¿Cuándo se jodió el Perú?

El conquistador extremeño Francisco Pizarro. :: LadyInGrey/
El conquistador extremeño Francisco Pizarro. :: LadyInGrey

La posverdad o cómo entronizar a Trump y destruir a Pizarro

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Trump ha ganado las elecciones a lomos de una bestia intelectual que ha dado en llamarse la posverdad. No solo ha ganado por eso, pero la influencia de la falacia y la manipulación en su elección ha sido trascendental.

La verdad serían los hechos y la posverdad sería lo que sigue a la verdad, es decir, su interpretación. El problema sobreviene cuando los hechos nos importan un bledo y solo nos quedamos con la interpretación que nos interesa, la que nos emociona, la que empatiza con nuestras creencias.

Parece que Donald Trump y su equipo de campaña han inventado la posverdad, pero ya Ronald Reagan decía que si repites una historia cinco veces, es verdad. Aunque dejemos América e incluso dejemos el siglo XX porque el rollo este de la posverdad existe desde que el mundo es mundo y se llamaba manipulación, concepto menos 'cool' que posverdad, pero más preciso y comprensible.

Veamos un ejemplo de posverdad/manipulación que nos atañe. ¿A usted qué le resulta más interesante y emocional: creer que el conquistador extremeño Francisco Pizarro era un porquerizo que se fue a América y se convirtió en un cacique sanguinario o pensar que era un hombre inteligente, hijo de una familia noble de Trujillo, experto en el arte de la guerra, tras su paso por los tercios en Italia, y que conquistó Perú, siendo un ejemplo de buen gobierno al proteger con leyes la ciudad de Cuzco y prohibir que se mataran indios si no era en batalla?

Reconozcámoslo: lo que mola es la historia del cuidador de cerdos que conquista un imperio y masacra a los aborígenes. He ahí un caso de posverdad histórica. Pizarro era hijo bastardo de Gonzalo Pizarro y de una chica campesina empleada con unas monjas y nieto del regidor de Trujillo. No se fue a Perú por ser pobre, sino por emular a su padre, capitán de los Reyes Católicos, tras pasar un tiempo en el ejército de Italia. Derrotó a los incas a base de inteligencia, estrategia y sorpresa y se negó a que Atahualpa fuera ajusticiado y a que se masacrara a los indígenas en tiempo de paz.

Todo esto se recoge en un libro de María del Carmen Martín Rubio, 'Francisco Pizarro', biografía rigurosa basada en la verdad, no en la posverdad emocional o manipulación histórica del cronista Bernal Díaz del Castillo (1492-1585), que, por defender a Hernán Cortés, menospreció a Pizarro y se inventó su condición de porquerizo.

Por mucho que nos digan la verdad, lo de Pizarro y su piara no se nos va de la cabeza y, en Extremadura y en España, es una posverdad muy popular de la conquista de América. Y qué decir en Perú, donde hay hasta un famoso vals, titulado 'Cholo soy y no me compadezcas', que dice así: «¿No hubo un tal Pizarro, que mató a Atahualpa, tras muchas promesas bonitas y falsas?». Complicado luchar contra la posverdad de Díaz del Castillo, contra las falsedades interesadas de la Leyenda Negra manipulada por Flandes, Francia e Inglaterra y contra un vals.

Hay frases que resumen la historia de un pueblo. Aquí decimos eso de: «Me duele España». En Perú es muy popular la pregunta: «¿Cuándo se jodió el Perú?», que proviene de 'Conversación en la catedral', novela publicada por Vargas Llosa en 1969. En ella, Zavalita, uno de los personajes, se pregunta en qué momento se había jodido el Perú. Las respuestas en el país son múltiples, pero las más recurrentes convergían todas en Pizarro. La posverdad/manipulación como explicación de los problemas de un país.

Afortunadamente, la historiografía moderna peruana está recuperando la verdad. Los catedráticos de las universidades andinas están investigando la figura del extremeño con rigor y los sectores más avanzados del país empiezan a verlo como padre del Perú y un ser más humano y valiente que codicioso y asesino. Aún queda mucho para que la posverdad de Pizarro desaparezca del imaginario colectivo peruano. Tanto como para que en Extremadura dejemos de verlo como un porquerizo valiente y con suerte.