TÚ AL PUEBLO, YO A LA PLAYA

«No cambio el verano en mi pueblo por nada»

Eduardo López, con su mujer, María Ángeles Vallejo, a la que conoció en Abadiño (Vizcaya) y su hija Vero. Con ellos, los niños Luken e Izan. :: palma/
Eduardo López, con su mujer, María Ángeles Vallejo, a la que conoció en Abadiño (Vizcaya) y su hija Vero. Con ellos, los niños Luken e Izan. :: palma

Eduardo López (58 años) emigró a Vizcaya en 1976, pero ni un solo verano dejó de volver a Las Hurdes

Antonio J. Armero
ANTONIO J. ARMEROCáceres

Lo único que Eduardo echa de menos estos días en su pueblo es «un bar, para reunirse allí con la gente que viene solo por estas fechas». Por lo demás, Cerezal (144 habitantes censados) es para él el sitio ideal. «A mí, mi pueblo me encanta, es lo que más me gusta del mundo, no cambiaría el verano aquí por nada, ni siquiera por un apartamento que me dieran», deja claro este emigrante prejubilado prematuramente después de cuatro décadas trabajando en el País Vasco.

Eduardo López se quedó huérfano cuando tenía diez años. Murió su madre y a los dos meses, su padre. Interno en un colegio de Nuñomoral -municipio del que depende la alquería de Cerezal-, los fines de semana los pasaba con su tío. Hasta que emigró. A Abadiño (7.522 habitantes), en Vizcaya, donde sigue viviendo. «Yo había estudiado dos años en Cáceres -recuerda-, para ser soldador, pero lo que me ofrecieron en el País Vasco para ejercer ese trabajo era un sueldo de seis mil quinientas pesetas (39 euros) de las que cinco mil (30) eran para pagar a la patrona. Me quedaban libres mil quinientas pesetas (nueve euros). Pero tenía un primo allí trabajando en un vivero, y él me buscó un empleo en esa misma empresa. Me pagaban once mil pesetas (66 euros), me daban casa y si comías fuera te lo pagaban ellos también, así que no dudé». El 26 de septiembre de 1976 llegó a su nuevo destino. Era una emigrante de 16 años.

Paisaje de Cerezal, alquería de Nuñomoral, en Las Hurdes.
Paisaje de Cerezal, alquería de Nuñomoral, en Las Hurdes. / Palma

«Al principio lo pasé muy mal, pensé en volverme porque me agobiaba mucho que estuviera todo el día lloviendo», evoca ahora, desde la tranquilidad del patio de su casa, en el que tiene plantados kiwis. «En el año 81 me fui a hacer la mili. Estuve primeramente en Córdoba, luego en Capitanía General en Sevilla y después en un destacamento en Cádiz, donde iban a veranear los altos cargos. Cuando acabé, volví al País Vasco». Allí ha trabajado de jardinero, de albañil, en una empresa de tratamiento de maderas... Hasta que se jubiló hace dos años, antes de lo normal por culpa de una rodilla que le ha dado guerra durante media vida.

Fiel a su tierra

Desde entonces, Eduardo López pasa de seis a siete meses en su pueblo, al que no dejó de venir ni un solo verano durante su vida laboral. «Y no solo en vacaciones, sino también en Semana Santa y en Navidad», cuenta el hombre, que en Abadiño conoció a su mujer. Tienen dos hijos nacidos en el País Vasco y que ya les han hecho abuelos. Esos pequeños explican en gran modo que Eduardo siga viviendo allí, en el norte que le acogió cuando era un crío. «Mis amigos de allí me dicen 'Hay que ver que llevas aquí cuarenta años y no has cogido nada de acento'». Y él mismo explica por qué. «Allí me he pasado el día con extremeños. De hecho, en el vivero en el que yo he trabajado tantos años también estaban tres de Cerezal y dos de Nuñomoral».

«Yo creo que más de medio pueblo ha pasado por esta empresa», calcula el emigrante hurdano, que desde que se prejubiló llega a su tierra en marzo y se va en octubre, semana arriba semana abajo. «Por las mañanas me entretengo con los huertos, que tengo tres, y dando un paseo al perro», explica Eduardo López, que tiene dos hermanas viviendo en Barcelona y otra en Cerezal. Precisamente ella era quien regentaba el único bar que había en el pueblo, que era también una tienda. «Ahora, si tenemos que hacer una compra grande, vamos a Plasencia, a algún supermercado», cuenta el hombre, que tiene el río a un minuto andando desde la puerta de su casa. «A mí me gusta darme un baño por las mañanas, a eso de las once, porque no hay nadie -comenta-. Por la tarde se llena de chavales».

En esa rutina de emigrante feliz en su pueblo, Eduardo tiene controlados los tiempos. Sabe que los miércoles pasan por Cerezal el frutero, el de la carne y el de los congelados. Y a diario, dos panaderos. A las once y media de un martes, él acaba de comprar el pan. Está en pantalón corto, y atiende de principio a fin con una sonrisa en la cara. Está en su pueblo, del que se fue hace 42 años, pero al que nunca perdió de vista. Parece claro que es su sitio en el mundo. Incluso sin bar, Cerezal es su paraíso de verano particular.

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