El campo no tiene relevo generacional

El sector agrario de la región está envejecido y los titulares de explotaciones menores de 41 años no llegan al 10% | El difícil acceso a la tierra y los reducidos precios en la agricultura y la ganadería no favorecen las incorporaciones de nuevas generaciones al sector primario

Francisco Amaya (69 años) tiene una jubilación activa y sigue al frente de su explotación de viñas y olivos. :: /Ana Magro
Francisco Amaya (69 años) tiene una jubilación activa y sigue al frente de su explotación de viñas y olivos. :: / Ana Magro
José M. Martín
JOSÉ M. MARTÍN

Extremadura se enfrenta a la despoblación, sobre todo en las zonas rurales, y a un envejecimiento de sus habitantes. Todas las voces autorizadas apuntan a la necesidad de ofrecer alternativas laborales para fijar a la población en los pequeños municipios. Sin posibilidades de obtener un empleo, la gente no se queda en sus pueblos.

Es evidente que la agricultura y la ganadería tienen un gran peso en el mundo rural, pero a los jóvenes tampoco les resulta sencillo encontrar un puesto de trabajo o emprender en el sector primario. En la actualidad, no llega al 10% el número total de propietarios de las explotaciones agrarias que tienen menos de 41 años. En concreto hay 5.576 titulares de entre 18 y 40 años, según la Consejería de Medio Ambiente y Rural, Políticas Agrarias y Territorio, cuando en la región se superan las 60.000 explotaciones.

La edad avanzada de los empresarios del campo también es patente. «Hay más de un 40% de dueños de explotaciones mayores de 65 años», manifiesta Juan Metidieri, presidente de Apag Extremadura Asaja.

«Arrancar de cero una explotación es casi imposible»
Juan Metidieri

El presidente de Apag en la región, Juan Metidieri, pone el foco en el elevado precio de la tierra, en ocasiones superior a la rentabilidad de las empresas agrarias. Así, hay más titulares fincas en producción que cesan que los que se incorporan porque son necesarios terrenos más grandes para ser rentables.

Aun así, Extremadura es un territorio eminentemente agrario y el sector primario tiene mucha fuerza la economía regional. Esto influye en que la tasa de jóvenes al frente de explotaciones agrarias sea superior a la media nacional, que se queda en el 8,72% para los menores de 40 años. La comparación con Europa es incluso mejor, ya que solo el 5,72% de los propietarios de empresas de este sector tienen menos de 35 años.

Los motivos para la baja presencia de jóvenes en el campo extremeño son variados. Los propios agricultores y ganaderos apuntan hacia la dificultad que tienen para acceder a la tierra. «Hay muy poca gente que vende y si lo hace no se puede competir en precio con quienes llevan muchos años o con empresas grandes que pagan por encima de las posibilidades de alguien que quiere empezar», dice Javier Ramos, de 29 años, que pudo comprar siete hectáreas en Valdelacalzada, donde desde hace cinco años tiene una explotación de frutales.

Javier Ramos (29 años) lleva cinco campañas al frente deuna finca de frutales de Valdelacalzada. ::
Javier Ramos (29 años) lleva cinco campañas al frente deuna finca de frutales de Valdelacalzada. :: / CASIMIRO MORENO

«No habría podido iniciar mi actividad sin el apoyo de mi familia, que también se dedica a la agricultura»

Nada que ver con la extensión de la finca que gestiona Gonzalo Llorente en La Parra. Cerca de 500 hectáreas en las que tiene ganado vacuno y porcino en extensivo. Tampoco a este joven le resultó sencillo encontrar una finca de las características que buscaba para su actividad agraria. «El precio no ayuda, es muy elevado», advierte.

Lo poco atractiva que es la jubilación, en términos económicos, explica las reticencias de los dueños a dejar sus explotaciones pese a superar la edad y los años cotizados requeridos para cobrar la pensión. «Las jubilaciones son precarias», expone Ignacio Huertas, secretario general de Upa-Uce en Extremadura, como la principal causa de que los empresarios necesiten obtener otros ingresos.

Francisco Amaya sabe que su pensión sería muy reducida, pero el dinero no es lo que le mantiene al frente de su finca de viñas y olivos en Fuente del Maestre. Con 69 años tiene una jubilación activa y dedica las mañanas a las tareas del campo. «Los agricultores estamos cansados de pagar y a la hora de cobrar me corresponderían 728 euros, así que prefiero cobrar la mitad y seguir cotizando», dice, a la vez que reconoce que si tuviera una pensión mayor optaría por continuar trabajando. «Es cierto que la gente se lo pensaría», añade.

La misma idea tienen las organizaciones agrarias, que entienden que una mejora de las condiciones de la jubilación y favorecer la retirada de los productores que cumplen 65 años es una posible forma de sacar más terrenos en el mercado. «La idea es poner la tierra en manos de quien la necesita y consideramos que sería positivo que hubiera ayudas para quien, a partir de cierta edad, cediera su explotación a una persona joven», comenta Huertas.

