«La censura en ARCO no se hubiera dado en otras coyunturas políticas»

Eugenio Fuentes, fotografiado en la Torre de los Púlpitos de Cáceres. ::/LORENZO CORDERO
Eugenio Fuentes, fotografiado en la Torre de los Púlpitos de Cáceres. :: / LORENZO CORDERO

El escritor extremeño Eugenio Fuentes publica ‘La hoguera de los inocentes’, un ensayo sobre la ordalía

Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

La primera tentación al tener cerca a Eugenio Fuentes es preguntarle por su detective Ricardo Cupido. «Está en el horizonte», sentencia esquivo.

Su regreso a las librerías no tiene nada que ver con la novela negra, aunque también aquí hay un retrato fiel del ser humano: Bárbaro, feroz, cruel y sanguinario.

En ‘La hoguera de los inocentes’ (Editorial Tusquets, 336 páginas) descubrimos al Eugenio Fuentes ensayista.

Hace tres años se topó con el concepto de ordalía leyendo un libro de Foucault que hablaba de las fórmulas más ocultas del poder para mantenerse y seguir oprimiendo a los más débiles.

Coincidió con una revisión de ‘El proceso’ de Kafka y en cierto modo, cuenta el escritor de Montehermoso, concluyó que era lo mismo. Lo que en un principio sirvió de reflexión para un artículo, se convirtió finalmente en un prolífico ensayo.

Fuentes ejemplifica lo más oscuro de nuestra existencia mediante libros. «No deja de ser un ensayo literario. Los libros que cito son como pequeñas píldoras contra todos los abusos».

La ordalía se puede definir como lo contrario de la presunción de inocencia, una perversión jurídica de la época medieval opuesta al habeas corpus.

En la Edad Media, con sistemas judiciales sin garantías, los acusados de algún delito debían demostrar su inocencia a base de pruebas que nadie superaba. En realidad, estaban condenados de antemano.

En la ordalía del agua se le arrojaba a un estanque con una mano derecha atada a la pierna izquierda. Si se ahogaba era culpable de robo, adulterio o de cualquier delito que le imputaran porque, en teoría, Dios nunca permitiría que muriera un inocente.

En la del fuego se cogía un hierro candente y el ajusticiado debía caminar durante quince pasos. Solo a los inocentes les desaparecerían las quemaduras. «Eran barbaridades tan grandes que en 1215 el Papa Inocencio las eliminó del sistema jurídico». El problema, continúa Fuentes, es que las ordalías no quedaron aquí. Dante, por ejemplo, las defendía más de dos siglos después de que se anularan. Creía que la sabiduría de Dios estaría siempre por encima del mal.

‘La hoguera de los inocentes’ cuenta cómo la ordalía, con distintas víctimas, nunca ha dejado de estar presente en la historia. «Siempre ha habido colectivos condenados de antemano por ser quienes eran, por sus ideas o por sus atributos sexuales, étnicos o sociales. Independientemente de sus actos».

No hace falta un tratado de Historia para acordarse de los judíos aniquilados por los nazis, de los campesinos rusos masacrados por el estalinismo o de los negros en las sociedades racistas.

En nuestro tiempo, las redes sociales son, a juicio del escritor, otra versión de ordalía.

En este tipo de foros abundan los juicios paralelos y malintencionados y los afectados tienen que defenderse de estas acusaciones.

Como ocurría en la época medieval, ahora muchos tienen que defender su inocencia cuando otros le acusan públicamente. «Las redes sociales ofrecen muchas ventajas, pero algún riesgo conlleva cuando algunas adolescentes han preferido el suicidio antes que seguir soportando a sus acosadores virtuales».

Aunque se trata de una idea casi desconocida en España, que ha perdurado como concepto jurídico, Fuentes aborda esta reiteración desde una perspectiva literaria, antropológica o sociológica. «Algo está fallando si una sociedad permite que la ordalía siga presente o influya en el comportamiento colectivo».

Notario de lo sucedido

Por fortuna, cuenta en su libro Fuentes, siempre hubo quien levantó la voz contra todo eso. La literatura ha ejercido de notario y en este papel profundiza ‘La hoguera de los inocentes’, que en cierto modo es también una forma de acercarse a grandes escritores de todas las épocas. «La literatura es el testigo incómodo que siempre ha dado testimonio frente a las tiranías». Por ‘La hoguera de los inocentes’ desfilan Nathaniel Hawthorne, Hanna Arendt, Faulker, Harper Lee, Melville, Delibes, Lessing, Ian MacEwan o el Marqués de Beccaria.

‘La letra escarlata’, de Nathaniel Hawthorne, es un buen ejemplo de discriminación a base de prejuicios.

Publicada en 1850 en la puritana Nueva Inglaterra, relata la historia de Hester Prynne, una mujer acusada de adulterio y condenada a llevar en su pecho una letra ‘A’, de adúltera. La protagonista trata de vivir con dignidad en una sociedad hipócrita.

También hay un apartado dedicado a la literatura infantil. Salvo Dickens y pocos autores más, la infancia apenas ha tenido referencias literarias. En ‘La hoguera de los inocentes’ la infancia aparece también como una etapa en la que puede residir el mal. ‘Expiación’, de Ian McEwan, o ‘Huracán en Jamaica’, en el que unos niños secuestrados por unos piratas acaban asumiendo la violencia de sus raptores en una extraño cruce de roles.

El repaso por las distintas formas de opresión se hace a través de los libros

«Es una ordalía más porque lo que hay que hacer es juzgar a cada uno individualmente, da igual que sea blanco o negro, judío o cristiano», sentencia.

Fuentes remite a Simone de Beauvoir, la filósofa existencialista francesa del grupo que explicó el feminismo como una ordalía más. «El existencialismo viene a decir que no somos esencia, somos existencia. No seremos juzgados por nuestros rasgos, es como si fuéramos condenados por ser negros o blancos. En realidad seremos sentenciados por nuestros actos individuales. Lo relevante es lo que genera nuestra existencia, no nuestra esencia».

Y ante este repaso histórico, Fuentes llega a una conclusión muy clara. «Hemos avanzado, no hay duda, pero creo que es necesario estar alerta para no retroceder en el camino de la justicia y la dignidad del individuo». La perspectiva que le da estos tres años de trabajo con el concepto de ordalía le lleva a percibir el riesgo cuando hay demasiada efervescencia en el ambiente y en los momentos de tensión. En los últimos días, alerta, lo hemos comprobado. «La censura en la feria de arte ARCO no se hubiera dado con otras coyunturas políticas».

Armar a los maestros

Esta misma conclusión la aplica Fuentes al último tiroteo en un instituto de Estados Unidos. Armar a los profesores como si un colegio fuera un cuartel y un maestro un sheriff es una ocurrencia que solo puede entenderse en un contexto muy concreto. Por eso el escritor anima a no bajar la guardia. Es difícil encontrar una ayuda, advierte, pero tal vez ampare leer los libros en los que la literatura levantó la voz para denunciar lo sucedido. «Frente al martillo del poder, la literatura representa la mano que tiembla, por decirlo con una expresión de Dante que me gusta mucho. Pero frente a su temblor y su debilidad, la literatura resulta indomable contra los abusos».