En busca de un final ¿feliz?

Nunca, como en esta ocasión, ha hecho tanta falta la reflexión, la negociación y la búsqueda de equilibrio.Y eso ya no depende de los ciudadanos que votan, sino de quienes deciden desde los partidos políticospor qué se apuesta con esos votos

TERESIANO RODRÍGUEZ NÚÑEZPeriodista

Cabía esperar que, a estas alturas, se hubieran apagado los incendios –políticos, por supuesto– que siempre generan unas elecciones, tanto más cuando –como en esta ocasión– se nos han amontonado las «generales» de abril con las europeas, las autonómicas y las locales, celebradas apenas un mes más tarde, Una especie de empacho electoral, que mantiene sin embargo encendido el rescoldo bajo las cenizas, más allá incluso de lo que duran negociaciones y cambalaches varios, según se dice para lograr el mejor gobierno posible en cada una de las áreas afectadas, pero según desconfía el personal, más bien para no quedarse fuera en el reparto de sillones entre los muñidores de la política patria, cualquiera que sea el nivel del cargo al que aspiran en esos diferentes territorios: europeo, nacional, regional o local.

Y aquí, aprovechando la circunstancia de que es este escribidor quien firma «ut supra» y quien aporrea las teclas del ordenador, permítanme un inciso para una reflexión breve. Al escribidor no le gusta este amontonamiento de elecciones, en circunstancias que no había conocido desde el inicio de la 'transición' y de eso hace más de cuarenta años. Nunca se habían celebrado tantas elecciones juntas y menos tres de una tacada, como ocurriera el pasado 26 de mayo. Es como quitarles importancia o hacerlas de menos. Así no es extraño que cuando han pasado casi quince días se siga pensando ya no sé si en coaliciones posibles o en carambolas de la suerte. Añádase la existencia esta vez de un partido de centro, como Ciudadanos, con peso bastante para inclinar el resultado a la derecha o a la izquierda en varias regiones y ayuntamientos... y hasta un incordio por el lado derecho que es como una 'vox' de alarma. Creo que nunca, como en esta ocasión, ha hecho tanta falta la reflexión, la negociación y la búsqueda de equilibrio. Y eso ya no depende de los ciudadanos que votan, sino de quienes deciden desde los partidos políticos por qué se apuesta con esos votos.

Lo que antecede no viene a ser más que un inciso y hasta una digresión, si así lo quieren. Lo que realmente me preocupaba cuando me he puesto a escribir es qué va a ser de esta tierra cuando cada uno de cuantos han formado parte activa de las elecciones, no ya como electores sino como elegidos, ocupen sus asientos, sea en el Congreso o en el Senado como consecuencia del 28-A, o sea en la Junta de Extremadura y en cada uno de los 165 municipios de Badajoz y los 223 de Cáceres, ciñéndome a lo que nos toca de cerca. Al margen de iluminados dispuestos a arreglar el mundo, que nunca faltan, uno confía en que salga –también y sobre todo– un buen número de políticos, ellos y ellas, con ánimo y cuajo bastante para hincarle el diente a lo que tienen más a mano, tal que Extremadura, una región con kilómetros sobrados para una población escasa y que no deja de menguar: mientras el año pasado la población española crecía un 0.6 por ciento, la población extremeña disminuía el 0.5 por ciento, viéndose reducida a comienzos de este año a 1.066.998 habitantes, bastante pocos si los desparramamos en sus 41.634 kilómetros cuadrados de extensión. Y aún así, con tanta tierra y tan poca gente, tenemos unas tasas de paro que se comprenden malamente, aun contando con la mecanización creciente en gran parte de las tareas agrícolas.

Pero andábamos en las elecciones y sus secuelas. El trajín de los políticos en estos días es quién se arrima a quién, y si es posible al sol que más caliente. La inexistencia de mayorías absolutas es un mal muy relativo... si es que realmente es un mal. Asustan las mayorías 'aplastantes' por el riesgo que entrañan de que acaben haciendo lo que apuntan, aplastar. Creo que la condición humana tiene más de relativa, por las limitaciones que entraña y que obligan a los apoyos mutuos y conducen a la socialización. De alguna manera, son nuestras limitaciones las que nos humanizan... o tal vez al contrario, es la propia humanidad la que impone las limitaciones. Lo importante en estos momentos que vive España es que todos, gobernantes y gobernados, seamos conscientes de cuales son nuestros deberes y nuestras responsabilidades.

En el caso de Extremadura, el panorama general –si nos atenemos a indicadores tan comunes como índices de población, nivel medio de renta, nivel de empleo, índice de paro– no son para echar las campanas al vuelo. Y los que aspiran a cargos y puestos de gobierno en las actuales circunstancias deben ser conscientes de donde se meten. No hay derecho a que las comunicaciones en Extremadura sigan siendo las que son, aunque llevemos más de veinte años poniendo parches... o precisamente por eso. Y sí, es escandalosa la situación de unos ferrocarriles a cuya renovación no se les ve final; y determinadas carreteras de cuya transformación ya se hablaba hace medio siglo... y se sigue hablando. Estoy convencido de que somos miles los extremeños expectantes ante lo que serán las nuevas Cortes, pero también el nuevo Parlamento de Extremadura y los próximos plenos municipales de esos 388 municipios extremeños, mayormente los que se están quedando despoblados sin que nadie mueva un dedo. ¿Alguien cree que esta vez sí habrá sorpresas en Extremadura... y hasta un final feliz?