Cuando a Amaya le llegue el momento de la retirada no sabe qué hará con su terreno. «Mi hija trabaja en Londres y mi hijo, en Madrid; me da pena vender, así que puede que las alquile», piensa.

Sacrificio

El sacrificio que supone gestionar y trabajar una explotación agraria tampoco favorece la incorporación de los jóvenes al sector. El campo no entiende de horarios y, pese a las mejoras tecnológicas que se han producido en los últimos años y los avances técnicos implantandos, siguen existiendo tareas que requieren grandes esfuerzos y épocas de largas jornadas de trabajo.

José María Gradilla (66 años) gestiona una hectárea de cerezos en Rebollar. ::
José María Gradilla (66 años) gestiona una hectárea de cerezos en Rebollar. :: / DAVID PALMA

«Mis hijas no se quieren dedicar a las cerezas y a mí las tareas de poda y mantenimiento me sirven de relax»

Si a las duras condiciones se le añade que la rentabilidad de las explotaciones no pasa por su mejor momento resulta complicado que haya gente que se quiera acercar al sector. José María Gradilla sabe qué es eso. Él tiene 66 años y se hizo cargo de la finca de su padre cuando este falleció, pero dedicó su vida profesional lejos del campo. Ahora, cobrando ya la pensión, sigue como titular de la explotación porque sus hijas también tienen su futuro laboral en otros sectores. «Ellas están trabajando y a mí las tareas de poda y mantenimiento me sirven casi de relax», comenta Gradilla, que posee una hectárea de cerezos en la localidad cacereña de Rebollar.

Compagina su pensión con el beneficio de la finca. «Es posible si se ingresan menos de 6.000 euros anuales por la explotación y en mi caso no llego a esa cantidad», especifica este agricultor, que dispone de la maquinaria necesaria, por lo que la finca no le supone un esfuerzo económico.

Los precios que reciben los agricultores y ganaderos por su productos no aumentan al mismo ritmo que los gastos que supone obtener esas materias primas. «Esperaba haber tenido mejor precio este año», dice Ramos, que tiene diversas frutas y variedades en las fincas que gestiona para tratar de garantizar la viabilidad de su empresa.

Llorente, por su parte, apostó por una mayor dimensión de su explotación para buscar la rentabilidad. «Hace tiempo era posible salir adelante con dos o tres vacas y algunos cerdos, algo impensable ahora», comenta este ganadero en relación al descenso de los precios que vivió el sector hace varios años.

En la actualidad parece que se ha invertido la tendencia y hay una mayor estabilidad con precios que van ligeramente al alza en el porcino. Esto no esconde otras realidades. «Existen producciones deficitarias y el caprino está en una situación difícil», señala Llorente, que entiende que los márgenes de beneficio son reducidos y que la viabilidad de las empresas del campo se logra con producciones en extensivo. «Hay emprendedores que tratan de ajustar su inversión inicial a la ayuda pública que reciben e inician su andadura con pocos animales o terrenos reducidos; es una forma de no arriesgar mucho dinero y piensan ir ampliando su cabaña en función de los resultados», advierte este ganadero, que remarca que el objetivo debe ser la viabilidad de las explotaciones porque la única forma de que haya nuevas incorporaciones es que el campo sea atractivo económicamente.

Para facilitar el relevo generacional en el sector primario, la Junta de Extremadura ha vuelto a abrir este año una línea de subvenciones para jóvenes agricultores, los que no hayan cumplido 41 años. En 2018 no se realizó la convocatoria y en el presente ejercicio se publicó el pasado 11 de marzo y las ayudas pueden solicitarse durante un mes. La cuantía establecida es de 30 millones de euros y la Consejería del ramo prevé incorporar a 900 jóvenes hasta 2020.

Por ahora, se están abonando los importes de los expedientes de la convocatoria de 2017, en la que se concedieron 24 millones y se instalaron 649 jóvenes. Las cantidades que se conceden, según marca el decreto, se mueven entre los 15.000 y los 70.000 euros, pero la mayoría se encuentran entre 30.000 y 40.000 y dependen de la inversión que realice el empresario en maquinaria o terrenos, si la producción es ecológica o en función de la contratación de trabajadores que realice, entre otros aspectos.

A pesar de este apoyo económico, montar una explotación se hace muy cuesta arriba. «Yo no habría podido hacerlo sin la ayuda de mi familia», reconocen tanto Llorente como Ramos. Este último no tuvo que comprar maquinaria y se benefició de tener la finca de su padre junto a la que compró.

Esto supone que la mayoría de los jóvenes que se dan de alta como propietarios lo hagan porque en su familia ya había una explotación. Los costes se disparan si hay que comprar o alquilar los terrenos o adquirir herramientas de trabajo. «Arrancar de cero una explotación es, hoy en día, casi imposible; hay algunos proyectos que llegan a cuajar, pero es muy difícil», apostilla el presidente de Apag.

