¿Qué pasa con Guadalupe?

VICENTE SÁNCHEZ-CANO PRESIDENTE DE GUADALUPEX

EN enero de 2013, cuando el anterior guardián del Monasterio de Guadalupe, fray Sebastián Ruiz, estaba a punto de concluir su mandato, este diario le hizo una entrevista a doble página, cuyo titular era «El día que Guadalupe pase a Extremadura, repico las campanas». En julio de ese mismo año, al poco de ser elegido guardián de Guadalupe, fray Antonio Arévalo realizaba también unas declaraciones a este periódico, manifestando que «por muy legítimas que fueran, el cambio de diócesis de Guadalupe no se haría para contentar reivindicaciones». Ambas declaraciones ponen de manifiesto las distintas sensibilidades que pueden darse dentro de la propia orden franciscana, encargada de administrar el Monasterio, a pesar de que el cambio de diócesis no supondría ninguna alteración en la gestión de dicha orden.

La elección del Papa Francisco, en marzo de 2013, coincide con el cambio de guardián de Guadalupe, y supuso un gran revulsivo en las estructuras y actitudes de una Iglesia Católica que, para una mayoría de creyentes, no estaba a la altura de los tiempos actuales. La llegada de Francisco ha supuesto una bocanada de aire fresco, un gran revulsivo que ha golpeado en las conciencias de muchas personas, tanto creyentes como no creyentes, despertando grandes expectativas de cambio. Y todo ello, tan sólo volviendo la mirada al mensaje evangélico de Jesús. El papa del amor al prójimo, el papa de los más débiles, de la generosidad, de la misericordia. declara: «quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle». Es el papa sensible a las demandas de la sociedad en la que le ha tocado vivir, que quiere estar presente en la vida de sus feligreses para mejorar el mundo que ha recibido.

Los obispos extremeños también se han manifestado en reiteradas ocasiones a favor de normalizar este anacronismo histórico, solicitando la incorporación de la Patrona de Extremadura, Santa María de Guadalupe, a una diócesis extremeña. El obispo de Plasencia en declaraciones a un medio de comunicación decía: «.la actual situación ante mucha gente daña la imagen de la Iglesia. Muchos fieles o ciudadanos extremeños se preguntan qué intereses puede haber para que esto no se resuelva como debería resolverse, amigable y fraternalmente. éste es un asunto de generosidad de una Iglesia con otra, la de Toledo con la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz, que fue creada. para darle unidad eclesial a Extremadura. la Virgen de Guadalupe es eclesial y socialmente nuestro signo de identidad, nuestro 'santo y seña'... sería más lógico, y así lo ve la inmensa mayoría de los extremeños, que estuviera en una diócesis con sede en Extremadura.. Si me pregunta que para cuándo la solución. Pues sinceramente no lo sé».

En parecidos términos se han manifestado los otros obispos extremeños. Monseñor Cerro ha declarado: «Nos duele que, todavía, Guadalupe no pertenezca a alguna de las Diócesis de nuestra Provincia Eclesiástica. Los Obispos extremeños hemos trabajado y seguimos trabajando para que se haga realidad lo que es el sentir general del pueblo sencillo de Dios». En declaraciones a Vida Nueva, Santiago Aracil, anterior arzobispo de Mérida-Badajoz, reconocía como «lógico que el santuario pertenezca a la jurisdicción eclesiástica de las diócesis que abarcan casi todo el territorio extremeño». El recién nombrado arzobispo de Mérida-Badajoz en declaraciones a este diario, el pasado mes de junio, manifestaba: «Siendo la patrona de Extremadura, me parece lógico que Guadalupe dependiera eclesiásticamente de una diócesis extremeña. Que no lo sea, es un poco ilógico.».

La Asamblea de Extremadura, en su declaración institucional de 18/02/10, se manifestaba a favor de la dependencia eclesiástica de Guadalupe de una diócesis extremeña. A esta declaración se sumaron las dos Diputaciones Provinciales, la mayoría de las corporaciones municipales extremeñas, más de doscientas fundaciones, asociaciones cívicas y culturales, la práctica totalidad de las casas regionales, y más de cincuenta mil extremeños, que con su firma han querido manifestarnos su apoyo. Asimismo la máxima representación de los gobiernos extremeños, con independencia del signo político, han reclamado públicamente la normalización de esta situación.

Por el contrario, el titular del arzobispado de Toledo cuando se le pregunta por esta cuestión, además de otras lindezas que no vienen al caso, responde: «.No se le pide el carnet a nadie para entrar en Guadalupe. No se pone traba a ningún extremeño para entrar y salir de Guadalupe». En una clara muestra de insensibilidad hacia el sentimiento mayoritario de un pueblo que no quiere privilegios, que no solicita discriminaciones, que tan sólo pide que se le trate con normalidad, como al resto de territorios españoles que dejaron de pertenecer eclesiásticamente a Toledo.

El pasado día 3 publicaba este periódico un documentado artículo de González-Haba en el que de manera irrefutable documentaba, desde un punto de vista histórico, la actual situación, y manifestaba su extrañeza por el incumplimiento de las normas de la propia Iglesia Católica. Es la misma extrañeza que manifiestan miles de extremeños cuando se dirigen a nosotros para preguntarnos ¿qué pasa con Guadalupe? y les manifestamos que todo sigue igual porque falta generosidad por parte de un sector de la jerarquía eclesiástica que quiere seguir aferrada a privilegios y anacronismos históricos.

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