De aquellos polvos

De aquellos polvos
ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO

De los periódicos: «Tres millones de españoles no tendrán acceso al dinero efectivo en sólo cinco años». «Los ayuntamientos de la España vaciada ya pagan para tener cajeros automáticos». Es la nueva discriminación, quizá el definitivo empujón para que miles de pueblos queden al margen del camino, abandonados en la cuneta como cadáveres a medio sepultar. Es la exclusión financiera, la marginación del sistema, la asfixia -también- de liquidez, porque para las grandes corporaciones bancarias no son clientes rentables. No son nadie. No existen. Nuestros pueblos agonizan, se nos mueren sin ni siquiera pedir lo que en justicia les correspondería, porque están acostumbrados a la marginalidad y al «no ser nada» como forma de vida. Ahora, cuando se barruntan elecciones -España últimamente siempre hiede a elecciones- comienzan los políticos a buscar el disputado voto del señor Cayo y ponen cara de preocupación hablando de «la España vaciada», nuevo concepto periodístico, aséptico y amorfo que trata la marginación como si fuera un fenómeno fatalmente caído del cielo sin que nadie sepa cómo ha sido, como la primavera de Antonio Machado.

Pero hubo un tiempo en este país en el que unas instituciones -hoy vituperadas y perseguidas como las brujas de Salem- llegaban a casi todos los rincones de la geografía mediante la capilaridad de su red de oficinas -probablemente su mejor obra social- y que, pese a estar sometidas a la disciplina de la rentabilidad, supieron suplir su falta en las pequeñas oficinas con la conseguida en otros segmentos de negocio. Daban prioridad al servicio frente a la rentabilidad pura y dura. Se llamaban ¡ay! 'cajas de ahorros' y murieron, borrachas de éxito. Es malo emborracharse, porque se ve doble y el trompazo es seguro. Y sucedió que cuando la crisis puso al descubierto las carencias de algunas cajas, o su mala gestión (y no es justo echarle la culpa en exclusiva a los políticos) la banca vio la oportunidad largamente acariciada de alzarse con el santo y la limosna. Lo que jamás pudo soñar es la colaboración incondicional que encontraría en un gobierno diz que socialista y en un gobernador del Banco de España absolutamente obcecado en servir en bandeja a la banca el botín de las cajas. El Botín, claro. Se pudo sanear el sector, como en su día se hizo con el bancario, pero el circunflejo y sus sumisos cachorrillos prefirieron liquidarlo, arrasar el campo como castigo a su increíble osadía de haberse hecho con más del cincuenta por ciento del sistema financiero a costa nada menos que de los botines varios de la gran banca. Alguien decidió que en España las cajas no eran posibles; en Alemania sí, pero los teutones, ya se sabe. Y de aquellos polvos viene estos lodos. Y hoy los pueblos se nos mueren, también por la exclusión financiera, que no está la banca para ruidos ni para perder el tiempo en cagarruteros.

No sé, quizá me esté dejando llevar de la nostalgia de cuando quienes trabajábamos en las cajas de ahorros nos sentíamos orgullosos porque veíamos reflejado nuestro trabajo en infinitas obras sociales y culturales en los rincones más apartados -«vaciados»- de nuestra geografía. Y quizá me sirva de excusa que escribo estas líneas casi al pie de la torre de San Xulián de Bastavales, mirando aquellas campanas que cantara Rosalía «cuando vos oyo tocar, mórrome de soiedades» y que Amancio Prada supo poner música emocionada. Las nubes cubren el valle de la Mahía; la saudade es contagiosa. Ahora subiré hasta la casa de José Antonio Marcos, el antiguo director general de nuestra Caja de Ahorros (de Badajoz) que, pese a pasar por difíciles circunstancias familiares, nos abre cada año sus puertas mirando al valle para que al menos los afectos se mantengan vivos. Y hablaremos, y zarandearemos la nostalgia porque la vida sigue, y hasta brindaremos porque tenemos un esplendoroso futuro, pero a nuestras espaldas. Y soñaremos en que, quizá, algún día, alguien, reinventará las cajas.