El arzobispo de Lepanto

AGAPITO GÓMEZ VILLA

Es lo que tiene codearse con los genios, que aprende uno cosas que solamente ellos saben. El gran Cela, un suponer, portentosa mollera, supremo escritor: «El nuncio en Madrid es, por razón del cargo, arzobispo de Lepanto». Toma ya. Lo cuenta a propósito de unos versos que le escribiese una prima monja y poetisa a monseñor Tedeschini (un pájaro), nuncio de su Santidad, Pío XI, a la sazón: «Es en sus virtudes, rico/ siendo de Luzbel espanto,/ Tedeschini, Federico,/ arzobispo de Lepanto». Por cierto, su nombre puede leerse en el pedestal de la imagen del Santísimo, santuario de la Montaña, Cáceres, a cuya entronización asistió, 1926, junto al de su íntimo enemigo, don Pedro Segura Sáez, obispo de Coria por entonces, díscolo prelado que pocos años después sería expulsado de España por la República: «Aclaremos, Santidad. A mí no me ha expulsado la República: a mí me han expulsado el nuncio Tedeschini y el cardenal Herrera Oria» (a lo que se ve, don Pedro era un hombre de armas tomar: aunque a la postre no se consumase, también sería expulsado de España por Franco: menudo pollo le montó en Sevilla). A lo que íbamos.

Contra el arzobispo de Lepanto, nada menos («La más grande ocasión que vieran los siglos», dijera Cervantes de aquella memorable batalla), se ha revuelto la vicepresidenta del gobierno, luminaria de Occidente, gloria y orgullo de la universidad española, doña Carmen Calvo, en respuesta a unas declaraciones de monseñor Fratini, que así se llama el nuncio (saliente), a tenor del empeño del gobierno de remover los restos del dictador: «Han resucitado a Franco». Presiento que, a pesar de su gran sapiencia, doña Carmen no ha leído a Cela, y por ende, no sabe con quién se está jugando los garbanzos. Es más, pareciera que ni conoce el famoso pasaje del Quijote: «Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho» (en realidad, ¡«el manco de Lepanto»! escribió: «Con la iglesia hemos dado, Sancho», pero el uso popular ha consagrado lo otro). En resumen: os vais a enterar de lo que vale un peine, ha venido a responder doña Carmen Calvo a las certeras palabras del nuncio (donde dice peine, léase impuestos a la Iglesia).

Sea como fuere, somos muchos los que pensamos, yo a la cabeza, que este gobierno, siguiendo la estela marcada por el tío más infame que ha dado la política española, Zapatero, ¡el resucitador de la guerra entre españoles!, les iba diciendo que somos muchos los que estamos de acuerdo con monseñor Fratini: Franco estaba muerto y bien muerto, pronto cuarenta y cuatro años, y este gobierno lo ha devuelto «a la vida de los españoles», pero con una odiosa intención espúrea: so capa de honrar a los muertos enterrados en las cunetas, culpar a la derecha actual de los pecados de la derecha que hace ochenta años ganó aquella malhadada contienda fratricida en la que, en ambos bandos, insisto, en ambos bandos, se asesinó alevosamente a miles de inocentes. ¿Que no? Total, que si el faro cultural de Occidente, se ha revuelto con iracunda diplomacia contra el nuncio y la poderosa institución a la que pertenece (lo del peine y eso), a mí, que me quedé con las ganas de ser monaguillo (me falló mi abuela Juliana), ni imaginarme quiero la que me puede caer.