Comer pizza no es pecado

Un grupo de jóvenes disfruta alrededor de una pizza. :: HOY/
Un grupo de jóvenes disfruta alrededor de una pizza. :: HOY

Las faltas modernas son de tipo social y están relacionadas con el cuidado del cuerpo

J. R. ALONSO DE LA TORRECÁCERES.

Fui a comprar una pizza a Domino's Pizza, que es la franquicia pizzera de los jóvenes, donde si hay partido importante, acaba 'Juego de tronos' o comienzan las vacaciones, las colas son tremendas y los menores de 25 esperan su turno para disfrutar de un momento pizza (antes se llamaban momentos Nescafé) y sentirse bien en grupo, comentando y masticando. Fui a comprar una pizza a Domino's, aunque no había partido ni 'Juego de tronos', simplemente porque me apetecía, y en la cola no me encontré con jóvenes impacientes por saber qué pasaría con la Khaleesi, sino con otros señores de mi edad que habían tenido la misma tentación.

Al reconocernos e intuir, en un acto reflejo, que estábamos cometiendo un pecado, reaccionamos como reaccionaban antes los mayores cuando se encontraban en un club de alterne o en un cine de películas S (lo de la equis vino después y, en Cáceres al menos, no tengo constancia de que llegara nunca). Pues eso, que se veían dos señores en un club o en un «Ese» y balbuceaban pretextos inverosímiles en vez de asumir la realidad: les gustaba pecar. Recuerdo a dos tíos míos que estaban de Rodríguez, vinieron a casa a tomar café y les preguntamos que cómo se divertían. Respondieron que yendo al cine. Quisimos saber qué película habían visto y nos dijeron que una de caníbales, así, vagamente. Mis hermanos y un servidor soltamos una sonora carcajada porque sabíamos que la única peli de ese subgénero, caníbales, que se proyectaba en Cáceres esos días era 'Emmanuel y los caníbales'.

Pero estábamos haciendo cola en la pizzería con más de medio siglo a cuestas en compañía de otros caballeros de edad madura, esperando nuestras pizzas tropicales y justificando nuestro moderno pecado. Porque ahora, con el sexo banalizado y las cuitas del alma aparcadas para siempre, los pecados tienen que ver con el cuerpo y su cuidado. Si no haces deporte, en pecado estás. Si te alimentas mal, al infierno de los enfermos potenciales irás. Si no haces meditación, yoga ni mindfulness, falta mortal... Si comes pizzas, ¡ay! si comes pizzas.

Así que allí estábamos esperando nuestras bourbons y nuestras cuatro quesos y justificándolo con gran dolor del pecado. «Ya ves, he tenido una mañana muy liada y tengo una tarde peor, así que he venido a por una pizza... Esto no es bueno, pero de vez en cuando y si no hay más remedio... Mejor sería una ensalada, pero tengo el frigorífico tiritando, a ver si me vaga y salgo a comprar...».

Nadie reconoció que era feliz pensando en el buen rato que iba a pasar con una cerveza y una pizza viendo el Telediario. Entramos en una dinámica de excusas que retrata perfectamente la sociedad en que vivimos y su canon de lo que está bien y lo que está mal.

Unos días antes de la cola justificativa de la pizzería, había ido a ver a la reina. Vino a Cáceres a entregar un premio y recibí una invitación para asistir al acto. Me arreglé atendiendo a esas teorías que uno se monta para ir elegante, pero informal: con americana, pero sin traje entero, con camisa clara, pero sin corbata, con zapatos que no den el cante, pero tampoco excesivamente serios. Y así, autojustificándome, es decir, voy a ver a la reina, pero que nadie piense que vengo con entusiasmo excesivo, que no parezca que voy de boda, llegué al acto.

Noté enseguida que a los demás asistentes de mi círculo les sucedía algo parecido. En realidad, estábamos allí más contentos que unas castañuelas: nos habían invitado a acudir a un acto con la reina y nos habían invitado a unos pocos, formábamos parte de un selecto club, pero no lo podíamos demostrar. Así que otra vez las justificaciones: «Qué poco me gustan estos actos, pero no quedaba más remedio... Me siento raro, no es mi estilo... Esto va a ser un rollo, vengo por obligación...».

Cosas de la edad. Los jóvenes suelen asumir sus opciones, no las explican tanto. Los mayores estamos llenos de prejuicios y parecemos adolescentes, tan pendientes de la opinión del otro. Nos encanta que nos inviten a un acto con la reina, nos encanta comer pizza... Pero preferimos disimular y parecer estoicos sin pasiones, deseos ni gustos.