El cazador africano

JOSÉ LUIS GIL SOTO

Sus padres eran campesinos pobres del sur de Etiopía, comían lo poco que daba la tierra y el fruto de la incertidumbre que daba la caza. Eran tantos hijos que unos cuidaban de otros y los mayores salían a probar fortuna para dar de comer a los pequeños.

Uno de aquellos niños destacaba sobre el resto por su resistencia física. Corría descalzo siguiendo la estela de los animales hasta cansarlos, puesto que apenas hay mamíferos en el reino animal que puedan resistir sin parar de correr los kilómetros que el joven conseguía exprimir a su cuerpo.

Pero ni la agricultura ni la caza daban para abastecer a la población y su familia había crecido demasiado, por lo que con diecisiete años se enroló en el ejército y acabó formando parte de la Guardia Imperial de Haile Selassie, el último monarca etíope.

En algún momento de la década de los cincuenta, el entrenador sueco de atletismo Onni Niskanen, en busca de africanos con aptitudes, supo de sus cualidades como corredor y se puso en contacto con el joven guardia, quien seguía cazando mamíferos y aves corriendo hasta cansarlos. Le propuso enseñarlo a correr para competir, le proporcionó conocimientos y equipamiento, pero acostumbrado a correr descalzo no se habituaba a correr calzado.

Se acercaron los Juegos Olímpicos de 1960, que se celebraban en Roma. Nadie había oído hablar de él. La prueba de maratón salía bajo el arco de Constantino, lugar desde el que el ejército de Mussolini había partido veinticinco años antes hacia la conquista de Etiopía. El favorito para ganar la prueba, al que todos los corredores temían, era el marroquí Ben Abdesselam. Allí estaban todos, una multitud de atletas preparados para afrontar la dura prueba, y en medio de todos ellos un joven etíope que no había soportado las llagas en sus pies y había decidido, para burla de todos, correr descalzo.

Dice la leyenda que el favorito para ganar le escupió cuando, a falta de tres kilómetros el etíope descalzo pugnaba por superarlo, y que, como reacción a la burla, este dio un acelerón tan brutal que no habría habido animal de la sabana capaz de soportarlo. El etíope Abebe Bikila, descalzo, ganó el oro olímpico y batió el récord mundial. Aquel 10 de septiembre de 1960 se convirtió de pronto en héroe nacional.

Cuatro años después había conseguido adaptarse a las zapatillas y ya no era ningún desconocido. Pero cuando quedaban unas pocas semanas para los Juegos Olímpicos de Tokio, fue operado de apendicitis. Convaleciente y debilitado, no quiso perderse la prueba. No solo volvió a ganar el oro olímpico, sino que alcanzó un nuevo récord mundial y se convirtió en el primer corredor de maratón en revalidar el título.

Algunos años después, mientras conducía un Volkswagen que le había regalado el Emperador etíope, quiso esquivar una protesta estudiantil y tuvo un accidente del que no llegó a recuperarse nunca. Murió poco después, a los 41 años de edad. El estadio nacional de Etiopía, en Adís Abeba, lleva su nombre.