«Ya no podía aguantar en Venezuela ni un día más»

«Decidí salir cuando tuve la certeza de que algo malo le podía pasar a mi familia», cuenta Félix Barbero, extremeño que acaba de retornar

Félix Alfonso (56 años), sentado en un banco de la Plaza Mayor de Plasencia, su ciudad natal. Al fondo, el abuelo Mayorga. /Andy Solé
Félix Alfonso (56 años), sentado en un banco de la Plaza Mayor de Plasencia, su ciudad natal. Al fondo, el abuelo Mayorga. / Andy Solé
Antonio J. Armero
ANTONIO J. ARMEROCáceres

Félix calcula que ha engordado casi diez kilos en tres semanas. La explicación es sencilla: come mejor y duerme más. Desde el 14 de enero, puede comprar una manzana o un rollo de papel higiénico sin hacer horas y horas de cola con los cinco sentidos en alerta porque merodean los ladrones, ni aventurarse en un mercado negro que le obliga a pagar siete euros por un kilo de arroz. Ese 14 de enero, Félix Alfonso Barbero y su mujer se subieron a un avión en Caracas y nueve horas después aterrizaron en Madrid, para empezar una vida nueva que hoy cumple su día número 26.

«Yo hace ya unos años que le dije a los míos que quiero morirme en España, en Plasencia, que me incineren y esparzan mis cenizas junto al cancho de las tres cruces (al pie de la estrecha carretera que sube al santuario de la Virgen del Puerto, la patrona de la ciudad)», cuenta el hombre (65 años). Habla con acento venezolano porque ha pasado allí casi toda su vida, aunque siempre ha tenido nacionalidad española y muestra con orgullo su DNI, el que nunca olvidó renovar y en el que pone que nació en Plasencia. A dos pasos de la Plaza Mayor, en una casa a la que propone ir en cuanto empieza el paseo por el casco histórico, después de beber sin prisa un café solo.

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Pasear tranquilo. Tomar un café a las once de la mañana. Y una caña a la una. Y a las dos, en casa, comer un filete. Su cotidianidad ahora es una sucesión de actos que hace tres semanas serían aventuras lujosas y arriesgadas para ricos y valientes.

«En La Victoria –el lugar donde vivía, a 80 kilómetros de la capital venezolana–, ya apenas salía de casa, me pasaba las horas frente al computador, hasta el amanecer». Hablando con sus hijos y leyendo, buscando alguna novedad feliz entre la actualidad informativa de su país, donde es frecuente que la sección de política nacional se mezcle con la de sucesos.

A Félix, como a tantos venezolanos, hace años que empezaron a ocurrirle cosas que acabaron por empujarle a cruzar el océano. La última etapa de su vida en el país que ahora abre los periódicos y telediarios españoles es una sucesión de sustos y disgustos. «Yo ya no podía seguir allí. Tenía que irme. No podía aguantar en Venezuela ni un día más. Me pasó lo que a tanta gente: que llega un momento en el que tienes la certeza de que te va a pasar algo malo no ya a ti, sino a tu familia, a tus hijos, que es mucho peor». Cuando ellos enferman cada poco por beber agua insalubre y apenas hay medicamentos a los que recurrir; cuando te suena el móvil y un desconocido te deja claro que tiene mucha información sobre alguno de los tuyos y te amenaza; cuando vas conduciendo y tienes que agachar la cabeza mientras aceleras para que no te alcance ninguno de los disparos de una cuadrilla de asaltadores...

«Allí apenas salía de casa, estaba hasta el amanecer frente al computador, hablando con mis hijos que ya estaban en España»

«Allí apenas salía de casa, estaba hasta el amanecer frente al computador, hablando con mis hijos que ya estaban en España» Félix Alfonso Barbero Martín | Extremeño recién llegado de Venezuela, tras 40 años allí

Hace algo más de medio año que Félix se hartó definitivamente y le compró a sus tres hijos los pasajes para volar a España, mientras él preparaba su viaje y el de su esposa. En realidad, ese punto y aparte a sus vidas estaba en su cabeza desde hacía años, pero lo fue aplazando, a la espera de que los niños terminaran sus estudios y quizás en la confianza de que entretanto se produjera un giro que al final no llegó.

«Soy pesimista respecto a Venezuela», se lamenta el hombre, que vive en Plasencia con dos de sus tres hijos, recién llegados a la treintena (el tercero, de 25, se encuentra en Madrid). «Es triste tener que abandonar el país en el que has pasado casi toda tu vida. Dejas allí a gente a la que quieres. Y muchos recuerdos. Intenté grabar en un 'pen drive' las fotos que tengo en el ordenador, pero no pude meterlas todas. Me gustaría volver, a rescatar álbumes y otras cosas que quiero tener conmigo».

