Cinismo contra buenismo

El cínico de hoy no tolera a los «buenistas», porque le recuerdan que lo que él cree imposible es posible

Cinismo contra buenismo
Antonio Chacón
ANTONIO CHACÓNBadajoz

El cinismo original, el de los griegos Antístenes o Diógenes de Sinope, fue antisistema y precursor del anarquismo. Por el contrario, el cinismo moderno se disfraza de realismo y es la ideología que sustenta al sistema. Como señala Peter Sloterdijk en su 'Crítica de la razón cínica', el cinismo moderno es el resultado de la crítica de la Ilustración que, tras desenmascarar la falsa conciencia que daba soporte al poder reaccionario del Antiguo Régimen, acabó por convertirse en la falsa conciencia ilustrada, en la máscara que pretendía arrancar y que «ya no se siente afectada por otra crítica de la ideología».

Pero la careta del Antiguo Régimen era identificable. En cambio, el cinismo moderno se difumina en toda la sociedad, se ha instaurado como razón práctica, como sentido común, como norma de vida, como pensamiento único. Como dice Sloterdijk, hace muchísimo tiempo que este cinismo difuso ocupa los puestos claves de la sociedad (en los gobiernos, parlamentos, juntas directivas, direcciones de las empresas, facultades, redacciones…) . Sin embargo, los de abajo, los oprimidos, participan de ese cinismo y se vuelven ellos mismos unos cínicos conscientes de cuándo y cuánto los de arriba, los opresores, los engañan, sin dejar de asumir el papel de engañados. Las ideologías quedan así difuminadas. Izquierda y derecha han dejado de ser refugios de ciertos principios o ideales para devenir 'casas públicas' donde se ejerce el más vulgar pragmatismo, rige la razón instrumental y el cínico entra y sale y se deja seducir o no dependiendo de las circunstancias.

En palabras del filósofo alemán, hoy en día, «el cínico aparece como un tipo de masas», «un integrado antisocial que rivaliza con cualquier 'hippy' en la subliminal carencia de ilusiones» y que «no entiende su manera de ser como algo que tenga que ver con ser malvado, sino como una participación en un modo de ver colectivo y moderado por el realismo» que le ratifica que él no es tonto. El neocínico alardea de no pecar de ingenuo y usa el sentido común establecido para justificar lo que deba justificarse para sobrevivir. La modernidad le ha enseñado a desconfiar de todos, incluso de sí mismo, pues en él mismo se oculta un tramposo. Sabe lo que hace, pero lo hace porque las presiones del entorno y el instinto de conservación le afirman y reafirman que así tiene que ser. Se siente a la vez víctima y sacrificador, soporta una gran cantidad de infelicidad y cierta nostalgia por una inocencia perdida, esa que conservan los «buenistas», gente «irresponsable» como esos activistas del Open Arms. El neocínico no tolera a estos «optimistas baratos», porque se empecinan en recordarle que lo que él cree imposible es posible, que hay alternativa al 'saber' establecido. Sloterdijk advierte que «cuanto más carente de alternativas aparezca una sociedad moderna tanto más se permitirá el cinismo», pues, «al final, ironiza sobre sus propias legitimaciones». Razón por la que acaso el mal llamado buenismo sea la mejor vacuna contra el cinismo.