son los tuyos, no se puede gobernar. Por una vez («llámenme clásico», aseguró) tiró de manual y anunció elecciones generales.

Para fijar la fecha, tampoco tenía demasiado margen y abril casa con las dos voces que le llegaban: por un lado, la de los dirigentes autonómicos, temerosos de que la inclinación que se observa por votar en clave catalana les perjudicara, por lo que rogaban que no hubiera un 'superdomingo' en mayo; y, por otro, el aparato del PSOE, con el ministro y secretario de Organización José Luis Ábalos a la cabeza, convencido de que, para tener mejores perspectivas de éxito, era bueno acudir de la mano de los alcaldes porque es cuando el partido de verdad se tensiona en todos los territorios.

Dejando para otoño las elecciones generales, una vez celebradas las autonómicas y municipales, corrían el riesgo de sufrir un proceso desmovilizador o de cansancio en las propias filas socialistas. Eso sin contar con que ya no era seguro que tuviera la misma mayoría que le respaldó en la moción de censura y que también necesitaba para sacar adelante los decretos-leyes. La fragilidad con la que llegó había aumentado.

Abril, por tanto, tiene la virtud de no ensombrecer los comicios locales y autonómicos, de tal forma que cada candidato sienta que se le vota o no por sus propios méritos o deméritos, no por lo que ocurre a cientos de kilómetros; pero al mismo tiempo, el 28-A se sigue nutriendo de la movilización del PSOE, que simplemente adelanta unas semanas la puesta a punto para la batalla electoral, como si fuera a doble vuelta.

Además, es probable que Pedro Sánchez haya tenido en cuenta la foto de la plaza de Colón, en la confianza de que pueda arañar algunos apoyos de votantes de Ciudadanos, que todavía conserven en la retina para la jornada del 28 de abril la incomodidad de posar al lado de la ultraderecha.

Sin desdeñar tampoco el rebufo de la movilización del próximo 8 de marzo, una bandera que el pasado año fue un éxito para colectivos feministas y las fuerzas progresistas en general.

Con todo, la convocatoria de elecciones generales deja un aroma a fracaso para Pedro Sánchez, que llegó a pensar que podía, no tanto aprobar los presupuestos, lo que no estaba en juego esta semana, pero sí superar el trámite crucial de las enmiendas a la totalidad y así ir ganando tiempo en su partida de ajedrez con los nacionalistas catalanes. Si hubiera salvado el 'match point', si los independentistas se hubieran dado cuenta de que pasará mucho tiempo antes de que vuelvan a estar tan cerca de sus postulados más asumibles, la legislatura habría seguido avanzado, quizás a trompicones pero viva. Y con ello, se habría consolidado su estrategia de llegar a una elecciones generales con el zurrón cargado de medidas sociales que ahora se han quedado a medias.

El presidente del Gobierno nunca pensó que desde Cataluña se iba a dejar pasar esta oportunidad, una vez conseguido lo más complicado, descabalgar al PP, y no se puede decir que Sánchez no haya intentando atraer al diálogo y la cordura a Torra y compañía. Después de la inacción del PP, estrategia que no logró frenar la proclamación, simbólica o lo que fuera, de independencia, lo que se esperaba era una política distinta de más mano tendida sin sobrepasar las líneas rojas que le marcaba su propio partido. Sánchez puede decir ahora que se ha cargado de razón en el conflicto catalán y que al mismo tiempo ha demostrado que ni había pactos secretos ni se han acordado puntos inconfesables

Se ha escuchado que la derrota presupuestaria puede tener sabor a victoria. Ya se verá. Las encuestas, efectivamente, indican que el PSOE puede ser el partido más votado, pero en el 28-A no se trata de quién ganará, sino de quién o quiénes gobernarán. Lo mismo sucederá el 26-M en Extremadura y los ayuntamientos. Y de momento la decisión de Pedro Sánchez ya deja una moraleja bien clara: que cada uno aguante su resultado y que no haya otras excusas.