Atardecer en Valdecañas

Rabia, desolación y hasta incredulidad es lo que he sentido al conocer esta maravilla

ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO

EL agua se espejea de tarde. Silencio. Paz. Placidez. La noche se adivina «tras os montes» y pierdo la mirada en la superficie del lago casi dormido antes de ponerme a escribir tras sosegar el ánimo en este anochecer mágico. Isla de Valdecañas. Extremadura. España. Hace dos semanas les prometí solemnemente venir a estos parajes y contarles. Y aquí estoy cuando la tarde acaba y el sentimiento de frustración se aplaca. Porque exactamente eso y rabia y desolación y hasta incredulidad es lo que he sentido al conocer esta maravilla y recordar que hay quienes se empeñan hasta límites paranoicos en derribar todo lo construido en el nombre de no sé qué valores, de no sé qué desafueros y de no sé qué sentimientos de odio a la humanidad, a la hoy llamada «antropización», como si la vida del ser humano sobre la tierra fuera un delito en sí. Ya sé que me lloverán los pescozones de los falsos profetas del ecologismo que de subvención en subvención siguen empeñados en convertir Extremadura en una reserva india; pero sin indios. Los mismos que, al mismo tiempo, se echan las manos a la cabeza de que los pueblos de Extremadura se vayan despoblando inexorablemente. Afirma el cacareado informe de Doñana –perito a propuesta «de parte»– que no ha encontrado ningún testimonio escrito de cómo estaban estos terrenos antes de la declaración como 'zona Zepa'. Ignoro pues en qué se basarían los 'súperverdes' para instar tal declaración salvo que la incluyeran en alguno de los círculos de miseria que acostumbraban a delimitar sobre el mapa a golpe de compás, sin más consideración. Y he de dejar constancia de que, aunque en mi anterior columna culpaba a la Junta de Extremadura de la abusiva declaración de zonas protegidas, me informa alguien cuya palabra para mí es de absoluta garantía que, gracias precisamente a la Junta, únicamente un 25% del territorio extremeño está incluido en tales zonas porque los tontainas nacionales y europeos del ecologismo rampante pretendían incluir nada menos que un 70%. Para que conste.

Les cuento. No recuerdo ninguna urbanización en España mejor integrada en el entorno y realizada con más respeto al mismo que esta, por su colorido, su diseño, su cuidada integración en el bosque autóctono y, en definitiva, su sumisión al ecosistema, con la única excepción de los edificios que por atropello judicial o ecológico o el que fuere han quedado como muestras desdentadas de lo que pudo ser y no fue. Ninguna. Y por si las moscas aclaro que ni conozco a los promotores, ni a los propietarios cuyos apellidos al parecer tanto rechinan, ni tengo el menor interés personal en ella. Pero tras conocerla tengo la certeza de que si los extremeños consentimos que sea demolida y convertida de nuevo en muladar –como fue antes según testimonio de los paisanos del lugar a quienes nadie de Doñana debió preguntar– habremos dado un paso de gigante para convertirnos en recuerdo abandonado en un rincón, paz de polvo y muerte. Los inversores huirán de nosotros como de la peste y parajes tan sugerentes como las riberas de Alqueva y otros bostezarán como tierra de langostos y escarabajos cornicabras. Y que los políticos, los magistrados y los conspicuos sostenibles sigan estudiando cómo atajar la despoblación.

La noche se ha dormido en el agua. Paz a los muertos. Amén.