Carmen Reja Guisado, cooperante por amor al arte

Carmen, a la izquierda, junto a Eva María y Micaela, dos alumnas. :: cedida/
Carmen, a la izquierda, junto a Eva María y Micaela, dos alumnas. :: cedida

Carmen Reja Guisado | Voluntaria en Bolivia

ALBA BARANDA

La expresión 'por amor al arte' define una actitud desinteresada al ayudar a alguien. En el caso de Carmen Reja Guisado, esta demostración cobra doble sentido, ya que ha viajado este verano hacia Bolivia con la intención de ayudar a niños y jóvenes con necesidades especiales, pero a través de solo un vehículo: el arte.

Carmen ha estado en el sudeste boliviano gracias al XIV programa de Voluntarios Expertos del Fondo Extremeño Local de Cooperación para el Desarrollo (Felcode), cuya presidenta es Rosario Cordero. Se trata de unas ayudas para que los cooperantes extremeños aporten su tiempo, conocimiento y experiencia a los países de América del Sur. Felcode financia el viaje y les entrega un dinero de bolsillo para que hagan frente a los gastos de manutención. Una vez allí, los socios locales de este programa les facilitan todo el alojamiento y transporte.

ALGUNOS DATOS

Biográficos
Nació en Badajoz hace 36 años, donde reside actualmente. También ha vivido en Mérida, Lisboa, Irlanda del Norte y Madrid.
Académicos
Licenciada en Comunicación Audiovisual y Técnico superior en Ilustración y Artes Plásticas.
Profesionales
Ejerce como profesora de taller en el centro ocupacional Aexpainba. Ha sido actriz en varios cortos, así como guionista de 'Limones y tupés'; un trabajo realizado con personas con diversidad funcional. Asimismo, ha ilustrado varios libros de relatos.

Carmen trabaja en Aexpainba como profesora de taller. El director de esta asociación, Fernando Durán, al conocer su perfil, le habló de Felcode y la animó a participar. Motivada por el hecho de que la oenegé local boliviana trabaja con niños y jóvenes con discapacidad, echó la solicitud para entrar en el programa. «Cuando vi mi nombre entre tanta gente no daba crédito», indica.

Ha añadido a Wikipedia la información que ha recopilado en Bolivia sobre el rosario chiquitano

«Me habían dicho que Bolivia era un paraíso, pero cuando llegué y solo vi caminos de tierra y gente en moto, fue tan grande el choque cultural que dije: aquí o no aguanto o me enamoro», confiesa esta participante pacense. La ciudad que la acogió durante cuatro semanas fue San Ignacio de Velasco. Cuando fue conquistada por los españoles, definieron a los oriundos como «chiquitos», así que todo el extremo sudeste de Bolivia fue bautizado como Chiquitanía.

Uno de los objetivos que Felcode había asignado a Carmen como experta en comunicación fue promocionar el rosario y la moda chiquitana. El primero de ellos es un objeto religioso tallado artesanalmente en madera de la misma forma que lo hacían los jesuitas cuando llegaron hace 270 años a estos pueblos. Actualmente son los jóvenes con necesidades especiales los que realizan a mano un rosario por semana. Justo el 19 de julio de este 2018, coincidiendo además con el cumpleaños de Carmen, que para más inri, se encontraba allí, el rosario chiquitano fue proclamado Patrimonio Artesanal y Cultural de la Chiquitanía.

Estos jóvenes también son los encargados, junto a los artesanos de la zona, de tejer la ropa chiquitana, que Carmen cataloga como «elegante». Para esta tarea, se inspiran en los elementos de las iglesias, reproduciéndolos en todos los diseños. Uno de los legados de esta cooperante ha sido dibujar objetos del entorno que le han llamado la atención, como tucanes o vegetación, y escanearlos para que los que realizan este trabajo puedan incorporarlos a sus patrones. Además, impartió un taller de psicología del color «para que salieran de su zona de confort textil», asevera.

«En Bolivia el amor por las cosas hechas a mano es necesario», argumenta. Durante su estancia, ha dado a los niños la libertad que otorga un pincel y un lienzo en blanco, y gracias a eso, han podido dibujar nuevos tejidos. También se llevó su cámara de fotos y a raíz de una sesión allí realizada, la oenegé local ha ganado un importante concurso de fotografía boliviano.

«Yo antes ni siquiera sabía qué era el rosario chiquitano, porque no había apenas información», cuenta Carmen. Por eso, cuando volvió de San Ignacio de Velasco, ella misma introdujo todos los datos que había recopilado en la enciclopedia de Internet más conocida; la Wikipedia.

Carmen no pierde la concentración cuando habla de su participación en este programa, pero a veces se le escapa una leve sonrisa. A pesar de que el cambio de alimentación causó estragos en su estómago durante unos días, asegura no ver la parte negativa de ese mes que pasó en suelo boliviano.

Las tres primeras semanas estuvo alojada en un hotel en plena plaza del pueblo, pero un día llegó a la recepción y le dijeron que había un problema con su reserva y que no tenía habitación (eran las fiestas de San Ignacio de Velasco y los alojamientos estaban repletos). Así que la organización rápidamente se puso a buscar un nuevo sitio donde pudiera pernoctar. Finalmente la mandaron al convento de las hermanas Clarisas, donde se sintió «en la gloria». Esta voluntaria no tarda ni un segundo en responder afirmativamente que repetiría esta experiencia. Y es que, considera la cooperación «necesaria para sacarle todo el provecho al verbo compartir».

Un libro

Las ganas de ayudar y comprender a las personas con dificultades cognitivas le nacieron cuando un amigo suyo le regaló un libro de tres euros del rastro pacense. Se trataba de 'Art Brut, la otra mirada'. En esta obra se plasma la visión del arte las personas alejadas de los círculos del arte; bien sea niños o con gente con diversidad funcional. «Hasta ese momento había hecho voluntariado pero no sabía por qué estaba movida. Con ese libro todo cobró sentido y ahora sé que quiero ser el altavoz de estas personas», revela. El art brut se compara con el arte primitivo y ha inspirado a pintores de la talla de Dalí o Picasso.

Gracias a esa otra mirada, Carmen empezó a formarse en discapacidad y a buscar trabajo en este ámbito. Un camino que le ha llevado hasta San Ignacio de Velasco, donde no solo aguantó perfectamente un mes, sino que ahora, además, pregona que «Bolivia es un paraíso que enamora».

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