Y es que los beneficios tardan en llegar. Hay diferencias entre los distintos subsectores dentro de la agricultura y la ganadería, pero en la inmensa mayoría las producciones no son inmediatas. «La tierra que yo compré era un barbecho y tuve que meter la plantación nueva, el riego, la luz; la inversión es considerable y pasan tres o cuatro años hasta que empiezas a coger fruta», puntualiza Ramos, que insiste en que cinco años después todavía no tiene su parcela a pleno rendimiento.

Un ejemplo parecido es el de Llorente, que realizó una enorme desembolso, que multiplica en decenas de veces la ayuda cercana a los 50.000 euros que percibió, y espera que su explotación vaya, año a año, generando los beneficios necesarios para recuperar la inversión.

«La incorporación de jóvenes mejora la productividad del sector»
Ignacio Huertas

El secretario general de Upa en Extremadura, Ignacio Huertas, cree que la incorporación de jóvenes mejora la productividad del sector y añade que las personas que están en retirada no piensan en mejorar la competitividad. Por otro lado, Huertas considera que se debe seguir exigiendo la igualdad de servicios en el mundo rural para que la gente pueda vivir dignamente.

En este sentido, desde Upa se propone la existencia de préstamos subvencionables para la compra de la tierra. De esta forma, «los jóvenes podrían acceder a financiación barata que les ayudaría a enfrentarse a los gastos que surgen en los primeros años», en palabras de Huertas, que incide en que la cuantía de las ayudas que concede la Junta pueden parecer elevadas, pero hay que ponerlas en su contexto con los precios de la tierra, tanto en compra como en arrendamiento, o de la maquinaria, en la que un tractor o una cosechadora alcanzan los 30.000 euros.

Estos mismos «créditos blandos» son a los que se refieren desde Apag como un método para apoyar las incorporaciones al sector. «Una línea de financiación así ya existía hace algún tiempo, pero desapareció», lamenta Llorente.

Futuro

Los agentes del sector no esconden que el relevo generacional en el campo preocupa. Contar con gente joven es indispensable para el futuro agrario de la región y tendría una repercusión económica positiva para el conjunto de la comunidad. «Los que ya están cerca de su retirada no piensan en mejorar la competitividad de sus explotaciones, apostar por nuevos sistemas de producción o embarcarse en proyectos innovadores y eso lastra la productividad agraria», afirma Huertas.

Los jóvenes llegan con más ilusión y con una formación que es un punto a su favor. Ramos estudió Administración y Dirección de Empresas (ADE) y Llorente es ingeniero agrícola. Además, tienen la experiencia que les aporta haber crecido en familias que se dedican al sector y se pueden beneficiar de los consejos cercanos. «El campo necesita gente formada, porque cada vez está más especializado y tenemos mucha carga burocrática», en palabras de este joven ganadero, que la semana pasada recibió el premio a la mejor ganadería en la primera edición del foro de incorporación de jóvenes al sector agrario en Extremadura.

Gonzalo Llorente (28 años)tiene una explotación ganadera en La Parra. ::
Gonzalo Llorente (28 años)tiene una explotación ganadera en La Parra. :: / HOY

«Tenemos que ser viables; es la única forma de que haya jóvenes que se sientan atraídos por este sector»

Más allá de las características propias del sector primario, también se debe tener en cuenta la situación del medio rural. Es innegable que los pequeños municipios de la región no tienen los mismos servicios que hay en el ámbito urbano. Los jóvenes que quieren desarrollar su vida profesional en el campo deben asumir la lejanía de los centros hospitalarios, la carencia de colegios e institutos en algunos municipios o la necesidad de un vehículo que les ayude a solventar los problemas con las comunicaciones que hay en una región tan extensa como Extremadura. «En este nivel solo queda seguir exigiendo la igualdad para el mundo rural», concluye Huertas.

«Tardamos mucho tiempo en cobrar las ayudas»

El objetivo es incentivar la incorporación de jóvenes al sector agrario y ayudar a los empresarios en los primeros momentos de su aventura empresarial, cuando más necesidad pueden tener de liquidez y deben acometer sus inversiones. Sin embargo, la principal queja que tienen los solicitantes de las ayudas que convoca la Junta de Extremadura es que los plazos se prolongan en exceso. «Lo que peor veo es que tardamos mucho tiempo en cobrar», dice Javier Ramos, agricultor de 29 años, que tardó casi dos años en recibir la cuantía de su ayuda.

Algo menos de tiempo pasó hasta que a Gonzalo Llorente (28 años), ganadero afincado en La Parra, le llegó el total de la ayuda. «Ya sabía que los plazos están por encima del año», reconoce.

Además de agilizar la tramitación y los pagos, en el sector también consideran que deberían entregarse las subvenciones en un solo plazo. Ahora se hace en dos, uno del 75% y otro del 25%. «Los montantes son elevados y las condiciones atractivas, piensas que vas a contar rápidamente con el dinero y no es así», insiste Ramos.