Con la comida no se juega

Con la comida no se juega
JAVI MORENO

Ahora la leche no lleva vaca, las hamburguesas relinchan, y el caldo… se ha quedado huérfano de abuela. Así que, ojo al dato; o al plato... porque la cruda realidad es que –en la mayoría de ocasiones– no tenemos ni puñetera idea de lo que comemos. Lo que sí sabemos, aunque sea de estraperlo, es que la industria alimentaria actualmente utiliza alrededor de 60.000 compuestos químicos, y que hasta el 95% de los contaminantes que nos abordan diariamente lo hacen a través de los alimentos.

Resulta un tanto indecente, tan sólo sospechar, que lo mismo que nos mantiene vivos nos pueda estar matando lentamente. Un dato para la reflexión. El 80% de los productos que encontramos hoy en las estanterías de cualquier supermercado ni siquiera existían hace 50 años. Comida precocinada, congelados, salsas… un modelo de alimentación que surgió como respuesta a las necesidades de la vida actual, en la que tenemos poco tiempo para ir a la compra y, menos aún, para cocinar. Medio siglo después, decenas de miles de millones de moléculas químicas han invadido nuestras neveras. Para los distraídos; arsénico en el pollo, pescado azul «acusado» de contener mercurio, frutas y verduras sobradas de pesticidas, etc. A diario, comemos con la sensación de que siguen dándonos gato por liebre, caballo por vaca, y vacas… vacas que están «como una cabra».

Precisamente estos alborotos alimentarios, que no pasan desapercibidos para una sociedad cada vez más informada, puede que sean algunos de los motivos que han hecho que la demanda de productos ecológicos haya aumentado en lo últimos años de manera directamente proporcional al deterioro de la cadena alimentaria, pero la oferta todavía no llega para abastecer la demanda.

Aun así, en nuestro ámbito más cercano, se sigue trabajando bien, dejando espacio para la esperanza. La superficie dedicada a producción ecológica en Extremadura está cerca de las 100.000 hectáreas. Somos la tercera comunidad del país con más operadores y la cuarta con más superficie ecológica, por detrás de Andalucía, Castilla-La Mancha y Cataluña. La democratización de los productos ecológicos está abriendo nuevos segmentos de consumidores en este campo, atraídos por una fuerte concienciación con el medio ambiente, la sostenibilidad y, por supuesto, la salud.

Alguien me contó en una ocasión que, en la antigua China, los médicos cobraban sólo mientras que sus pacientes se mantenían en un buen estado de salud. Cuando estos caían enfermos, dejaban de cobrar. No sé si es del todo cierto, pero ilustra muy bien aquello a lo que una sociedad debería aspirar: a proporcionar a todos las condiciones necesarias para vivir de la manera más saludable posible.

Lo más democrático sería que entre todos pudiéramos decidir cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar. Pero para ello es necesario información independiente, debate y transparencia por parte de empresas y gobiernos en todo lo que afecta a nuestra alimentación. Casi nada. Mientras esto no suceda seguiremos sintiéndonos 'cómplices necesarios' cada vez que le digamos a nuestros hijos aquella manida frase de: «Con la comida no se juega».