El acoso

MATILDE MURO

QUÉ difícil es escribir de algo que interese, al margen de lo que nos rodea y acosa con fruición. ¿En qué lugar quedan los temas que nos hacen sentir vivos frente a los dimes y diretes de sus señorías en el hemiciclo?, ¿Con qué argumentos cuento yo que hay que seguir tirando del carro cuando el carro está hundido en miserias humanas?, ¿a quién importan nuestras vidas desde la atalaya de los que nos gobiernan y persiguen sin descanso para que paguemos impuestos, votemos, circulemos con orden, aceptemos las subidas de los carburantes, obedezcamos a la Unión Europea, comamos bien, caminemos determinadas horas al día, hagamos deporte con moderación o ganemos títulos mundiales a través de los cuerpos machacados de nuestros deportistas?

Tengo la impresión de que no les importamos. Que nos hemos transformado en una masa borreguil a la que manejan como si de plastilina se tratara, a fuerza de mentiras, desacuerdos, comportamientos impostados, desprecios, bofetadas sin manos, humillaciones mutuas, faltas de respeto y violencia contenida.

Ahí fuera, lejos de sus alfombras y círculos endogámicos, estamos los demás. Confiados inútilmente, ansiosos por saber qué va a ser de nuestro futuro. Qué harán los que lleguen con la educación, la ciencia, el arte, la cultura, la economía, el orden público. la muerte que no cesa entre las mujeres a manos de los hombres y los niños a manos de los padres.

Queremos saber qué va a quedar en pie de lo edificado hasta ahora como sociedad tolerante que se supo dar a sí misma una Constitución a la que respetar. Saber qué va a ocurrir con España como país que todo lo ha resistido (hasta a nosotros mismos como pueblo), y que parece que está puesto a la venta ante el mejor postor.

No me gusta nada que la vida cotidiana me la dirijan los jueces, porque alguien tiene que poner orden ante los odios entre políticos, que son capaces de cancelar certámenes de teatro clásico consolidados y prefieren la sentencia a la conversación y a tratar de arreglar las cosas de buena manera.

No me gusta que la Ley de Contratos del Estado prime el bajo precio sobre la calidad: eso nos hunde como país que puede presumir de cosas bien hechas, porque las cosas bien hechas hay que pagarlas. Que se lo pregunten a los enfermeros y enfermeras que extraen sangre con botes que no hacen el vacío y tienen que pinchar varias veces a los pacientes, que callan. Una conversación sensata en la aprobación de la norma lo habría corregido.

Pero es predicar en el desierto. No conseguiré nada. Tampoco me he desahogado porque tengo tanto en el tintero, que teñiría un pantano. No me leerán los elegidos y designados para representarnos con orden, armonía y distintas formas de mirar. No darán importancia a lo que es un clamor callejero porque estamos bajo sus órdenes y prescripciones, pero estamos inquietos, disgustados y con demasiadas cosas pendientes para resolver. El acoso dura demasiado y en el teléfono del maltrato no atienden estas demandas de sensatez, porque entre otras cosas, por su inacción, comunica siempre.