«He visto a amigos perder hijos tras un secuestro, y he vivido cosas que prefiero no contar»

En el país hacia el que ahora mira medio mundo, el de Nicolás Maduro y Juan Guaidó –reconocido como presidente por 19 de los 28 países de la Unión Europea–, Barbero ha dejado un apartamento y una finca con una nave industrial (un galpón, en su rico lenguaje). Podía haberlas vendido antes de venirse a España, pero según explica, le habrían pagado por ellas un precio irrisorio. Ya el expresidente Hugo Chávez, asegura, le quitó una propiedad sin darle nada a cambio, en un conflicto, el de las expropiaciones de tierras a españoles, que durante años generó reclamaciones que no han servido para casi nada. Él conoce el asunto porque lo vivió en primera persona, pero también porque una de las ocupaciones de su vida ha sido defender los intereses de los españoles residentes en Venezuela.

Voz de los españoles

De 1991 a 2005, el extremeño fue tesorero de la Federación de Centros Españoles de Venezuela (Feceve), y presidente desde 2005 hasta el pasado mes de noviembre. «Allí hay muchos españoles, sobre todo canarios y gallegos, pero también asturianos y vascos, y hay pocos extremeños –220, según el INE–, la mayoría en el estado de Portuguesa», detalla el retornado, que dejó la ciudad placentina cuando no tenía ni tres años. «Nos montamos en un barco en Barcelona –rememora– y tras parar en Cádiz, Gran Canaria y Coração, 16 días después llegamos al puerto colombiano de Buenaventura».

En la Universidad Santo Tomás de Bogotá estudio primero Economía y luego Administración de Empresas. «Y al graduarme, en el año 1978, viajé a Venezuela a ver a mi padre, que por trabajo había emigrado allí desde Colombia, y al que hacía siete años que no veía. Mi idea era pasar unos días con él y luego irme a España a trabajar. Pero al llegar, encontré un país que me impactó. Emergente, en constante progreso, en el que había un nivel de vida altísimo. Llegué a sentirme pequeño en aquella Venezuela».

La misma tierra que ahora le ha expulsado le permitió entonces progresar laboralmente, tal como antes lo hizo su padre, que empezó como vendedor de libros para las editoriales Salvat y Santillana y acabó ayudando a sacar adelante Bahía de Buches, un complejo residencial y de ocio frecuentado por algunos de los bolsillos más desahogados del país.

«Me gustaría volver, a por álbumes y otras cosas que quiero tener conmigo»

Uno de esos contactos a los que accedió por mediación de su padre le permitió a Barbero, entonces un joven licenciado que estudiaba un máster, entrar a trabajar en la Distribuidora Venezolana de Azúcares, «una de las empresas más importantes del país», explica el protagonista, que gastó su primer sueldo en viajar a España. «Pude cumplir uno de mis sueños, que era ir a Plasencia, donde no había vuelto desde que me fui 24 años antes, en 1956».

En la Azucarera permaneció hasta 1993, cuando fue contratado por una arrocera en la que se mantuvo cinco años. Pasó en 1998 al sector de la papelería, y luego a otros. Trabajos que le permitieron alcanzar la suficiente holgura económica como para poder viajar a Extremadura al menos una vez al año. Y para llevar varias veces a sus hijos al estadio Santiago Bernabéu para ver en vivo al Real Madrid. Pero la situación del país empezó a empeorar. «Con Chávez, ya venían mal cosas, y con Maduro han ido a peor», resume Félix, que es sobrino de Marino Barbero, que fue magistrado del Tribunal Supremo y juez instructor del caso Filesa, fallecido en el año 2001 y que tiene una placa en una céntrica plaza del casco antiguo de Plasencia, frente a la casa en la que nació.

Sobornos, robos y burocracia

A un par de minutos de allí andando vive ahora de alquiler su sobrino Félix Alfonso, que al hablar de sus años como empresario en Venezuela, pinta un cuadro desesperante de sobornos, robos, impuestos y burocracia salvaje. «Llega un punto en el que no tiene ningún sentido que sigas trabajando, porque todo son trabas y no dejan de quitarte dinero», explica. «Yo he visto a amigos míos perder a sus hijos después de que les secuestraran, y he vivido situaciones que prefiero no contar», cuenta antes de interrumpir su relato para atender el teléfono móvil. Le llaman de la Junta, a la que él se ha dirigido para intentar solucionar trámites que tienen que ver con su condición de retornado. «En Extremadura, lo mismo la gente de la Junta en Mérida que la del Ayuntamiento de Plasencia, me están tratando maravillosamente. Mucho mejor que en Madrid, donde siento decirles que me he encontrado a algún trabajador público que podría haber sido más amable».

El papeleo le ocupa ahora una parte de sus días, que transcurren a un ritmo que aún tiene para él algo de extraño. «Todavía estoy un poco en shock –confiesa–. Estoy acostumbrándome a algunas sensaciones que casi había olvidado, como la de ir por la calle con tranquilidad. Echo de menos a los amigos que dejé allí, y sobre todo, estoy preocupado por ellos, pero siento que tomé una decisión acertada. Esta crisis me ha enseñado que es verdad esa frase que dice que nacemos desnudos y morimos desnudos. Es decir, que lo material no importa, que lo sustancial es la gente que te rodea». ¿Es feliz? «Claro, sí», responde.