Las ciudades con pactos son felices

Imagen del Helga, 'nuevo' museo de Cáceres. : HOY/
Imagen del Helga, 'nuevo' museo de Cáceres. : HOY

Bilbao aprovechó el Guggenheim y Cáceres tiene la oportunidad de crecer con el 'Helga'

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

En Bilbao, volverá a gobernar el PNV. Es lógico: desde la Alcaldía, ese partido ha conseguido convertir Bilbao en una de las ciudades más atractivas del planeta. Ya fuera con Iñaki Azcuna, ya sea con Ibon Areso desde 2014, la gran urbe española del norte ha visto cómo una ría que parecía una cloaca es hoy un paraíso acuático con 50 tipos de peces y un espacio degradado e industrial se ha convertido en un ejemplo de desarrollo urbanístico.

El eje central del cambio ha sido lo que en un principio pareció un engendro cultural y hoy es uno de los museos más visitados del mundo y el símbolo fundamental y más internacional del nuevo Bilbao: el museo Guggenheim construido por el arquitecto canadiense Franl O. Ghery en 1997. Ese año significó el comienzo del cambio para Bilbao. ¿Significará la inauguración de la ampliación del museo Helga de Alvear lo mismo para Cáceres?

La fundación Guggenheim llegó a Bilbao a principios de los 90 y se espantó. Deseaban contar con una sede en Europa, pero no encontraban ninguna ciudad que asumiera el coste de la obra necesaria para levantar el edificio que se proyectaba. En Bilbao, dicen que ellos eran la pareja fea del Guggenheim, pero la única propuesta de matrimonio seria. O Bilbao o la Fundación se quedaba en Nueva York compuesta y sin 'boda' europea.

Al final, Bilbao invirtió 133 millones de euros y los llamaron «los tontos de Europa». Pero ya ven, resultó que los tontos eran unos listos y a partir del Guggenheim, Bilbao pegó un cambio brutal y el museo, que necesitaba alcanzar 450.000 visitantes el primer año para ser rentable, tuvo 1.350.000 visitas el año de la inauguración, generando 144 millones de pesetas el turismo en ese año de apertura.

El museo no bastó para cambiar Bilbao, solo fue el impulso y una parte importante de un plan global de regeneración. Y detrás de ese impulso, el consenso: algo raro en España desde los primeros años de la transición, pero que en Bilbao fue posible y permitió que la unidad de partidos e instituciones, remando todos a la vez y en la misma dirección, consiguiera el milagro bilbaíno (World City Prize, Nobel de urbanismo, en 2010 y Mejor Ciudad Europea en 2018). Hoy, comisiones de ciudades de Alemania, Corea del Sur, Estados Unidos o Alemania visitan Bilbao para aprender de uno de los grandes referentes municipales mundiales de la transformación integral.

Un gran proyecto cultural no cambia por si solo una ciudad, hay que saber aprovechar su tirón y, como en Bilbao, es imprescindible que haya consenso y unidad entre partidos y entre gobiernos: estatal, autonómico, provincial y local. Hay casos de grandes inversiones culturales que no han significado el revulsivo esperado, ya sea porque levantar un mastodonte no garantiza nada (Cidade da Cultura de Santiago de Compostela), ya sea porque la corrupción impide la transformación (Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia), ya sea por errores en los planteamientos de base (Centro Niemeyer de Avilés).

Cáceres se encuentra en un punto crucial de su historia: al principio de un mandato estatal, regional, provincial y autonómico, con un espíritu general de que hay que cambiar el estado de ánimo colectivo y recuperar el optimismo ciudadano de los años 80 y 90 y con un gran proyecto cultural a punto de inaugurarse: el nuevo Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear. La ampliación del edificio va a convertir el museo en un espacio espectacular que albergará la mejor y mayor colección privada de arte moderno del país. El nuevo Helga va a ser noticia en todo el mundo y va a atraer visitantes, eso sí, de manera modesta mientras nuestras comunicaciones sean las que son.

Ahora falta que las administraciones, todas a una, reformen urbanísticamente el castizo entorno de Camino Llano y la plaza Marrón, que la apuesta por la cultura se manifieste más allá de las palabras (si Cáceres dedica 20.000 euros a la ferial del libro y Badajoz, 300.000, mal vamos) y que lo de ser capital cultural vaya más allá del eslogan porque en Cáceres no hay industria cultural y para editar o producir hay que buscarse la vida fuera.