Comer sin vergüenza

Un bacalao dorado muy fotogénico en Vila Viçosa. :: E.R./
Un bacalao dorado muy fotogénico en Vila Viçosa. :: E.R.

La visita a un restaurante portugués suscita emociones dispares

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Emociones, pecados, sensaciones... Comer en Portugal es la experiencia gastronómica moderna por antonomasia porque se inscribe dentro de la última tendencia viajera: el turismo de la experiencia. Ya no se viaja para ver, conocer, asimilar, admirar y enriquecerse interiormente, sino para disfrutar de experiencias, que van desde montar en una planeadora por la Ría de Arousa para sentir lo mismo que un narco hasta cenar en una casa palaciega del Douro para sentirte bodeguero de Oporto, pasando por un banquete, el más caro del mundo, en una nave ibicenca donde el diablo te secciona un tarantelo de atún al ritmo de música techno.

Bien, eso es turismo de la experiencia. Un poco caro, es verdad. Vamos a bajar el nivel y a buscar experiencias razonables y a buen precio. Están los cruceros por el Tajo y el Alagón, que son una pasada de viaje. ¡Vaya!, apareció la palabra mágica: viaje. Porque una cosa es viajar y otra cosa es hacer turismo. El viajero disfruta a su aire, no lleva todo pagado y preparado en un pack de experiencias que te estresa: desayuno Halloween, cata de cavas, experiencia spa, aperitivo nipón con geisha, comida renacentista con gioconda, siesta en hamaca bosquimana, merienda de truchas pésqueselas usted mismo, paseo en barco con abordaje pirata, cena corsaria en cueva con garfios en lugar de tenedores, baile veneciano, noche toledana, madrugada en la UCI... No, nada de packs todo en uno con bebidas incluidas. El viajero improvisa, sorpresas y emociones brotan sin buscarlas...

Hartos de entusiasmos forzados, recurramos al turismo de la experiencia cercano y barato: comer en Portugal. Una comida portuguesa garantiza, ya lo hemos dicho, pecados veniales, emociones inusitadas, sensaciones inesperadas. En resumen: un chollo turístico que te lleva de la envidia a la vergüenza y te deja sumido en tus paranoias nostálgicas.

Así que ya hemos llegado al restaurante portugués, es sábado, son las dos y media y resulta que está hasta arriba y hay que hacer cola. Si es en El Cristo, o sea, la mega cola, te entretienes contemplando las vallas publicitarias allí colocadas para sugerir compras a los españoles. Las vallas de publicidad están allí no porque los domingos haya aglomeraciones futboleras, sino porque, a partir de las dos de la tarde, habrá colas de españoles con mono de zapateira y necesidad de entretenerse como sea, incluso leyendo vallas publicitarias portuguesas.

Hastío, desesperación, impaciencia... Ya están aquí las primeras experiencias de nuestra iniciativa turística de las emociones. En fin, que nos sentamos en cualquier restaurante y llega raudo un camarero con una bandeja que contiene patés escalofriantes y mantequillas matahambres junto a un platito de aceitunas chiquininas, 'renegrías' y, a veces, zapatúas. Y pan. O rechazamos estos «aperitivos» o nos clavarán seis euros por dejarnos sin hambre. Y ahí surge el primer sentimiento en vena y a tope: la vergüenza. Nos da no sé qué decir que no queremos esos «petiscos» de tercera división (a veces los ponen ricos). Igual piensan que somos pobres y de eso nada, por ahí no pasamos.

Llega la carta y hay que escoger. Otra vez la vergüenza: «Cómo voy a pedir solo un plato, pensarán que soy medio mendigo, pero si pido dos, reviento. Bueno, antes muerto que juicioso: Que sea un arroz de marisco, un cerdo con almejas, unas babas de camelo y así reventamos a lo grande».

Viene ahora el punzón de la ansiedad, emoción que florece despiadada al ver pasar los platos de otro y «mira que tardan los nuestros». Pero por fin tenemos ante nosotros una picanha con plátano frito, bol de judías con arroz, bandeja de ensalada, patatas fritas alrededor... ¡Qué gran foto! Hay que reconocerlo: las comidas portuguesas son las más fotogénicas: colorido, composición, abundancia, formas inesperadas. Sumemos, pues, satisfacción estética y orgullo de autor a la ristra de emociones y añadamos un pecadillo: la envidia que provocarán nuestras fotos de platos.

 

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