Bípedos en el desierto

Juan Domingo Fernández
JUAN DOMINGO FERNÁNDEZCáceres

UN estudio publicado en la revista 'Journal of Geology' por investigadores de la Universidad de Kansas baraja una causa singular que pudo contribuir a que nuestros antepasados homínidos bajaran de los árboles y comenzaran a caminar erguidos. Su hipótesis es que la explosión de una supernova situada a 163 años luz de la Tierra causó, hace 2,6 millones de años, violentos incendios forestales que obligaron a los ancestros a abandonar los bosques y adaptarse a la sabana, donde las llanuras de pastizales les forzaban a caminar erguidos para observar mejor a los depredadores, tener las manos libres con las que lanzar piedras, hacer fuego o manejar la jabalina.

Reconozco que más que la tesis en sí -seguramente por mi condición de lego en la materia- a mí lo que de verdad me admira son los vericuetos científicos buscados por los investigadores para alcanzar sus conclusiones: la existencia de hierro radiactivo en el fondo de los océanos y en la Luna, producto de esos fenómenos cósmicos que ocasionaron durante millones de años incendios forestales en todo el mundo y un aumento colosal de las tormentas eléctricas.

La otra hipótesis que me preocupa es si un 'evento cósmico' similar podría producirse de nuevo. Pero el autor principal del estudio, Adrian Melott, nos tranquiliza y la descarta, pues la estrella más cercana capaz de explotar como una supernova dentro de un millón de años (¿hay alguien ahí?) se encuentra a 652 años luz de la Tierra y para acabar con el planeta debería situarse a 40 o 50 años luz. A la vuelta de la esquina.

En esta antesala de cambio climático, lo que de verdad resulta inquietante son los incendios que devoran nuestros bosques

Las perspectivas, sin embargo, no son del todo tranquilizadoras. El propio Melott lo apunta en 'Abc': «Preocúpense por los eventos de protones solares. Ese es el peligro para nosotros con nuestra tecnología: una llamarada solar que haga caer la energía eléctrica. Imagínense meses sin electricidad».

Meses sin electricidad nos remite a un futuro pavoroso, tan terrible como el invierno nuclear del preapocalipsis. ¿Se imaginan las ciudades sin transportes? ¿Sin posibilidad de suministrar agua y alimentos? ¿Sin electricidad para cocinar, cargar el móvil o conectar el ordenador? ¿Sin calefacción, aire acondicionado o ascensores en hospitales y residencias? Tal vez no constituya una posibilidad tan remota aunque, en esta antesala de cambio climático y desertificación, lo que de verdad resulta inquietante son los incendios que devoran, un día sí y otro también, nuestros bosques y nuestros campos. Capítulos de una historia que no pertenece, por desgracia, a la ciencia ficción. Fragmentos de la realidad cotidiana. Teselas de un mosaico sombrío.

Decía Chateubriand que «los bosques preceden a las civilizaciones, los desiertos las siguen». Sospecho que el inexorable viaje hacia el desierto de los bípedos actuales va en sentido contrario al de los ancestros. Y me recuerda también la famosa definición de hombre que hizo Platón: «Un bípedo implume». Definición que, según se cuenta, fue contestada por Diógenes con humor. Desplumó un gallo, lo arrojó a los pies de los discípulos del filósofo en la Academia y les dijo: «Este es el hombre de Platón». Me parece que vamos camino de ese segundo bípedo pero, además, sin cabeza.