30 años de Erasmus en la UEx

Sólo había ilusión y fe en que una experiencia así democratizabala educación y mejoraba a las personas. Todos esos profesoresson la esencia de Erasmus, la razón de que estemos hoy aquí

INÉS Mª GALLARDO CABALLERO

SE cumplen los 30 años del programa Erasmus, que tantas vidas ha cambiado. Testimonios y celebraciones ‘urbi et orbi’ ilustran las bondades de un programa que ahora brilla con luz propia, convertido en el pilar de la internacionalización, ese motor que parece ser capaz de transformar una universidad de escaso lustre en una Institución de Educación Superior moderna y referencial. No hay discurso universitario que no lo suscriba. Lo internacional está de moda.

Pero no siempre fue así. Hace algunos días se cumplían 25 años desde que unos 50 o 60 alumnos de la UEx –difícil de determinar; las cifras no importaban tanto entonces– entre los cuales me encontraba, aterrizáramos por toda la geografía de aquella Europa de los 12, con nuestras maletas sin ruedas, nuestras pesetas insignificantes al cambio y toda la energía y la ilusión que otorgan los 20 años, pero sobre todo, los obstáculos salvados hasta llegar allí. No era sencillo. Mucho se ha escrito también sobre las vicisitudes de aquellos comienzos, pero creo que nada mejor para ilustrarlo que recordar que apenas había ordenadores e Internet era, literalmente, ciencia ficción; no existía el euro, ni apenas servicios de relaciones internacionales que nos orientaran en el proceso; no obstante, el mayor obstáculo era, sin duda, vencer la resistencia de gran parte del profesorado y la indiferencia de los equipos de gobierno universitarios sobre los beneficios de aquella experiencia. Tanta era la desconfianza que la mayoría de nosotros, al regreso, debía realizar exámenes o con suerte, trabajos de diversa índole para demostrar las destrezas adquiridas en una universidad extranjera.

Pese a todo, después de 25 años siendo testigo de excepción de este movimiento, no he conocido a nadie que lamente haber participado en Erasmus. Para mí resultó evidente. Si estudiar en el extranjero había cambiado mi perspectiva, era casi seguro que podía obrar el mismo efecto en los demás; yo quería ser parte de eso y no dudé en aceptar una beca en Relaciones Internacionales de la UEx que me desviaba del camino que en aquella época era natural para una filóloga: lectorado, opositar a secundaria… la tesis quizá…

Estábamos casi a mitad de los 90 y los Recursos Humanos (‘Staff’ como gusta llamarlo ahora) del Secretariado de Relaciones Internacionales en la UEx lo componían la directora, normalmente mujer y profesora de la rama de Humanidades (los idiomas eran aún territorio Letras) y una becaria, la que suscribe. En Badajoz se creó una Subdirección igualmente exigua, por aquello del equilibrio entre Campus.

Las infraestructuras en Cáceres se componían de dos despachos pequeños en el segundo piso del hermoso Palacio de la Generala, equipados con un ordenador McIntosh (pieza de colección por la que ahora se pagan pequeñas fortunas) y un teléfono de rueda, mucho más acorde con mis aptitudes tecnológicas en aquel momento. Cómo olvidar el moderno fax que nos instalaron y los sobresaltos que nos producía que el carísimo rollo de papel térmico se agotara sin avisar en mitad de una comunicación importante. Era un cacharro infame en realidad.

En plazos incompatibles con la lentitud del correo postal, pasábamos jornadas interminables y hasta noches en vela afianzando las relaciones de la UEx con Bruselas, lejana e inaccesible, mientras distribuíamos entre los alumnos Erasmus los Ecus recibidos de la recién estrenada Unión Europea. Nos ayudábamos, a la sazón, de una calculadora de rollo de papel que nos permitía puntear las cifras y vigilar los errores. Es sorprendente cómo la ilusión y la perseverancia pueden suplir tantas carencias.

En los últimos tiempos Erasmus ha adquirido una relevancia que entonces no alcanzábamos ni a soñar. Premio Príncipe de Asturias, reconocimiento de la Academia Europea de Yuste. Todo ha servido para dar entidad y relevancia al programa, pero insisto, no siempre fue así. Cuando Erasmus no era estrategia universitaria, cuando no era tendencia, sino casi un acto de fe, muchas fueron las personas en esta Universidad que apostaron de forma decidida por el proyecto. Entre todas, quiero recordar muy especialmente a Concepción Hermosilla Álvarez. Concha, como la llamamos sus amigos, asumió la Dirección de Relaciones Internacionales a comienzos de 1994. Comenzamos juntas a dar forma a todo esto. Nadie como ella supo ver la importancia de las Relaciones Internacionales para la Universidad y para los alumnos, la necesidad de salir fuera, quitarse prejuicios, aprender de otros, dejar de mirarse uno mismo para mirar al mundo sin complejos. Puso a disposición de esta Universidad su ‘savoir faire’ (como ella misma diría), sus contactos personales y hasta su tarjeta visa. Jamás escatimó esfuerzos de ningún tipo y su sola presencia, el glamour que desprendían sus tacones, al margen de sus capacidades, eran capaces de convertir en creyente al más escéptico. De ella aprendí el valor del detalle, el poder de las palabras, la importancia de la buena redacción y del trabajo bien hecho.

Creo que nunca se ha puesto en valor la labor de Concepción Hermosilla, ni la de tantos otros profesores que tan generosamente contribuyeron a que Erasmus fuera posible: alojando alumnos en sus casas, dedicándoles tiempo y energía que restaron a sus propias carreras y hasta a sus familias. Todo ese esfuerzo parece haberse volatilizado ante la dimensión institucional y política que el programa ha adquirido.

Quiero reivindicar aquí esa labor impagable e impagada, porque se hacía desde el corazón, sin salario ni reconocimiento alguno; una labor anónima y callada, porque entonces no había redes sociales donde publicitar pequeños logros y magnificarlos hasta la ridiculez. Sólo había ilusión y fe en que una experiencia así democratizaba la educación y mejoraba a las personas. Todos esos profesores son la esencia de Erasmus, la razón de que estemos hoy aquí. Ellos saben quiénes son, pero a falta de actos institucionales y celebraciones que les incluyan, no está de más reconocer y agradecer desde aquí su aportación. Porque, como hace no mucho me recordaba sabiamente otra profesora y amiga: «no debemos olvidar que somos lo que somos, porque fuimos lo que fuimos».