El calvario de una empresaria en Marruecos

Carmen Millán intenta ahora adaptarse a sus nuevas prótesis. :: Josele Lanza/
Carmen Millán intenta ahora adaptarse a sus nuevas prótesis. :: Josele Lanza

La extremeña Carmen Millán sigue reclamando justicia pese a perder sus piernas después de arruinarse | Ha contactado por escrito con Felipe VI, Pedro Sánchez y Mohammed VI para que la indemnicen por derribar ilegalmente su urbanización en Tánger

J. López-Lago
J. LÓPEZ-LAGO

Hace tres años Carmen aparecía en estas páginas con los brazos cruzados, la barbilla levantada y una pose de mujer de armas tomar. Entonces esta empresaria extremeña explicaba que las autoridades marroquíes le habían destrozado la vida desde que inició un proyecto inmobiliario en Tánger que fue demolido, según ella, por ser mujer y por no querer someterse a las redes de corruptela que manejan el sector inmobiliario en el país norteafricano. Ahora reaparece. Físicamente está en evidente declive, con dos piernas amputadas y seis dedos menos en las manos, pero afirma con contundencia que su ánimo no decae y seguirá reivindicando justicia.

Desde Marbella, la ciudad donde reside, esta mujer con familia en el municipio pacense de Llera y nacida y criada en Fuente del Arco (Badajoz), de donde se marchó a los quince años, aseguraba esta semana a HOY que el rey Felipe VI, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez, el ministro de Asuntos Exteriores José Borrell y hasta el monarca alauí Mohammed VI, conocen por escrito su caso.

«Será porque los extremeños tenemos un aguante especial, pero no voy a parar hasta el último día de mi vida. Amputada o sin amputar, defenderé lo mío, lo de mi hija y de mi socio y llegaré hasta donde tenga que llegar», afirma telefónicamente esta mujer que ya está pensando en ir a Washington, concretamente a la sede del Ciadi, la institución líder a nivel mundial dedicada al arreglo de diferencias relativas a inversiones internacionales.

Afirma que han ido a por ella por ser mujer y no entrar en la red de corruptelas marroquí

Carmen nació en Fuente del Arco, en donde residió hasta que a los 15 años se fue a Madrid

Inversora decidida

La historia de Carmen Millán se puede decir que empieza en 2001, cuando pone los pies por primera vez en Marruecos. Ahora tiene 61 años, pero hay que saber que con menos de treinta montó su primera empresa de formación en Madrid y con 45 se mudó a Marbella. El 4 de abril de 1999 se quedó viuda del arquitecto Juan Mora y al poco tiempo, un 11 de junio de ese mismo año, nació su primera y única hija.

Carmen se adentró en Marbella en el mundo inmobiliario, así que cuando dos años después -ya estamos de nuevo en 2001- conoce Tánger en un viaje de placer detecta las enormes posibilidades del lugar. Concretamente se fijó en unos terrenos frente a la playa del Cabo Espartel. Justo en ese lugar comenzó su pesadilla.

Cuenta que hizo socio a un empresario burgalés y montó la empresa Occibelia. Con sus ahorros, dice, compraron aquel solar a quince kilómetros de Tánger para levantar una urbanización de lujo. «Ya reinaba Mohammed VI y su discurso era el de atraer inversiones extranjeras. Hablaba de que en su país había seguridad. Él estaba muy preocupado por hacer atractivo el norte de Marruecos y por eso me fui a Tánger. Creo que no me confundí de sitio. Lo que ocurrió es que yo era la única mujer en un mundo de hombres, la primera inversora en este sector», rememora ahora.

Carmen proyectó Atlantic Magna: diez bloques de nueve casas cada uno. No empezó las obras hasta que tuvo la licencia, llegó a tener 500 empleados y todo discurría con normalidad. Hasta que en el año 2008 llegaron dos funcionarios y unas grúas que empezaron a derribar los dos bloques principales. «Las máquinas eran del ayuntamiento de Tánger y las dirigía el equivalente al Ministerio del Interior del país. Cuando yo preguntaba me decían que lo tiraban porque estaba en una ilegalidad y que ellos obedecían órdenes supremas». Aquello fue el inicio de su calvario. Según explica, sin ni siquiera hablar el idioma del país, tenía el 70% de la promoción vendida.

Lo siguiente fue acudir a la Justicia, pero para cuando hubo una primera resolución ya había tenido que devolver dinero a los compradores y se vio superada por una debacle financiera que la terminó arruinando. Según dice, el embajador de España en Marruecos en aquella época no hizo nada. Además, sospecha que al rey Mohammed VI le pasaron una versión falsa de los hechos, razón por la que trató de hablar personalmente con el monarca para explicarle la falta de seguridad jurídica que había en su país. Estuvo a punto en dos ocasiones, pero la policía la paró y la intimidó.

«Y aunque la justicia me dio la razón y los peritos tasaron la indemnización en 24 millones de euros al final solo me ofrecieron 800.000 euros. Imagina el dolor y la frustración después de una batalla tan larga».

La empresaria extremeña cuando inició su batalla por la urbanización demolida
La empresaria extremeña cuando inició su batalla por la urbanización demolida / CARMENMILLANCHAPARRO.COM

Una misteriosa enfermedad

Pero ahí no acaba la cuesta abajo en la que cayó desde que decidió invertir en Marruecos. Según narra la empresaria pacense, en la madrugada del 15 de agosto del año pasado empezó a sentir fiebre. «Me tomé un Gelocatil y me levanté rara al día siguiente. La fiebre en vez de bajar subía, así que me hicieron un análisis y terminé ingresada en el hospital Quirón Salud de Marbella, donde acabé en la UCI. Pasé 17 días en coma. Me dijeron que ha sido por una bajada del sistema inmunológico, que no ha sido nada genético ni vírico y que la ciencia médica no puede responder a lo que me ha pasado. Solo sé que he estado seis meses ingresada y me han tenido que amputar las dos piernas».

Carmen Millán pasa ahora las mañanas aprendiendo a convivir sin sus extremidades inferiores. Emplea cuatro horas al día en rehabilitación y está adaptándose a las prótesis que le permitirán ponerse de nuevo de pie. Pese a este contratiempo, la empresaria extremeña reitera con brío en la voz que la injusticia que han cometido con ella debe ser reparada y que nada la va a detener, ni siquiera la enfermedad que le hizo perder sus piernas.