Un agosto de cómic

Coimbra, en cuesta desde el Mondego. :: E. R./
Coimbra, en cuesta desde el Mondego. :: E. R.

Veraneando, sufrimos, sudamos y discutimos más que en casa

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Mi mujer le ha regalado a mi sobrino Miguel un cómic en el que un niño se desespera yendo de vacaciones. El chaval ve las cosas con mucho sentido común y no entiende por qué sus padres se empeñan en sufrir, y pagar por su padecimiento, yendo de viaje a lugares donde se está peor que en casa, se come peor que en casa y se discute mucho más que en casa.

Me acordé del cómic de mi sobrino el uno de agosto, cuando, tras cuatro horas de viaje, subía y bajaba escaleras y cuestas por Coimbra, exhausto, sudoroso y sediento. No hacía más que gastar dinero en botellas de agua con gas Pedras Salgadas en los bares, las pedía de dos en dos.

Recorría los museos en estado febril, viendo esculturas, custodias, tapices y cerámicas como si fueran alucinaciones sucesivas hasta llegar a un punto en que me daba lo mismo una Anunciación de Chanterenne que el criptopórtico romano más importante del mundo... Bueno, miento, el criptopórtico me gustó, pero no por razones estéticas, sino porque, al encontrarse bajo tierra y ser de piedra, se estaba fresquito.

Los turistas con los que me cruzaba tenían la misma cara de hastío y sufrían el síndrome del viajero sofocado, que consiste en que la mente se bloquea y no distingues la arquitectura de la orfebrería, te pueden los instintos primarios y solo quieres agua con gas helada Pedras Salgadas con una rodaja de limón.

Afortunadamente, a las siete tenía reserva para un concierto de fados en la rúa Quebra Costas, que, como su propio nombre indica, es peligrosa descendiendo y matadora ascendiendo. Llegué el primero al concierto, pero me coloqué el último. Resulta que me senté en la primera fila y el aire acondicionado daba directamente en mi pecho sudoroso. Para un hipocondriaco, eso significa que en un par de horas te habrás resfriado y se habrán acabado tus felices vacaciones, así que dejé el mejor sitio y me coloqué en el peor para escuchar, pero inmejorable para lo que hice: dormir a gusto un ratito mientras los fadistas entonaban melancólicas canciones, que trataban de estudiantes enamorados de 'raparigas' muy dulces que no les hacían ni caso y ellos, qué remedio, componían tristes fados en torno al desamor y la belleza de la ciudad y del Mondego, que así se llama el río de Coimbra y que, todo ello mezclado, el río, la ciudad, los mozos rechazados, las muchachas que los desprecian y las voces masculinas cantando monótonamente al ritmo de viola y guitarra componen lo que ha dado en llamarse el fado de Coimbra, que o te duerme o te da el bajón.

Yo conseguí alcanzar el estado perfecto de la siesta y salí del concierto reconfortado y con ganas de bajar al Mondego, a ver unos efectos muy bonitos que hace el agua expulsada desde el río en chorros variados, o sea, la fuente luminosa de Cáceres, pero en Coimbra y de veraneo.

Lo siguiente fue volver a ascender a lo bestia, llegar al hotel muy desmejorado y meterme en una habitación que alquilé en una aplicación tentado por comentarios que alababan el sitio por estar atendido por dos encantadoras viejecitas danesas capaces de convertir una casa angosta e incómoda en un palacete de cuento. ¡Vale Booking! Pero allí, ni había ancianitas danesas, ni casita de cuento ni encanto alguno. Solo se mantenía la angostura.

A esas alturas del viaje, estaba claro que el cómic de mi sobrino era el Evangelio. Al día siguiente, me levanté con la fresca y volví a visitar la Universidad de Coimbra, fundamentalmente su fastuosa biblioteca. Todo iba más o menos bien hasta que cientos de turistas italianos me atosigaron, la temperatura subió, las cuestas me remataron y acabé volviendo al hotel para coger el ordenador y bajarme a un bar fresquito a escribir este desahogo. Al final, mis primeras 24 horas de vacaciones tuvieron dos instantes agradables: el momento fuente luminosa y el momento contraportada del HOY. O sea, lo que tengo todos los días en Cáceres. Lo dicho, de cómic.

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