El acosador de la morcilla

El bando del alcalde de Guadalupe debería servir de ejemplo

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

El alcalde de Guadalupe se ha puesto serio y acaba de publicar uno de los bandos municipales más esperados de Extremadura. Un bando que debería servir de ejemplo para los alcaldes de Mérida y Cáceres. Un bando que reza así: «Los responsables de los establecimientos (de hostelería) y sus empleados deberán abstenerse de abordar a los potenciales clientes y les atenderán dentro del espacio autorizado, una vez que estos libremente hayan decidido sentarse en la terraza o estén dentro del local por su propia voluntad y sin ningún tipo de coacción». Es decir, en Guadalupe, queda prohibido acosar a los turistas para que se sienten en una terraza o entren en un bar so pena de una multa que puede llegar hasta los 1.500 euros.

A finales de los 90, se extendió por algunos bares de la plaza de Guadalupe una costumbre importada de las calles turísticas de la costa y de Canarias. Al llegar a la puebla, aparcabas, salías del coche y cuando te disponías a disfrutar de la visión del monasterio, tu éxtasis estético era perturbado por los relaciones públicas de algunos bares y restaurantes, que te invitaban a una tapita de morcilla y a un pitarra si comías en su local. No podías pasear y admirar en paz porque el ataque no cesaba y la competencia entre los camareros tentadores no conocía tregua.

Como la competencia en Guadalupe entre los locales de hostelería es la mayor de la región, el acoso había degenerado hasta límites inauditos. Según el anuario de Caixabank, en Guadalupe hay 70 bares para 2.000 habitantes. Es el cuarto pueblo español con más bares por habitante. 61 bares para 1.500 habitantes tiene Sallent de Gállego (Huesca), 41 para 1.000 hay en La Vall de Boí (Lleida) y 67 bares atienden a los 1.700 vecinos de Naut Arán (Lleida). Pero es que los de Guadalupe abren todos los días del año y no solo en temporada alta (verano o nieve) como los pirenaicos.

De los 330 millones de turistas que, según la Organización Mundial del Turismo, mueve la religión, alrededor de 60.000 van cada año a Guadalupe frente a los ocho millones de Fátima, los 11 millones de la Catedral de Guadalupe mejicana o los cerca de cinco millones de Santiago de Compostela. Ni en Fátima ni en Santiago he conocido ese acoso al turista, que resulta sumamente antipático y arrebata encanto y tirón a nuestra Guadalupe, un enclave turístico religioso con muchas posibilidades de crecimiento.

Según 'Itinerarios de fe', los diez mejores destinos religiosos del mundo serían, por este orden: Fátima, Santiago de Compostela, Lourdes, Vaticano, Czeestochowa (Polonia), Jerusalén, Benares (India), Sarnate (India), Guadalupe (México) y Aparecida (Brasil). Es complicado competir con estos lugares que gozan de gran tirón mediático y de una situación geográfica privilegiada con aeropuertos cercanos y buenas comunicaciones. Pero Guadalupe tiene el atractivo de sus tesoros artísticos, de su importancia histórica y de la belleza sencilla del entorno del monasterio. El bando del alcalde es una apuesta por la calidad del turismo y por el encanto de las visitas demoradas y relajadas, primera condición para disfrutar del turismo espiritual. Es imposible la paz de espíritu con un relaciones públicas acosándote con su oferta de morcillas.

El bando guadalupense debería hacerse extensivo a toda la región porque el turismo en Extremadura es cultural y de naturaleza, no de playa, juerga y chiringuito. No se puede caminar en trance hacia el Teatro Romano de Mérida si te acosan con folletos y recomendaciones culinarias de migas y gazpacho.

Y qué decir de Cáceres, donde a las presiones de los relaciones públicas de los bares de la Plaza Mayor hay que unir las de las diferentes empresas de guías turísticos. Acabas tan estresado que gastas más fuerzas en escapar de los acosadores que en disfrutar de la parte antigua. Guadalupe nos muestra un camino que ya han tomado en Madrid, Barcelona o Sevilla: no agobiar al turista y dejarlo disfrutar en paz.