El cazador de trinos

JESÚS GALAVÍS

SALÍA de casa en Descargamaría para pasear cuando encontré, estribado en un murete cercano, a un señor que debería tener mi edad y junto a él, varias jaulas en el suelo. Cada jaula encerraba un pájaro y todos revoloteaban asustados al sentirme, pues me acompañaba mi perra.

Aquel hombre me hizo gestos con la mano, primero de silencio y luego de invitación para que me acercara hasta él. Al principio me incomodé un poco, pensando que era algún cazador furtivo o una persona algo desequilibrada, pero la curiosidad y el aspecto bonachón de su cara me quitaron los recelos. Me acerqué, me tendió la mano y, en voz baja, se presentó. Se llamaba Fulano, vivía en Navarra y por estar casado con una señora oriunda del pueblo, pasaba temporadas en la casa familiar que aún se mantenía en uso.

En las jaulas había unos cuantos jilgueros y algún verderón. No procedían de la caza, me tranquilizó, sino que él mismo los criaba en cautividad. Y se explicó: los pájaros enjaulados, con sus gorjeos, provocaban el acercamiento de las hembras o el de algún macho, que competían con ellos en los cantos. Parecido al sistema del perdigón que se usa para cazar perdices al aguardo, pero en este caso los pajarillos se buscaban para «cazar trinos».

Para hacerlo más creíble, me hizo escuchar registros de otras ocasiones que tenía archivados en su móvil. El verderón, me ilustraba, tiene, después del ruiseñor, el máximo de tonos (y me instruyó con una serie de términos que ahora no recuerdo). El jilguero canta así, el pardillo de esta forma, seguía, y vuelta a escuchar su móvil. Si se está en silencio y sin moverse, al rato acuden unos cuantos, me aseguraba, y se inicia un auténtico concierto.

La perra, a la que había sujetado con la correa por si acaso, no paraba de mirar las idas y venidas de los pajarillos, y de vez en cuando me miraba a mí, como interrogándome sobre aquella situación para ella desconocida. Yo no acababa de discernir claramente si aquello me gustaba o no, pues los animalitos, pensaba, aun criados en cautividad, no dejaban de estar encerrados, enjaulados. Con la excusa de que la perra podría malograr el acecho, me despedí.

Pero unos metros más arriba me detuve y, tras unas matas de jaras, observé con discreción. En un rato, una pequeña bandada de pájaros se posó cerca de las jaulas y, supongo, orquestarían un concurso de trinos... Luego entré en internet y me informé de que, efectivamente, esta práctica es una modalidad de cierto arraigo entre algunos amantes del campo.

Esta es una faceta más de la Extremadura sorprendente. Y un reflejo de que, poco a poco, algunas cosas van cambiando a mejor. En mi juventud, en los bares de los pueblos se servían de aperitivo pajarillos fritos que, previamente, habían sido cazados por centenares con redes o con liga. Hoy se les respeta, parece, y se les aguarda para registrar y disfrutar sus trinos.