Ya no aburren ni los entierros

Ceremonia de graduación de la VII promoción de la Escuela Superior de Arte Dramático. :: Armando Méndez/
Ceremonia de graduación de la VII promoción de la Escuela Superior de Arte Dramático. :: Armando Méndez

Hemos convertido las ceremonias y los actos sociales en un musical con club de la comedia

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

«¡Qué entierro más aburrido!». La señora parecía indignada, como si se sintiera estafada por haber pagado la entrada de un espectáculo y la puesta en escena la hubiera defraudado. «¡Qué entierro más aburrido!», exclamó aquella mujer en la puerta del tanatorio San Pedro de Alcántara de Cáceres y yo me preguntaba qué diablos pretendería encontrar en un funeral, que había tenido lo que tiene un entierro moderno: velatorio en el tanatorio, misa en la capilla del establecimiento y traslado al cementerio.

Me quedé extrañado y haciéndome preguntas: ¿esperaba la dama de luto que hubiéramos bailado alguna danza de despedida, echó en falta una orquesta italiana, al estilo entierro mafioso, tocando la marcha fúnebre de Chopin con su compás repetitivo y estremecedor, pretendía que en vez de un responso sacerdotal hubiera actuado un monologuista encomiando con gracia las virtudes y defectos del protagonista a su pesar del 'espectáculo'?

Ya no pueden ser aburridos ni los entierros. Cada vez que toca ceremonia, sea fúnebre, sea nupcial, sea de graduación o de inauguración, los protagonistas empiezan a darle vueltas al acto con un objetivo fundamental: que los asistentes no se aburran. Y así sucedió en el siguiente entierro al que me tocó acudir, donde, efectivamente, los responsos se convirtieron en un club de la comedia entrañable dedicado a glosar con humor y más o menos fortuna la vida del fallecido, salieron sus parientes y sus colegas, los compañeros de la oficina y del gimnasio, un representante de su club gastronómico y un pariente venido de Suiza que lo recordaba de pequeño. El funeral-show acabó con un podcast (antes se llamaba grabación) del muerto recogiendo pasajes de su discurso de jubilación y de la última cena de Nochevieja y durante la cabezada, en lugar de poner cara de tragedia, casi todos sonreíamos agradecidos porque nos habían regalado un espectáculo en lugar de un trance funesto. «¡Qué entierro más divertido!», no dijo nadie, pero pensamos mientras nos íbamos con la negra esperanza de poder asistir pronto a otro acto tan entretenido.

La vida se ha convertido en un musical: o diviertes o el público hundirá tus actos sociales. Antes, las bodas se medían por la cantidad de platos y la frescura de los langostinos; ahora, lo que se pone a prueba es la imaginación de los novios y la coreografía. No importa tanto la calidad de la carne cuanto que los camareros la sirvan al son de la Marcha Radetzky, levantando las bandejas por encima de sus cabezas, caminando erguidos y al compás de la música mientras bengalas luminosas brillan sobre los solomillos.

Las bodas no son bodas, son musicales que se contratan a imaginativas empresas de eventos capaces de sorprender desde que los novios llegan a la iglesia o al juzgado hasta que los últimos despendolados vuelven a casa en un autobús con azafatos animadores que han hecho el curso de sobrecargo de Ryanair.

El jueves pasado, asistí a una ceremonia de graduación en la que tenía que imponer bandas a varios titulados superiores que terminaban su carrera. Cuando le conté al taxista los pormenores, me comentó que ahora se gradúan hasta los jovencitos de la ESO, que montan fiestas a lo grande con los padres, los profes, los amigos y los abuelos trajeados. Coincidimos en que tanto sarao mueve una cantidad importante de dinero y lo notas en que es difícil encontrar salones vacíos en las taperías y en que hay cola en los probadores de las tiendas de ropa.

La fiesta a la que acudí era un acto académico, pero olvídense de la seriedad envarada de las graduaciones de antaño. Acabamos las autoridades, los padres, los profesores y los graduados bailando el: «¿A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga?» de Alaska. Pues efectivamente, somos así, así seguiremos y nunca cambiaremos: nos gusta el espectáculo y convertir la vida en un musical. Dicen que nos estamos americanizando, pero en el fondo siempre hemos sido así. La España de charanga y pandereta, decía Machado. Ya es demasiado tarde para cambiar ahora, dice Alaska. El caso es que ninguna señora diga tras nuestro postrer paroxismo: «¡Qué entierro más aburrido!».