Antes que anochezca, Marlaska

Imagen de archivo de Marlaska. /
Imagen de archivo de Marlaska.
FELIPE SÁNCHEZ GAHETE

Fusilaron al padre de Buero al comienzo de la Guerra Civil, un capitán de Ingenieros que se sumó a Franco. Buero, afecto a los que habían apretado el gatillo, estaba afiliado al Partido Comunista. Triste paradoja.

Detenido al finalizar la guerra y reenviado a Madrid con la obligación de presentarse a las autoridades, pasa a la clandestinidad. Lo detienen de nuevo y es condenado a muerte. Le conmutan la pena y está en libertad condicional en 1946. Antes ha pintado en la cárcel el célebre retrato de Miguel Hernández.

De condenado a muerte pasa a ganar el Lope de Vega del Ayuntamiento de Madrid. Gente tan poco sospechosa como Alfredo Marqueríe o Cayetano Luca de Tena le defienden.

Estrena la obra premiada, 'Historia de una escalera', en octubre de 1949.

Buero opta por el posibilismo frente a otras posturas, leáse Sastre. Sin abdicar de su compromiso político, intenta saltarse la censura desplegando toda suerte de artimañas en forma de símbolos, analogías, parábolas...

En 1972, ¡con Franco vivo y mandando!, le nombran académico.

Fue uno de los autores más galardonados: en 1956 'Hoy es fiesta', el María Rolland, Nacional de teatro y Fundación March; 'Las cartas boca abajo' (1957), otra vez el Nacional; que repite, junto con el María Rolland, en 1958 con 'Un soñador para un pueblo', junto al de la Crítica de Barcelona… pero, tanto en la dictadura como en la democracia, mantuvo siempre fidelidad a sus ideas. El Cervantes, máximo galardón de las letras españolas, fue la guinda.

Su carrera literaria nos habla a los que queremos oír de cómo se puede mantener la coherencia y, también, de cómo no podía ser tan fiero el león como lo pintan si un condenado a muerte pasa a ganar premios en sólo dos años y puede desarrollar una carrera como la suya. No encuentro ejemplos similares, y los busco, en las dictaduras de izquierda. Memorias como las del médico catalán Moisés Broggi o las de Tamames, con respecto a él mismo o a su padre, prestigioso cirujano, refuerzan mi aseveración.

No sé si Marlaska aceptando ser ministro del partido que sólo lo consideraba un accidente fue posibilista o necesitaba redimirse. No es bueno que el posibilismo político obligue a tragarse sapos como los de su querida Dolores Delgado o, antes, de Gorburu, sea quien fuere o sean quienes fueren y algunos ya falten.

El posibilismo, aunque la dignidad del político tenga el tamaño inverso a sus tragaderas, no debe caer en lo grotesco. Debe estar, además, por encima de todo, sometido a la ley, amparo de peligrosos fervores de converso.

El trato de los homosexuales en las dictaduras de izquierda, sea Cuba –«Una desviación de esa naturaleza choca con el concepto que tenemos de lo que debe ser un militante comunista»– o Irán –cosi cara a Podemos–, donde se los lleva la grúa, nunca será suficiente para los sectarios que, además se permiten otorgar credenciales.

Hoy, sólo una ministra de izquierdas puede decir maricón de forma cariñosa.