Barberías para siempre

José Manuel Ibar «Urtain»,boxeador vasco de los pesos pesados,conecta un golpe en el rostro de Peter Weiland,durante un combate valedero para el Campeonato de Europa de los Pesos Pesados/HOY
José Manuel Ibar «Urtain»,boxeador vasco de los pesos pesados,conecta un golpe en el rostro de Peter Weiland,durante un combate valedero para el Campeonato de Europa de los Pesos Pesados / HOY
Antonio Tinoco
ANTONIO TINOCO

Los jueves abro el periódico por la página del artículo de Juan Domingo Fernández. Es una costumbre de la que no me arrepiento y que, si no la tienen, les aconsejo que la adopten. Cuando acabo de leerlo, leo a Chapu Apaolaza, que viene en la página anterior, y que también da gusto. Para mí, el HOY del jueves 'da' a Juan Domingo Fernández de la misma manera que, según dijo alguien, entre los privilegios que tiene el mar Mediterráneo es que da al balcón de Manuel Alcántara en Málaga, otro maestro articulista al que desde hace semanas vengo echando de menos en la contraportada de este periódico.

Me gusta Juan Domingo porque tiene la virtud de decir muchas más cosas que el texto que escribe. Y las dice como quien lava, es decir, como si nada. Es lo que distingue a los buenos. Su artículo del último jueves, que es por el que estoy escribiendo esto, era un homenaje a los escaparates de las librerías y a los bares, esos -decía- «perennes foros públicos». Leyéndolo me acordé (como digo, Juan Domingo siempre hace que encuentres) del primer foro público al que asistí y del que no exagero si digo que le debo algunas de la cosas más importantes que sé: la barbería del señor Manolo Perera, en Higuera de Vargas, mi pueblo. Unas veces iba a que me cortara el pelo, otras iba con mi padre a que le cortara el pelo y algunas otras más me dejaba caer con el pretexto de estar esperando a mi padre si me preguntaba qué hacía allí sentado sin haber pedido la vez. Lo que a mí me gustaba era oír a los hombres que estaban en la barbería. Oír sus conversaciones despreocupadas de adultos, oírles comentar lo que traía el periódico (este periódico, precisamente) o lo que se decía en el pueblo de esto o aquello. Los oía hablar con despreocupada brutalidad de cómo el boxeador Urtain había matado a un burro de un puñetazo. O cómo la Guardia Civil buscaba a El Lute, pero nadie lo sabía porque lo había oído en una radio que alguien había traído de Alemania y que decía cosas que no decían la mayoría de los aparatos de radio que había en el pueblo (fue verdad: a los pocos días, un helicóptero se posó a las afueras de Higuera y dijeron que estaba buscando a El Lute. Los maestros nos dieron permiso para salir de la escuela y verlo y cuando llegamos estaba ya levantando el vuelo, pero alcanzamos a ver cómo tiró a un guardia civil con la fuerza del aire de las aspas. Nos reímos y un hombre me dio un pescozón tan fuerte que me hizo un chichote).

Yo no entendía muchas cosas de las que hablaban en la barbería. No entendía por qué todos decían que era mentira que el hombre fuera a llegar a la Luna cuando en mi casa éramos tan devotos de la aventura del Apolo XI, la cual puntualmente nos iban contando las crónicas del HOY. Pero otras cosas sí entendía. Y otras más empecé a entenderlas porque los hombres de la barbería me las fueron enseñando, sin saberlo, sin reparar en aquel niño que los oía con el espíritu de estar ante la oportunidad de conocer lo desconocido. La barbería del señor Manolo Perera era el espacio más cercano a la aventura que había en mi pueblo, la aventura de la vida de los mayores. Un foro público inolvidable que estará en mi corazón para siempre.