Como todas las Alhambras

Jóvenes de excursión. :: hoy/
Jóvenes de excursión. :: hoy

Empiezan las excursiones «culturales» de los escolares extremeños

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Los niños de aquel colegio de la provincia de Badajoz habían estado de excursión en Granada y, tras visitar sus monumentos, subir a Sierra Nevada y acercarse a ver el mar, regresaron a su pueblo. Al bajar del autobús, sus padres los recibieron con emoción y les preguntaron por el viaje. «¿Qué tal la Alhambra, hijos?». Y los niños, con un punto de cosmopolitismo recién adquirido, respondieron displicentes: «¡Bah, como todas las Alhambras!».

Despunta marzo, remite el frío y llega el tiempo de las excursiones escolares. Cientos de profesores recorren Extremadura y el resto de España acompañando a un tropel de muchachos y muchachas cargados de mochilas, maletones y dinero para gastar.

Recuerdo un viaje a Santiago de Compostela. El guía explicaba el Pórtico de la Gloria y los estudiantes atendían aburridos salvo cuando explicaba que poniendo la mano en una columna o dando un cabezazo al Santo dos Croques se podía conseguir lo que se pidiera. Reparé en un muchacho que solo miraba al suelo. Le pregunté que por qué no atendía. Él me respondió cargado de razón: «Es que soy de Ciencias, profe».

El mismo profesor que me contó lo de las Alhambras, recordaba las excursiones con los de 8º de EGB a Torremolinos, toda la noche en la discoteca Metropolitan, creo recordar, o sería la Parthenon, o la Lucifer... El nombre variaba cada año, pero la discoteca era la misma y se convertía en el monumento fundamental de la excursión, el único que los muchachos ansiaban visitar y el profe, qué remedio, se convertía en una especie de vigilante jurado que no dejaba de dar vueltas por la sala vigilando que nadie bebiera, que nadie se propasara, que ningún ligón profesional de la zona hiciera estragos...

Los profes, en las excursiones a la costa o a las islas, pasan la tarde sentados en el vestíbulo del hotel negociando. Mientras los escolares se bañan en la piscina, ellos reciben a los comerciales de las discotecas, que ofertan entradas gratis, dos refrescos al precio de uno, autobuses hasta el local... El profe se hace el remolón y consigue que el segundo y el tercer refresco sean de balde. El comercial, que pasa de los refrescos y lo que quiere es llenar como sea el negocio, tienta a los profesores con botellas de cava y aperitivos. En un viaje escolar a Canarias, nos ofrecieron a los profesores un rincón exclusivo con barra libre. Como éramos unos tristes abstemios y seguimos apretando en los refrescos, el comercial nos ofreció chicas gratis de campanillas, así las definió el negociador: de campanillas. No se lo creerán, pero nos asustamos y rompimos allí mismo la negociación.

Se ironiza mucho sobre los profes de excursión, amigos de los viajes gratuitos. Ahí quería ver yo a quienes los critican, al frente de 120 adolescentes, levantándose de la cama con el cuerpo rojo por los ácaros de las mantas de esos hostales tremendos en los que hay que dormir porque los muchachos no consiguieron vender todas las papeletas de la cesta navideña. Y la vergüenza que se pasa.

En un viaje a París, a las cinco de la mañana, me despertó la dueña del hotel, un «Formule 1» periférico, dando grandes golpes en la puerta. «Je vous rembourse l'argent», gritaba la pobre mujer. Quería echarnos y devolvernos el dinero, el caso es que nos fuéramos de allí porque nada más acostarnos los profesores, se habían montado botellones clandestinos en las habitaciones, el ruido había despertado a varios camioneros en ruta y en recepción había una revuelta internacional de conductores de tráileres. Convencí a la desesperada señora de que seríamos buenos el resto del viaje.

En aquella excursión, pasé las noches haciendo guardia por los pasillos y las tardes, en la comisaría de Eurodisney, llena como siempre de adolescentes de media Europa, también los míos, retenidos unas horas por robar Mickeys, Plutos y Donalds. Y a la vuelta, la pregunta obligada de papá y mamá: «¿Qué tal el Louvre?». La respuesta ya la saben: «¡Bah, como todos los Louvres!».