Badajoz es un país

Estribaciones pacenses de Sierra Morena, en la zona de Montemolín y Monesterio. :: E. R./
Estribaciones pacenses de Sierra Morena, en la zona de Montemolín y Monesterio. :: E. R.

La provincia más grande de España encierra una belleza inesperada

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

La provincia de Badajoz es un país. No hablo de nacionalismos ni de hechos diferenciales. Hablo de geografía, de impresiones, de fascinación, de inmensidad. No es una cuestión de extensión, comparable a la de Holanda, Suiza o Bélgica. Es una cuestión de sensaciones abrumadoras. Llevo años recorriendo la provincia de Badajoz y cada vez que viajo por ella descubro nuevos pueblos y paisajes asombrosos.

Dicen que Cáceres es la gran desconocida, pero no es del todo cierto. Cáceres suena mucho, tiene zonas muy conocidas como Las Hurdes, La Vera y el Valle del Jerte, pueblos como Hervás, monasterios como Guadalupe o las tres ciudades monumentales (la capital, Plasencia y Trujillo).

Lo de Badajoz es distinto. Esta provincia, tan grande y variada como un país, sí que es desconocida. Y eso supone una gran ventaja porque al turismo solo le queda crecer. Las posibilidades de Badajoz son extraordinarias, pero no creo haber conocido ningún otro lugar donde los nativos se asombren cuando les dices que viven en un espacio único y maravilloso. Los pacenses no se lo creen. Son ellos mismos quienes sospechan que estás adulándolos por algún interés cuando ensalzas la belleza de su provincia.

Pero no, les aseguro que un viajero puede dedicar todos los fines de semana del año a recorrer la provincia de Badajoz y no será suficiente. Si empieza por el noroeste de la provincia, Alburquerque, La Codosera y San Vicente de Alcántara le ocuparán un fin de semana. Castillos, iglesias, esculturas, ermitas y santuarios, aldeas fronterizas únicas en España, piscinas fluviales, valles feraces donde se dan pimientos de cuatro caras, gastronomía rayana...

Trazamos una diagonal y nos vamos a la esquina suroeste. Ha sido ahí donde tuve la poderosa sensación de que Badajoz es un país. Fue en la mina de La Jayona, esperando a que llegara mi turno para visitarla, cuando la visión abrumadora de las estribaciones extremeñas de Sierra Morena me noquearon. Fue un chute de estética paisajística, una inyección de asombro que me llevó a recordar los viajes por la Siberia, la comarca española más alejada de su capital de provincia, la perla sustancial de lo que ha dado en llamarse La España Vacía, inspiración de escritores nuevos, plenitud de bosques, desmesura de agua, fauna, flora y gente...

Salto de mirador en mirador, del castillo de Puebla de Alcocer a la alcazaba de Reina, del casco monumental de Magacela al barrio alto de Burguillos, de la fortaleza de Montemolín al castillo de Feria... En Feria nos detenemos para que nos asombren las sierras del oeste y la belleza no apreciada de los campos de Tierra de Barros: hileras de viñedo, hileras de olivos, geometría romana, árabe y cristiana. Al fondo, Hornachos y su sierra. Al sureste, Zafra, resumen perfecto de gran ciudad a escala humana, manejable, abarcable, paseable... Y tras los montes, Jerez, las torres y la historia...

Desesperación: sentimiento que me embarga cuando constato, y lo constato demasiado, que los cacereños no conocen la provincia de Badajoz y que, además, si se lo propones, te miran como si estuvieras pirado. Carteles en las multitiendas cacereñas anunciando excursiones a los pueblos blancos de Cádiz, a los pueblos de la Peña de Francia, a la sierra de Aracena. Y todo eso está muy bien, pero llama la atención que no haya viajes organizados a Olivenza, Cheles, Alconchel y Villanueva del Fresno; que no salgan autocares hacia Calzadilla de los Barros, Fuente de Cantos, Monesterio, Tentudía y Calera de León... O hacia Zalamea y Quintana... O a Fregenal, Segura y Fuentes de León... Badajoz es un país imprescindible, pero casi nadie lo sabe.

 

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