Me acuso de tararear 'Cuéntame'

Bacalaos en el restaurante del embarcadero de Olivenza, un plato típico del Viernes Santo. :: E. R./
Bacalaos en el restaurante del embarcadero de Olivenza, un plato típico del Viernes Santo. :: E. R.

No hace muchos años, cantar en Viernes Santo era considerado falta, casi pecado

J. R. ALONSO DE LA TORRE CÁCERES.

Cuando tenía diez años, cada vez que tarareaba una canción en Viernes Santo, me iba a confesar. Era desquiciante porque basta que fuera pecado para que me salieran las canciones solas. Olía en casa a potaje y a bacalao con tomate y a mi cabeza venían los acordes del 'Cuéntame' de Fórmula V, intentaba rechazar la tentación, pero al menor descuido ya estaba tarareando la melodía: «Cuéntame cómo te ha ido en ese mundo de amor».

Ese domingo, al confesarme, podía suceder que el cura me tratara con cariño, conmovido por la ternura de aquel niño que confesaba: «Padre, me acuso de haber tarareado una canción de Fórmula V este Viernes Santo». Pero también podía suceder que el sacerdote perdiera la paciencia y me conminara a dejarme de tonterías porque tararear canciones y contestar a mi tita Pía no eran pecados ni tan siquiera faltas y lo único que estaba consiguiendo era hacerle perder el tiempo.

Mi tita Pía era mi madrina. En realidad, se llamaba Elpidia y lo de Pía no era por su piadosa manera de encarar la vida, sino por abreviar. Y también por abreviar solía responderle con algún desplante cuando me hacía un encargo, ya fuera un Viernes Santo con mayúscula, ya fuera un viernes normal. Porque los viernes de Semana Santa se escribían con mayúscula por ser días sagrados en los que una neurosis agobiante convertía la jornada en un sinvivir. ¡Cómo deseaba que acabaran esos viernes para cantar sin mala conciencia, escuchar música que no fuera clásica en la radio, ver dibujos animados y poder merendar!

Porque el Viernes Santo con mayúsculas no se merendaba. Lo de no comer carne se sobrellevaba con alegría porque había un potaje riquísimo y nunca faltaba la leche frita de postre, pero eso de no poder merendar. A veces, me podía la tentación y pillaba a hurtadillas un pedazo de chocolate. Pero luego venía el arrepentimiento y aumentaba la lista de pecados a confesar: «Padre, me acuso de haber tarareado, haber respondido a mi tita Pía y haber merendado chocolate».

¿Parecen extrañas estas cosas, verdad? Pero no se rían porque se pasaba mal en aquel ambiente irrespirable de los Viernes Santo. Después estaban los oficios y los monumentos. Íbamos de iglesia en iglesia visitando los altares especialmente preparados para el día solemne y por la tarde, asistíamos a unas celebraciones litúrgicas que duraban un par de horas y que, aunque tenían algunos momentos entretenidos como el lavado de pies, acababan siendo aburridas salvo si tocaba un predicador de corte dramático y catastrófico, que te metía tanto miedo en el cuerpo que esa noche pensabas que te ibas a morir sí o sí y que del infierno no te salvaba nadie porque no te habías podido confesar y el demonio te esperaba con meliflua sonrisa y una constatación inquietante y condenatoria: «Así que tú eres el que se dedica los Viernes Santo a tararear 'Cuéntame'. Anda, pasa, que lo tienes claro».

Una vez, visitando el monumento de las cacereñas Clarisas de Arriba, un caballero trajeado y muy serio, que gastaba perilla y gafas oscuras, me observó mientras me persignaba y me preguntó con voz susurrante y gran susto por mi parte: «¿Es usted griego, verdad?». La congoja me pudo y el pánico me paralizó. Aquel señor daba verdaderamente miedo. Si hubiera que imaginarse al demonio con traje, allí estaba. «Este se ha enterado de que he cantado en Viernes Santo y viene a por mí», debí de pensar. Sin embargo, lo de ser griego no me cuadraba mucho, así que me atreví a responderle con otra pregunta.

«¿Griego. Por qué?», interrogué valiente a la encarnación de Lucifer. «Porque se persigna usted con la mano izquierda y así se santiguan solamente los cristianos ortodoxos», me aclaró tratándome de usted, algo que, con un niño de diez años, solo podía hacer el diablo, evidentemente. Pero no me arredré, le mostré la manga derecha hueca de mi jersey y le demostré que solo tenía una mano, la izquierda. Aquel caballero, demudado, se levantó y se fue. Al llegar a casa, le dije a mi madre: «Mamá, hoy he vencido al diablo». Y mi madre, orgullosa, mostró su satisfacción: «Así me gusta, hijo, que te tomes el Viernes Santo en serio».