Comida 'japo' en Cáceres y Badajoz

Plato de comida japonesa, en el restaurante Sibuya de Cáceres. :: E.R./
Plato de comida japonesa, en el restaurante Sibuya de Cáceres. :: E.R.

Cuatro restaurantes orientales destacan en las dos ciudades con cocina japonesa de altura

J. R. ALONSO DE LA TORRE CÁCERES.

Comí por primera vez en un restaurante asiático en Salamanca. Era el año 1980 y media docena de filólogos celebrábamos que acabábamos de terminar la carrera. Descubrimos en aquel restaurante chino el arroz tres delicias y el cerdo agridulce, que hace casi 40 años eran una novedad en España. La comida fue inolvidable, supongo que más por lo que celebrábamos que por los platos, cuya gracia fundamental, casi única, era la sorpresa. Desde entonces, asocio la comida asiática a los buenos momentos. Más complicado es asociarla a la gastronomía exquisita, aunque algo hemos avanzado.

Muchos años después abrió en Cáceres el que se podría considerar primer restaurante japonés de cierta calidad. Se inauguró en Nuevo Cáceres y fui a hacer un reportaje porque con aquel local llegaba el sushi a la ciudad. No me olvido de un error divertido, propio de mi generación de estudiantes de francés. El caso es que la dueña del restaurante me dijo que se llamaba 'Big House', pero yo entendí 'Big José' e hice el ridículo titulando: «El Gran José trae el sushi a Cáceres». Afortunadamente, era hacia el año 2003, las redes sociales estaban en pañales y no fui crucificado.

La dueña de 'Big House' abrió después otro restaurante en la zona del R-66, el preferido de mi suegra y de mi madre para las celebraciones domésticas porque es amplio, confortable y con comida divertida y rica, además de cómodo aparcamiento. Todo eso lo convierten en el asiático más familiar de la ciudad.

Ya en la segunda década del siglo XXI empezaron a abrir en la región restaurantes japoneses de cierta categoría y hoy contamos en Extremadura con 'japos' de primera línea como el mentado Big House y el Sibuya Urban Sushi Bar, en Cáceres, o Masumi Convento y Tanuki San, en Badajoz. Precisamente este último fue abierto por un japonés trotamundos llamado Aihara Magoto, aunque en Badajoz adoptó el nombre de Víctor.

Tras estudiar Económicas en Tokio, donde aprendió a cocinar en diferentes hoteles y restaurantes, Aihara Magoto se fue a Portugal a los 23 años. Un amigo le convenció para abrir un restaurante en Lisboa y allí estuvo, en la zona de Alcántara, hasta 2005. Pero eran años complicados en Portugal, no veía mucho futuro y de pronto, la cocina japonesa se puso de moda y empezaron a servir comida de este país los restaurantes chinos y brasileños, así que Aihara se vino a Badajoz, donde notaba que la gente buscaba culturas distintas y tenía la mentalidad más abierta.

Aihara o Víctor abrió su restaurante en 2007 y lo llamó Tanuki San, es decir, 'Señor perro mapache'. Aunque lo que más le sorprendió fue que en Badajoz hubiera varios grupos de amantes y practicantes de la cultura japonesa y sus destrezas y ritos. Aquí enseñó a comer sushi de verdad. «Es que el sushi no es una comida para llenar barriga, sino una cultura milenaria. Hay que desescamar el pescado, cortar perfectamente las lascas, combinar bien el arroz con vinagre y azúcar... El arroz del sushi debe tener sabor», me contaba en su restaurante.

Víctor me enseñó las diferencias entre el sashimi (solo pescado crudo sobre arroz), el sushi (pescado muy fino o fruta sobre arroz) y el maki, que lleva algas y en algunos casos, pepino. Él popularizó en Badajoz la témpura, la fondue japonesa de verduras y carnes o el teriyaki hace ya una docena de años.

En Cáceres, abrió no hace mucho un restaurante en la calle San Pedro de Alcántara que ha triunfado rotundamente. Se llama Sibuya y, aunque pertenece a una cadena, la calidad de su comida japonesa es indiscutible. Sus clientes destacan sus gyozas (5,90), su tori katsu (5,90), el bata furabe (11,90) o el tartar de atún (11,90). Marcado por aquella celebración 'oriental' y salmantina de mi graduación en 1980, ahora celebro en el Sibuya el final de curso: un sake sibuya (8,90), un Hiroshima roll (11,90) y un top sibuya (26,90) con un par de colegas rubrican deliciosamente un año de trabajo.