Cáceres, ciudad barroca

Bancos del parque de Cánovas. :: HOY/
Bancos del parque de Cánovas. :: HOY

En mi ciudad es preciso seguir ciertos códigos para no desentonar

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Vivo en una ciudad barroca donde las señoras se visten con traje sastre de rosa chicle para ir a comprar el pan y los funcionarios tienen un hábito de Nazareno en el armario, donde había jóvenes que llevaban un cilicio bajo el pantalón a finales de siglo y las manifestaciones más multitudinarias eran los rosarios de la aurora. Vivo en una ciudad barroca donde los partidos políticos tienen una cuota para la mujer, otra cuota para los discapacitados y una tercera cuota para cofrades. Sin un cofrade en puestos de salida, nunca serás alcalde.

Vivo en una ciudad barroca donde la Virgen de la Montaña fue afiliada a UGT, decide a veces quién gana las elecciones y hace que media ciudad ascienda cuestas del 15% cada tarde para llegar hasta su santuario, la visiten o no.

Vivo en una ciudad barroca donde en los bancos de Cánovas, su parque emblema, únicamente se sientan los hombres raros, los tipos sospechosos que leen libros, los que vienen de los pueblos si se cansan, un señor muy curioso que hace y ofrece muñequitos de alambre y una señora muy tierna que cose y ofrece pañitos bordados, pero no se sienta nunca un cacereño fetén hasta que no cumple los 90 años y es acompañado por una asistente colombiana o un ayudante ucraniano.

En mi ciudad barroca, en el autobús urbano solamente van los estudiantes y quienes no tienen ningún reparo en parecer pobres, de barrio o excéntricos.

Vivo en Cáceres, una ciudad barroca donde la apariencia lo es todo y hay que seguir unos códigos para no desentonar y pasar por respetable: la camisa varonil siempre por dentro del pantalón, el traje de chaqueta femenino conjuntado, el saludo como norma de urbanidad suprema, tanto que si un día te despistas, debes pedir perdón y explicar en el siguiente encuentro por qué no saludaste, y el automóvil convertido en complemento ortopédico de tu cuerpo salvo cuando al atardecer paseas a pie para mantener el tipo.

En mi ciudad barroca, si coges el autobús urbano has de dar explicaciones so pena de dar que hablar. «Es que voy a por el coche al taller», informas como eximente o corres el peligro de que en los corrillos que cuentan se cuestione tu biografía. «Ayer vi a Fulanito cogiendo el autobús en la Cruz. Dicen que tiene problemas», lanzan la sospecha y una mancha de desconfianza te embadurna a ti y a los tuyos hasta que los hechos demuestren que no tienes problemas o que los problemas han acabado contigo y no solo viajas en bus urbano, sino que te has dado de baja en el club, no sales de cañas por el centro, te ven paseando por la plaza y, la puntilla definitiva, pasas las tardes sentado en un banco de Cánovas.

En una ocasión, fui en el autobús urbano de Nuevo Cáceres al Eroski y un señor me manifestó a voces su extrañeza: «¡Pero, hombre, cómo va usted en autobús urbano!». No supe qué responderle, los viajeros me miraban como si fuera un intruso y pasé el resto del recorrido de la línea 7 disimulando mi vergüenza con el teléfono móvil como pretexto para abstraerme y no sentir el peso de la culpa.

La semana pasada, salí a dar un paseo y me senté a las seis de la tarde en un banco del parque de Cánovas. A esa hora, en los bancos, había viejecitos dependientes con acompañante, inmigrantes sonrientes que charlaban contentos, solitarios que leían, solitarios que pensaban, solitarios que se abstraían, solitarios que miraban, solitarios...

Al día siguiente, mi madre me llamó por teléfono. «¿Hijo, te pasa algo?», me preguntó preocupada. «No, mamá, estoy muy bien», le respondí sorprendido. «¡Ah, bueno! Entonces me quedo tranquila, es que me acaban de contar que ayer te vieron en un banco de Cánovas mirando los árboles», aclaró mi madre el motivo de su llamada.

En mi ciudad, hay cacereños que solo se muestran como son cuando salen de viaje. Si están aquí, siguen el código sagrado, barroco y tridentino : no importa la esencia, sino la apariencia.

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