Un cajoncito a los pies de María Jesús

Un cajoncito a los pies de María Jesús
Antonio Tinoco
ANTONIO TINOCO

Asistí el pasado sábado a la ceremonia de entrega de la Medalla de Extremadura por varias razones, pero la más importante para mí era por estar cerca de la periodista María Jesús Almeida, que era una de las personas que la recibía, y alegrarme junto a ella por ese premio. Estaba también expectante ante su discurso porque sabía que, dijera lo que dijera, lo iba a decir con la pasión con que ha hecho todo en su vida. María Jesús Almeida nunca decepciona: dice lo que piensa sin recurrir a circunloquios. Y buena prueba de ello fue el rejonazo que soltó -lo dijo como para su coleto pero fue audible para toda la concurrencia del Teatro Romano-, justo en el momento en que estuvo ante el atril y se disponía a pronunciar su discurso: «Ya me han puesto el cajoncito», exclamó con una sonrisa. Se refería a que alguien había colocado un escabel para que, debido a su baja estatura, se subiera a él y alcanzara sin dificultad el micrófono.

Hay detalles que definen una vida y quien puso 'el cajoncito' para que a él se subiera Almeida seguramente no era consciente de que ese humilde mueble significaba para ella todo contra lo que había luchado en sus casi cuatro décadas de trabajo, y que esa lucha, a la postre, era lo que la había hecho grande y merecedora del reconocimiento que precisamente en ese instante estaba recibiendo. María Jesús es una periodista que se ha ganado la dignidad de tal nombre teniendo en sus inicios que ir a contracorriente de quienes la juzgaban con mirada indulgente y actitud paternalista y se aprestaban a colocarle 'un cajoncito' ante el micrófono en la creencia de que necesitaba su ayuda para ejercer su oficio. Así que su vida profesional ha consistido en darle patadas al cajoncito y arrojarlo cuanto más lejos mejor, cosa que físicamente no hizo el sábado seguramente no por falta de ganas ni de motivos, sino por respeto al lugar y a la ocasión.

Y sobre todo porque inmediatamente se vio que no estaba allí para ventilar asuntos personales. Y es que la Medalla a María Jesús Almeida resultó ser la menos personal de todas por voluntad de la galardonada, que aprovechó su discurso de recepción del premio para hablar sólo lo imprescindible de sí misma y de los suyos -a pesar de que hubiera tenido sobradas razones para extenderse-, y dedicar la mayor parte de sus palabras a reivindicar la hermosura del periodismo y recordar la dificultad con que se ejerce debido a los peligros que lo acechan: tanto los que son atribuibles a la voluntad de controlarlo por parte de los que tienen alguna clase de poder como los que prosperan por la falta de coraje de muchos a los que nos va el sustento en defenderlo. El homenaje que Extremadura dio a María Jesús Almeida lo convirtió ella en un homenaje a los periodistas y al periodismo. Troceó su Medalla y la repartió ecuménicamente entre sus compañeros. Fue, una vez más y como siempre, generosa y grande. Tanto que el cajoncito que se coló en la ceremonia del sábado quedó reducido a una triste metáfora sobre la persistencia de los prejuicios. Y María Jesús, al tenerlo bajo sus pies, dejó constancia de su determinación por romperlos.