Cântico das criaturas

Cântico das criaturas
CARMEN HERNÁNDEZ ZURBANO

¿Te ha pasado alguna vez? Di, ¿te ha pasado sentir esa alegría? No sé si suben o bajan los estrógenos, si es cuestión de eso. Sé que te dices: ojalá, ojalá, ojalá me quedase así. Rezas, pero sabes que no va a pasar. Que al día siguiente lo que sea va a bajar. Y a pesar de todo, porque todo es igual ese día que los anteriores, mirar por la ventana el trozo de cielo entre dos bloques de pisos y ponerte una peli en el ordenador, te colman de júbilo. De una alegría íntima y estremecedora. El perro sabe por qué, huele los cambios bioquímicos. Yo pienso que quiero escribir como Miguel Gomes hace películas.

Sentada, en el parque, imagino la primera escena. Bueno, la segunda, la primera sería una persona imaginando una escena. Y enseguida, la plaza del pueblo llenándose de gente arreglada. Niños y mujeres con zapatos y vestidos incómodos. Hombres de traje. Saludándose y entrando en la iglesia. Plano rápido de la misa, del cura levantando la hostia, de las caras de la gente. El paso de la borriquilla en medio de la plaza, y todos levantando los ramos de olivo. Banda municipal de música.

Una voz narra cómo iba a coger, la víspera, las ramas con el abuelo. O después, de mayor, que iba a recogerlas con amigos a la finca enfrente de casa. Había otros ramos, se llamaban palmas, más elegantes, como filigranas de campos tras la cosecha o trenzas tiesas de niñas rubias. Los llevaban los forasteros o los que se la querían dar de algo. Una mujer, de unos sesenta, va en la procesión. Lleva un jersey beige de cuello alto, aunque el sol brilla, y un abrigo granate. La ramita de olivo tiembla en su mano. Hace pocos años, cuenta, iba con otras mujeres a encerar los pasos de Semana Santa que se colocaban en el atrio de la iglesia. Lo que sentía al pasar el trapo por la cara llena de lágrimas del Jesús atado al pilar donde le torturaron, o por el clavo que atraviesa sus pies juntos en la cruz. Unos pies que podrían ser los del hijo. La procesión continúa, y la cámara se detiene en un grupo de jóvenes que, días antes, en el pabellón polideportivo, planean cuándo y dónde disfrazarse de pueblo de Israel, de legionarios romanos, quién va a cargar los pasos, quién no. Los ensayos.

La persona del parque levanta la vista y ve pasar a una familia endomingada, varias jóvenes de larguísima melena lisa en los extremos, y en el centro, la silla de ruedas del anciano que han ido a visitar a la residencia. Caminan lentamente, en silencio.

Plano fijo de una fachada, un balcón, algunos segundos; alguien sale y corta la cuerda que sujetaba una rama de olivo llena de polvo y la sustituye por otra. La ata. Cierra el balcón. Se oye alguna voz en la calle. Luego va quedando todo en silencio. Cambia la luz.