Comer cigalas con una mano

Plato de cigalas listas para ser comidas. :: HOY/
Plato de cigalas listas para ser comidas. :: HOY

Contaba mi historia dramatizándola y me daban unas pesetas

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Como con una mano. No me queda otra. Es así desde que nací o casi. De hecho, solo pude agarrarme con dos manos a la teta de mi madre durante los primeros 20 días de mi vida. Después, me agarré con una y así hasta hoy. En una familia de seis hermanos y estudiando en internados desde los 14 años, estaba claro que o espabilabas o pasabas más hambre que Carpanta, aquel héroe del TBO que mataba por un bocata. Así que espabilé y aprendí a comer con una mano el doble de rápido.

Era muy pequeño, cuando en la boda de mi tía Matilde, que se celebró en el hotel Alfonso VIII de Plasencia allá por 1965, más o menos, los invitados se asombraban de que aquel niño tan curioso («solo tiene un remito para navegar por la vida», decían) comiera con tanto desparpajo manejando con destreza la cuchara para la sopa, el cuchillo para el filete y el tenedor para todo lo que se pudiera pinchar y llevar a la boca. Supongo que ver a un mocoso de seis años cortando un bistec con la mano izquierda sin ayuda del tenedor tenía que ser todo un espectáculo.

Debí de ser consciente muy pronto del valor añadido de aquellas destrezas porque fue a esa edad cuando la gente empezó a pararme por la calle para interesarse por mi particularidad física y, tras escuchar una narración dramatizada a conciencia sobre el remero con un remito, solían darme una propina que se podría considerar limosna, pero que yo cogía sin remordimiento pues estaba convencido moralmente de que me la había ganado gracias a mi puesta en escena.

Mis padres me reñían y me conminaban a rechazar el dinero, pero yo los desobedecía pues pensaba, creo que con razón, que la gente me pedía una historia emocionante, yo se la ofrecía, el público se dejaba envolver por la ternura, sentía la necesidad de agradecer la función, ¡y qué mejor manera que dándome unas pesetilllas!

Hace un par de semanas, fui a una boda y los compañeros de mesa, a los que conocimos allí mismo, le decían a mi mujer durante el banquete que si no me echaba una mano para cortar la pluma ibérica y las crepes rellenas de crema. Mi mujer se quedaba sorprendida porque nunca jamás me ha tenido que ayudar para comer, si bien es verdad que realiza en casa muchas labores que suelen considerarse varoniles y que podríamos englobar en el apartado de chapuzas a dos manos.

En Galicia, me sucedió una anécdota muy sustanciosa (para mí). Resulta que en Catoira, pueblo famoso por su romería vikinga, había y hay un restaurante llamado Casa Suso que daba banquetes nupciales los domingos. Como los gallegos son muy exagerados sirviendo marisco en las bodas, siempre sobraban cigalas de las grandes así que los lunes, los profesores de mi instituto íbamos a comer a Casa Suso y, por 20 duros, nos poníamos hasta arriba de cigalas sobrantes de la boda de ese domingo.

El primer día, el director del instituto se mostraba muy atento conmigo, me pelaba el marisco y me lo dejaba en el plato listo para ser devorado, hasta que, avanzada la comida, me dio un poco de corte y le hice fijarse en un detalle meramente cuantitativo: «Mira, me has pelado seis cigalas y tú has comido otras seis; mientras tanto, yo me he pelado y comido 17. Si quieres, puedes seguir siendo amable conmigo, pero no está bien que yo me coma 23 cigalas con una mano mientras tú te comes solo seis con dos».

Reconozco que a veces me regodeo en mi destreza y soy un poco fantasma. Antonio Granero me ha llevado dos veces a la tele y en ambas ocasiones he preparado un plato con patatas para poder presumir de cómo las pelo con una mano. Y mis alumnos de 2º de Bachillerato, tras seis años en el instituto preguntándome cómo partía el filete, en la cena de fin de estudios me rodeaban para grabarme con sus teléfonos móviles mientras cortaba, o mejor, rompía el solomillo con una mano y un tenedor. Pero no me daban propina, ¡lástima!