«Lo de la CIA y Olivenza es mentira»

Carlos Luna, en el café Rossio de Estremoz. :: E.R./
Carlos Luna, en el café Rossio de Estremoz. :: E.R.

Carlos Luna, un profesor alentejano que milita en la causa oliventina

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Hemos quedado con Carlos Luna (1956) en la terraza del café Rossio de Estremoz. La cita destila cierto aroma de clandestinidad. Quizás se deba a que este hombre luchaba contra el dictador Salazar con tan solo 16 años y a que siempre ha militado en partidos contestatarios de izquierdas, «de los que no ganan nunca». Pero esta cita discreta es para hablar de Olivenza y Carlos trae papeles y documentos que entrega con aire misterioso al tiempo que pide prudencia.

Este profesor de Historia fue declarado, en 2003, persona non grata en Olivenza por el alcalde Ramón Rocha, aunque confiesa que se lleva muy bien con los alcaldes posteriores y con el oliventino Guillermo Fernández Vara. Carlos Luna es conocido en Portugal y en Extremadura por su lucha militante a favor del mantenimiento de la idiosincrasia lusa de Olivenza. El día de la cita, su foto y sus opiniones aparecen en los dos periódicos que hemos comprado: el quincenal E de Estremoz y el diario lisboeta Público, donde detalla «as cinco coisas que eu mais gosto de Olivenza».

Luna fundó con tres colegas el Comité Olivenza Portuguesa en 1989, que desde 2003 es un departamento autónomo del grupo Amigos de Olivenza y hoy cuenta con unos 15 afiliados. Aunque lo que caracteriza a este alentejano intenso es su cariño a Olivenza, ciudad a la que dedica numerosos poemas. «He estado en todas las aldeas y fincas de Olivenza porque amo esa ciudad y las pasiones no se explican, se sienten», explica con un punto de vehemencia y dos puntos de emoción.

Carlos Luna opina que en Olivenza hay un problema de desinformación por culpa de la actitud colonial del estado español, que ha desnaturalizado la ciudad, eliminando sistemáticamente sus raíces culturales. Hay documentos donde se demuestra cómo llegaron a cambiarse obligatoriamente apellidos portugueses de los oliventinos por apellidos españoles: los Bate-Bate y los Alacaquiño pasaron a ser los Núñez, los Chalupas se convirtieron en los Gómez, los Tibarra, en los Silva, etcétera.

«En la Guerra Civil, fueron fusilados 178 oliventinos y la mitad lo fueron por estar conectados con los Amigos de Olivenza. Los ancianos hablan de ahorcamientos», detalla Luna al tiempo que nos vuelve a pedir, casi a exigir, prudencia. «No queremos ser agresivos ni violentos ni gritar eso de Olivenza portuguesa, solo pretendemos mostrar la historia para que los oliventinos conozcan la verdad de su pasado», aclara.

¿Y los portugueses? «Aquí se huye de la cuestión de Olivenza por vergüenza, por creer que es un tema de extrema derecha, porque detrás de los grandes medios de comunicación hay capital español o directores iberistas y por el pesimismo portugués. El estado portugués es hipócrita. No dice nada de Olivenza salvo en los momentos límite como cuando se intentó reconstruir el puente de Ajuda. En esos momentos sí dice que Olivenza no es española porque si no lo hiciera perdería parte del embalse de Alqueva», señala.

Carlos Luna cree que en Portugal, si las cosas van bien, nadie saca el tema, «pero cuando en España cortan el agua en el Tajo o en el Duero, las televisiones preguntan y las gentes critican a España y se acuerdan de Olivenza».

Después está lo de la CIA. «La prensa española sigue diciendo que la CIA compara Olivenza con los casos de Gaza y Cachemira. Eso es mentira. Bastaría leer el relatorio de la CIA para percatarse de que esa comparación no está ahí», se desespera Luna, cuya quinta abuela enseñaba portugués a los niños de Olivenza hasta que fue multada con 4.000 reales, vendió sus tierras y se trasladó a Elvas con sus 22 hijos.

Pero todo eso es historia. El presente es optimista. «Las cosas han cambiado en Olivenza. La gente está más abierta a hablar de la historia, tiene más conciencia de su herencia portuguesa», se anima al tiempo que acaba su bica de café, da una última calada a su cigarro y desaparece entre los cientos de extremeños y alentejanos que llenan el mercadillo de Estremoz.

 

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