Cáceres fue ciudad industrial

Vista de una de las calles del polígono industrial cacereño de Capellanías. :: HOY/
Vista de una de las calles del polígono industrial cacereño de Capellanías. :: HOY

La cal, los fosfatos, Induyco, Waechtersbach y Catelsa son las claves de un pasado fabril

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Elena Nevado ha dejado claro que en Cáceres no habrá mina de litio. Vara se ha manifestado con la misma claridad que la alcaldesa y Cáceres seguirá apostando su futuro al turismo, a los servicios y a los milagros. Sé que fuera de Cáceres nos miran extrañados, como si fuéramos una ciudad de pirados que nos oponemos al progreso, a la minería y a la consiguiente industria auxiliar.

Y puede ser que tengan razón, que estemos un poco pirados por seguir querer viviendo en esta ciudad feliz y tranquila en la que pasan pocas cosas y las que pasan, las controlamos enseguida no vayan a desmadrarse y nos compliquen la vida. Como es natural, nos quejamos de que nunca pasa nada y animamos a quien se arriesga para que pase algo, por ejemplo, abrir una sala independiente y privada de teatro y conciertos. Pero no pasamos de los ánimos porque Cáceres no es la capital cultural de Extremadura, sino la capital de las cañas de Extremadura. Aquí, lo que mola son los conciertos callejeros que puedes escuchar tomando una birra, pero eso de sentarse en una sala oscura, sin cerveza y atendiendo como que no.

Así que la ciudad de las cañas y el turismo, la gran desconocida y todas esas frases hechas que nos sueltan los escritores cuando vienen de visita, se remueve inquieta porque este año está tardando la Semana Santa y ya no sabemos qué hacer sin pretextos ineludibles para salir a la calle. Luego vendrá todo seguido, con el añadido de las campañas electorales y no nos vendrá mal este marzo tan soso para ahorrar y prepararnos para el chute gastoso de Semana Santa, San Jorge, Virgen de la Montaña (esa con la que querían acabar los del litio), Generales, Feria del Libro, Womad, Municipales, Europeas, Autonómicas, Feria de San Fernando, Festival de Teatro Clásico...

Pero esta ciudad no siempre fue así. Hace 30 años, en Cáceres había industria. Sí señor, entre Catelsa, la Waechtersbach e Induyco, en Cáceres había más de 2.000 obreros industriales. Y antes, Cáceres fue la ciudad de la cal y los fosfatos, donde miles de trabajadores estaban empleados en los hornos de cal y en las minas de Aldea Moret.

Cáceres vivió del subsuelo antes de que los señores del litio quisieran venir a romper la Montaña y el bienestar de una parte de la ciudad: la que trabaja o tiene pensión (nunca olvidaré al señor que me paró en la puerta de un bar de Antonio Hurtado y me dijo sin acritud, pero con fundamento: «Usted no quiere la mina porque es funcionario, ¿verdad?, pero yo estoy en paro, tengo a mis dos hijos trabajando en América y sí la quiero»).

Cáceres vivió del subsuelo porque allí estaban los fosfatos y un calerizo del que se extraía la mejor cal de España. No hace tanto tiempo de eso: en 1996, dejó de funcionar el último horno, situado junto a la estación de autobuses y a la espera de ser rehabilitado como monumento evocador de aquel tiempo en el que Cáceres no dependía de los turistas ni de los milagros, sino de la industria.

Aquella cal desinfectaba, enjalbegaba, decoraba, aglutinaba y era la base del asperón, inolvidable limpiador muy cacereño: polvo desprendido de las piedras calizas usado para limpiar con el estropajo los útiles de cocina oxidados. Con la cal morena se construyó la considerada en tiempos mejor plaza de toros de España, el coso cacereño de la Era de los Mártires, hoy tan en desuso como el asperón por razones complejas que convierten Cáceres en una paradójica isla no taurina en la región más taurina.

Cuando en Cáceres se cerraba el último pozo de cal, Induyco tenía más de mil trabajadoras que no paraban: hacían desde los trajes de chaqueta de las azafatas de Barcelona 92 hasta los uniformes de los carabineros italianos. En la Waechtersbach trabajaban 138 personas haciendo tazas y platos de diseño rompedor y en Catelsa llegaban a 400 empleados. Hoy solo queda Catelsa y una Induyco testimonial.

Así que sin cal, sin litio, sin fosfatos y sin industria tenemos la esperanza puesta en los milagros y en unas escaleras mecánicas que van a instalar en Alzapiernas y nos van a llevar al cielo.