Códigos éticos

ALFONSO CALLEJO

TODO el que sea empresario sabe perfectamente que su objetivo primordial es generar beneficios, para sí mismo, para reinvertir en la propia empresa, para crecer. Pero a medida que la empresa se hace más grande y adquiere una cierta relevancia, esta máxima simplista y no escrita empieza a chirriar al hacerse patente que hay que atender también a otros actores: empleados, clientes, proveedores, la propia sociedad. Es así como comienzan a desarrollarse algunos conceptos como la responsabilidad social corporativa (RSC), los «códigos de buen gobierno», etc., que tratan ya componentes de carácter ético en la gestión responsable de organizaciones empresariales. Estos conceptos éticos han dado lugar a lo que modernamente se llama «capitalismo consciente», que en un marco más amplio trata de dar un nuevo sentido a las empresas y cambiar la forma en la que se hacen los negocios, y cuyo principal gurú es el ideólogo indio Raj Sisodia. De esta forma las grandes empresas incorporan en sus idearios propósitos elevados y acatamiento de valores en relación a diferentes aspectos: liderazgos conscientes, la igualdad, inclusión, transparencia, innovación o la propia protección ambiental, dando lugar a códigos publicados internamente de obligado cumplimiento por toda la plantilla, incorporando incluso canales de denuncia y sanción por su inobservancia. Estos códigos, como la ética misma, están vinculados a la moral y reflejan cómo espera la dirección que se comporte la entidad y cada uno de sus integrantes, ya se dedique a vender seguros, billetes de avión o servicios financieros.

Muy bien. Pero entonces ¿qué pasa con el capitalismo consciente cuando los empleados -o los clientes- perciben que son los propios directivos quienes se pasan estos códigos impunemente por el arco del triunfo? Porque cuando un superior presiona para comercializar un producto no adaptado a la cultura del cliente está triturando ese código. Cuando se condiciona la actividad comercial a la mera obtención de beneficios personales o 'bonus', se está prostituyendo la ética empresarial. Cuando se hace un uso espurio de los rankings de ventas para convertirlos en listas negras como excusa para la coacción se está generando todo menos competencia sana. Cuando se emplea la amenaza, el miedo o la descalificación se está prestando un flaco favor a objetivos como el compromiso y la fidelidad del capital humano. Y no digamos cuando algún miembro de la cúpula se 'despide' con un plan de pensiones obsceno que hace añicos cualquier concepto de proporcionalidad o, aún peor, se ve implicado en actividades ilícitas que ponen en entredicho la solvencia moral y la imagen de marca por cuya salvaguarda toda una organización se deja el pellejo diariamente.

Pues lo que pasa sencillamente con la existencia de este soterrado anticódigo ético es que los empleados, al faltar la necesaria ejemplaridad, tienen dudas de cómo deben actuar; al quebrarse el principio de imparcialidad e igualdad de condiciones, flaquea el necesario compromiso. Al advertir impunidad en actuaciones censurables, decae la credibilidad en esos valores; y, en fin, al deteriorarse la imagen de marca, se echa por tierra también la confianza de inversores y accionistas con grave perjuicio para toda la organización. Ni Raj Sisodia ni John Mackey han establecido todavía -que yo sepa- mecanismos correctores cuando los incumplimientos de las buenas prácticas empresariales son inducidas desde arriba.