Condena al multiculturalismo

No se trata más que de un intento de trasladar al seno de la sociedad europea, y que pretenden ahora legitimar por sus leyes,la represión religiosa, política y social que llevan a cabo en sus países de origen sobre los feligreses o miembros de su comunidad

LUCIANO PÉREZ DE ACEVEDO Y AMOPRIMER PRESIDENTE DEMOCRÁTICO DE LA DIPUTACIÓN DE BADAJOZ. 1979-1983

Comienza a aclararse una de esas grandes falacias o mentiras que suavemente se van deslizando e introduciendo en nuestra confiada sociedad, de la mano de una semántica novedosa y confusa, y en el marco de un falso igualitarismo y humanitarismo; el mismo que en el siglo XX justificó las mayores atrocidades que ha conocido la historia. Nos referimos al denominado 'multiculturalismo', concepto de por sí difícil de entender, aparentemente inocuo en la superficie pero con un trasfondo muy peligroso por su carácter desintegrador, que es preciso entender y conocer en su auténtica dimensión.

Oportunamente, Francia y Alemania salieron al paso de la marea entrante y dejaron las cosas bastante claritas: ni Francia ni Alemania iban a ser países multiculturalistas. El paso que dio el eje franco-alemán era lógico y se esperaba. Francia es el guardián en Occidente de las esencias de la tradición de la Ilustración y la Revolución de 1789 y no iba a permitir tamaño desmán; la lectura sobre este asunto que hace el país franco, no exenta de ciertos matices fundamentalistas, es la siguiente: en el plano público o político, pertenecemos a una sociedad laica, donde no se tienen en cuenta las adscripciones religiosas de las personas en ejercicio del derecho de libertad religiosa, que pertenecen a un plano meramente privado, siendo todos los ciudadanos miembros de un Estado de Derecho liberal y democrático, cuyas normas, emanadas de nuestro ordenamiento constitucional y derechos humanos, tienen que asumir y respetar todos aquellos que quieran convivir con nosotros, sin consideración de credos religiosos y otros particularismos.

Por su parte Alemania, donde al asunto se le ha dado la importancia que realmente tiene por tratarse de un país tradicional de acogida, ha salido –tenía que salir– por el mismo registro que Francia, añadiendo que el multiculturalismo traería la desintegración de la nación alemana; a ellos, que tanto esfuerzo les costó «integrarla». Los alemanes, alegan también, que se sienten vinculados a los valores cristianos, que forman parte de su tradición, y que «el Islam no forma parte de Alemania»; que el que quiera convivir con ellos lo primero que tiene que hacer es aprender el idioma alemán y aceptar su cultura y forma de vida, quejándose, además, del costo económico que representan los musulmanes, muy superior a lo que aportan, dada su escasa actividad laboral y los beneficios que reciben, además del abuso que hacen de las prestaciones públicas.

Pero, en esencia, ¿qué es el multiculturalismo? A simple vista podría parecer una aplicación práctica de los derechos humanos que el mundo occidental pregona y defiende, y que hoy, en síntesis, constituyen el 'derecho natural' que se superpone a nuestros ordenamientos jurídicos nacionales, o sea, la fundamentación ética de nuestro Estado de Derecho, liberal y democrático. Pero el multiculturalismo no es eso, es justamente lo contrario, pues se trata de un habilidoso fraude y un ataque a nuestras leyes fundamentales y a los principios éticos y morales que las inspiran. Incluso podría ser instrumento de minorías étnicas, religiosas y de aquellas ideologías residuales y resentidas que aspiran a destruir la civilización occidental.

El multiculturalismo no reclama un derecho individual hacía los componentes de esas minorías étnicas o religiosas para practicar su religión o vivir de acuerdo con sus costumbres, sino un derecho para la colectividad, la comunidad o el grupo (dirigidos por sus jefes religiosos o civiles). Así podemos entender el aparentemente inexplicable hecho de que las mismas mujeres musulmanas se opongan a que el Islam sea atacado por la represión a que ellas se ven sometidas. No se trata más que de un intento de trasladar al seno de la sociedad europea, y que pretenden ahora legitimar por sus leyes, la represión religiosa, política y social que llevan a cabo en sus países de origen sobre los feligreses o miembros de su comunidad; unas comunidades que tienen unos códigos de derechos humanos distintos de los que rigen en las democracias occidentales. Por tal motivo, el filósofo y ensayista francés Pascal Bruckner dice que el multiculturalismo solo es «el racismo del antirracismo» pues «una protección para grupos culturales recortaría, en efecto, para los miembros individuales el derecho a una forma de vida propia, pues el multiculturalismo concede a todas las colectividades el mismo tratamiento, no a los individuos que los componen, a los que niegan la libertad de desprenderse de sus propias tradiciones».

Para nosotros es evidente que el mantenimiento de las identidades de grupo impide la integración como ciudadanos de un Estado liberal y democrático, generándose sociedades paralelas dentro del Estado, que, tarde o temprano, producirían su desintegración (ejemplos hay muchos en los Balcanes). Sería paradógico fomentar ahora la persistencia en el error de comunidades étnicas o religiosas atrasadas y fracasadas en el curso de la historia por no haber querido hacer la evolución política, social y religiosa que ha hecho Occidente, y que es precisamente, donde reside la causa de nuestro imparable progreso (aun con los problemas que tenemos), ese baluarte que tenemos que defender, el baluarte de la Ilustración, sobre los cimientos de la cultura greco-latina y cristiana del Occidente.

Hoy está planteado ante el Ayuntamiento de Badajoz un caso claro de multiculturalismo, al haber solicitado la Comunidad Islámica de Badajoz una parcela en el Cementerio Municipal donde puedan hacer sus enterramientos. Reclaman un derecho colectivo, no individual para sus integrantes. Nada de eso, ellos tienen los mismos derechos que el resto de los ciudadanos de Badajoz para adquirir una sepultura, por lo que no procede darles una parcela colectiva. Deben ejercitar los derechos que ya tienen y olvidarse de privilegios étnicos o religiosos.