Mi aventura en tren

El viaje era una auténtica tomadura de pelo al sentido común. No tiene sentido que para cubrir el servicio hasta Badajoz se pusiera un tren de cercanías que, tras rendir su servicio a los pueblos de Madrid y Toledo, se alejaba más de cinco horas hacia destinos extremeños. Nunca debió aceptarse esta opción

RAFAEL RUBIOperiodista

Quiso el destino que sólo unas semanas antes de que mi hermana cumpliera el medio siglo me robaran el coche. Es verdad que me dieron un vehículo de sustitución durante tres meses, pero yo preferí interpretar que aquella circunstancia era sólo una oportunidad para afrontar la fantástica experiencia de un viaje en tren de Madrid a Badajoz. Y en la estación de cercanías de Atocha estábamos, mi mujer y yo, un viernes de hace poco más de un año a las ocho de la mañana, dispuestos a vivir lo que Renfe y la suerte nos deparara.

El tren salió con casi cinco minutos de retraso y en seguida se detuvo en San Cristóbal de los Ángeles. El trayecto no había llegado a los diez minutos, pero paramos cinco y no arrancamos hasta que pasó un tren en dirección contraria. La marcha apenas duró cinco minutos y, en medio de ninguna parte, volvió a parar otros cinco minutos. Llevábamos veinte minutos de trayecto, pero sólo diez de recorrido efectivo. Eran ya las 8.31 y volvió a ponerse en marcha para detenerse cinco minutos después en Leganés. Este sería el ritmo durante las primeras dos horas de trayecto, tras pasar por diversos pueblos de Madrid y Toledo. Para llegar a Illescas el tren batió su propio récord y realizó un trayecto de doce minutos sin detenerse. Pero, la parada fue anormalmente larga porque había un problema: el revisor pidió al maquinista que no arrancara y esperara un poco más. Había bajado en aquella estación un solo pasajero y, según sus cuentas, deberían haberlo hecho cinco. Tras un intercambio de opiniones, el tren volvió a ponerse en marcha, una vez que el revisor reconoció que se había equivocado al creer que el tren había parado en Torrijos, en lugar de Illescas. Confusiones propias de la velocidad con la que viajábamos.

Accedimos poco después a una zona donde la vía corría en paralelo con la A-5 y en ese momento se apreciaba el verdadero poderío del convoy, superado por todos los automóviles que transitaban por la autopista. Por fortuna, el tren abandonó la A-5 y transitó por parajes más solitarios, donde nadie podía competir con su velocidad.

A esas alturas, pretendí conectarme por internet, pero no era posible. La cobertura se esfumó al abandonar la comunidad de Madrid y empecé a ser consciente de que atravesábamos unas de las tres zonas más deshabitadas de la Unión Europea. No había internet, pero cada día había menos escuelas, menos consultorios médicos, menos fuerzas de seguridad… El tren ya no paraba cada diez minutos, simplemente porque no había estaciones, pero mantenía su ritmo cansino. Así, hasta Badajoz, tras hacer una extraña parada en Mérida. Exhaustos, pero satisfechos con la experiencia, llegamos a nuestro destino con la sola preocupación de que, dos días después, deberíamos repetir el viaje. Y ya la novedad no era ningún aliciente.

Mi conclusión fue que el viaje era una auténtica tomadura de pelo al sentido común. No tiene sentido que para cubrir el servicio hasta Badajoz se pusiera un tren de cercanías que, tras rendir su servicio a los pueblos de Madrid y Toledo, se alejaba más de cinco horas hacia destinos extremeños. Nunca debió aceptarse, por dignidad, esta opción por mucho que nos ofrecieran como alternativa la pronta puesta en marcha del AVE.

Lo de menos son ahora las averías, por muy grave que fuera dejar casi 200 personas tiradas en medio del campo durante más de tres horas. Lo peor de todo es esa indignidad a la que hemos estado sometidos años y años, aceptando que mientras un tren desde Madrid acerca a los aragoneses, catalanes y andaluces a una velocidad media superior a los 200 kilómetros, a los extremeños nos lleva a menos de 80 kilómetros. Sólo hay una cosa peor: el estoicismo y la ausencia de reacción con la que en Extremadura hemos aceptado estas situaciones. Probablemente porque hemos carecido de un liderazgo que rechazara la falta de comodidad, de bienes materiales y de fortuna, en la que se basa el estoicismo, como algo propio de nuestro tiempo cuando es la causa principal de nuestro creciente distanciamiento respecto a las comunidades más desarrolladas.

En septiembre de 1972, un grupo de jóvenes pacenses iniciamos una marcha desde Guadalupe a Madrid para solicitar la creación de una universidad en Extremadura. Estábamos hartos de tener que ir a estudiar a Sevilla, Salamanca o Madrid, con el consiguiente gasto para nuestras familias, si queríamos estudiar alguna carrera. Al tercer día nos convencieron de que suspendiéramos la marcha ante el compromiso del Ministerio de Educación de aprobar tal universidad, lo que se produjo ocho meses después. Nos lo comunicaron a través de un teniente de la Guardia Civil que, con otros agentes, se ocuparon de que llegáramos a Miajadas para volver al día siguiente a Badajoz. Cuando regresamos a nuestras casas, nos encontramos con unas declaraciones del Gobernador Civil el día anterior en el periódico en las que afirmaba que habíamos sido manipulados por el Partido Comunista para llevar a cabo aquella marcha. Naturalmente ninguno de los que iniciamos la marcha teníamos ni tuvimos nunca relación con el Partido Comunista. Pero daba igual ante tamaña osadía de protestar fuera de los cauces orgánicos de aquella época. ¡Que bien nos enseñaron!

 

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