Arrepentidos los quiere Dios

La decisión de una abadía francesa de acoger a Jean Claude Romand, que ha cumplido 26 años de cárcel por asesinar a su mujer, a sus hijas y a sus padres, reabre el debate de la reinserción

Arrepentidos los quiere Dios
:: SR. GARCÍA
PEDRO ONTOSO

El 9 de enero de 1993 Jean Claude Romand, en apariencia un esposo atento y un padre ejemplar, cogió un rodillo de amasar y mató a su mujer, Florence, de un certero golpe en la cabeza. Luego desayunó con sus hijos, Antoine (de cinco años) y Caroline (de siete años), y acto seguido les mató con disparos de rifle. A mediodía, se presentó en la vivienda de sus padres y, tras comer con ellos, los asesinó de varios balazos. Fue una secuencia terrible. ¿Por qué lo hizo? Estaba a punto de desmoronarse su doble vida. Durante casi 20 años fingió ser un médico cualificado de la Organización Mundial de la Salud sin que nadie se percatara del engaño. Se pasaba los días deambulando por carreteras, parques y bosques. Y su estatus lo financiaba con estafas que hacía a vecinos y amigos. Cuando estaba a punto de descubrirse la farsa, asesinó a su familia, tomó barbitúricos e incendió su casa. Pero él no murió. En 1996 fue condenado a cadena perpetua. Acaba de salir en libertad condicional y ha sido recogido por los monjes benedictinos de la abadía francesa de Fontgombault. La decisión ha dividido a la opinión pública y ha reabierto el debate de la reinserción de los criminales de este calibre.

Los franceses han rebuscado en las estanterías de sus bibliotecas la novela 'L'Adversaire' ('El adversario', publicada en España por Anagrama), escrita en el año 2000 por Emmanuel Carrére, basada en la vida de este falso médico y en su biografía ficticia. Le costó siete años decidirse a escribirla. «Fue una experiencia terrible que no repetiría. La muerte palpita por todas partes», declaró en una ocasión el novelista, que bautizó al protagonista como 'el satán de la Biblia'. Romand fue encerrado en la prisión de Saint-Maur, en Chateauroux, y entre sus barrotes sufrió una conversión religiosa. «La plegaria ocupa un lugar esencial en mi vida», aseguró al escritor en un encuentro, tras vivir «acontecimientos de naturaleza mística» en una celda rodeado de imágenes religiosas.

El tribunal de evaluación ha considerado que Romand está capacitado para vivir en sociedad, aunque sometido a control. De hecho lleva una pulsera electrónica. No es un diagnóstico compartido. Ha sido puesto en libertad porque la abadía de Fontgombault le ha acogido en sus celdas. «Lo hemos hecho en nombre del Evangelio y de la misericordia», ha justificado el abad, Jean Pateau, al diario 'La Croix'. El monasterio benedictino forma parte de la congregación de Solesmes, la misma a la que pertenece la abadía del Valle de los Caídos, que ahora se opone a la exhumación de los restos de Franco. Es una comunidad muy tradicionalista que sigue el rito de Roma, una liturgia anterior al Concilio Vaticano II. Romand cuidará la huerta y el jardín de los monjes, mientras templa su espíritu con los balsámicos cantos gregorianos del recinto, ajeno a la polémica extramuros.

La acogida y atención a presos con largos historiales de criminalidad es una tradición de la Iglesia francesa, que no se deja influir por los expedientes carcelarios. Fontgombault fue uno de los establecimientos eclesiásticos en los que se refugió en los años setenta Paul Tounier, un antiguo colaboracionista filonazi en la Francia ocupada, que fue jefe de la milicia de Lyon, una fuerza policial del régimen de Vichy que persiguió a judíos y a miembros de la Resistencia. Tounier esquivó a la justicia durante casi 40 años de clandestinidad y fuga, gracias al cobijo que le brindó una red de abadías, monasterios y parroquias. Hasta que fue detenido y condenado por crímenes contra la humanidad. ¿Caridad cristiana? ¿Respuesta a una petición de asilo? ¿Connivencias ideológicas? Son preguntas que se hacen los autores del libro 'Paul Touvier et L'Èglise', que recoge aquellos episodios.

Esa tradición de acogida también pasa factura a la Iglesia. A mediados de los años noventa tuvo mucho eco mediático el 'caso Marc Dutroux', un pederasta belga, condenado por secuestrar y abusar de varias niñas, a las que torturó y dejó morir de hambre en un sótano de su casa. Su mujer, Michelle Martin, estaba al corriente de las actividades criminales de su marido. Martin, que también se refugió en la religión, fue condenada en 2004 a 30 años de reclusión, de los que cumplió ocho. Al salir en libertad condicional, ya anciana, fue acogida en el convento de las clarisas de Malonne, cerca de Namur. Su llegada fue tumultuosa, entre gritos que pedían la pena de muerte para ella. Las monjas siguieron su camino y el pueblo nunca se lo perdonó. Las religiosas, después de un siglo en Malonne, abandonaron en 2016 el convento y Michelle Martin fue acogida por un juez del Tribunal de Primera Instancia, ya jubilado.

Tanto entonces como ahora, la Iglesia ha defendido el derecho de todas las personas a reconstruir su vida y a reintegrarse en la sociedad, una vez que han cumplido sus penas y cuentan con el aval de la justicia. Por mucho que se trate de reinserciones muy complejas y delicadas, ¿cómo estamos seguros de su resocialización? ¿Qué hacemos con esas personas? ¿Les encerramos de por vida? El debate sobre la prisión permanente revisable volverá a la agenda de España en la próxima legislatura. Ante crímenes odiosos y detestables, que generan una repulsa social y mucho ruido político, es muy delicado promover una justicia conciliadora. La Iglesia lo hace porque cree en la transformación de las personas. Ese es el espíritu de su pastoral penitenciaria. Si defendiera lo contrario, no tendría sentido su presencia en las cárceles.