Chachas e inválidos

Manifestación contra la violencia machista en Madrid. :: AFP/
Manifestación contra la violencia machista en Madrid. :: AFP

No es fácil escribir ni hablar desde la correcta perspectiva de género

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Una señora a la que respeto mucho comentó el otro día que mis artículos le gustaban más o menos, pero que estaban escritos desde una perspectiva de género demasiado masculina. No pienso hacer bromas sobre la cuestión porque me parece un tema importante y sé que el lenguaje ayuda a cambiar el mundo, incluida la situación de la mujer con toda su carga de marginación, discriminación, etcétera.

Procuro escribir sabiendo que si mantengo por inercia determinados roles, estaré contribuyendo a mantener el statu quo discriminatorio. Es decir, si cuento una historia de supermercados, procuro que sean hombres quienes aparezcan comprando. Si cuento una historia doméstica, es él quien pone la mesa. Estoy alerta para evitar las generalidades de mujeres comprando, mujeres cocinando, mujeres asistiendo a las reuniones del colegio, etcétera. Pero sé que eso no basta y que hay una costumbre, una educación, una inercia que me llevan a tener una perspectiva demasiado masculina sin percatarme de ello.

La corrección política, o como quieran llamarla, en el lenguaje es un campo muy complejo. Recuerdo que cuando empecé a escribir en los periódicos, todavía se utilizaban los términos subnormal, anormal, inválido y minusválido. De hecho, la organización estatal que llevaba estos temas se llamaba Serem: Servicio de Recuperación de Minusválidos.

Tenía un profesor manco, don Emiliamo, en el colegio Paideuterion de Cáceres, del que algunas gentes creían que yo era su hijo por faltarnos a los dos lo mismo, al que nombraron director del Serem en Salamanca. Cuando yo estudiaba allí, fui a visitarlo y el encuentro resultó emocionante. Al salir de la institución, el conserje me preguntó si era pariente de don Emiliano. Le respondí que no y él me explicó la razón de su equívoco: «Es que como son los dos tan inválidos». ¿Si el conserje del Serem utilizaba esos términos, cómo no iba a utilizarlos el resto de la sociedad?

A principios de los 90, en Santiago de Compostela, diversas asociaciones me llamaron para explicarme la nueva manera de llamar a los minusválidos y convertirme, de alguna forma, en el adelantado periodístico del nuevo lenguaje. En esa reunión, escuché por primera vez el término discapacitado, que luego se fue adjetivando: discapacitado visual, motriz, mental... No parecían expresiones demasiado acertadas así que se han perfeccionado con los años.

Hace un par de viernes, me entrevistaron para el programa de Canal Extremadura 'Escúchame'. Es un magazín sobre la discapacidad que está muy bien y al que nunca me niego a acudir, aunque me da un poco de vergüenza porque ya he salido varias veces preparando la comida, impartiendo clase, ascendiendo a la Montaña... Me da mucho pudor aparecer como ese chico manco que se supera a sí mismo. En fin...

El caso es que me dijeron que el término preciso que debía utilizar era «persona con discapacidad» mejor que discapacitado. Y así lo hice, aunque les comenté que hay un término más moderno que conocí el año pasado en Murcia en unas jornadas sobre teatro de la inclusión. Ese vocablo es «diverso». Es decir, no somos ni inválidos, ni minusválidos, ni discapacitados físicos ni personas con discapacidad, somos diversos.

Como ven, no es fácil emplear el lenguaje con propiedad ni mantener una respetuosa y políticamente eficiente perspectiva, ya sea de género, ya sea sobre la diversidad. Lo importante, estarán de acuerdo conmigo, es creer de verdad en la inclusión y en la igualdad, pero no está de más que el lenguaje responda a esas convicciones y las expanda. Aunque sea complicado.