Alemanes que eligen vivir en Extremadura

Unos 270 ciudadanos germanos residen en la región seducidos por la naturaleza y el espacio disponible

Karin Ander ha cambiado su exitosa carrera en Alemania por una tranquila finca en medio de la dehesa de Montánchez:: /
Karin Ander ha cambiado su exitosa carrera en Alemania por una tranquila finca en medio de la dehesa de Montánchez::
ÁNGELA MURILLO

Mientras miles de europeos del sur contemplan con envidia las cifras macroeconómicas de la locomotora de Europa, cuya letra pequeña no está libre de sombras, un grupo de alemanes ha puesto tierra de por medio para asentarse en la región, vagón de cola del PIB español. Han llegado a Extremadura en el viaje inverso al de miles de jóvenes españoles que cogieron las maletas rumbo a Berlín o Hamburgo, empujados por el paro y la necesidad de abrirse hueco en la cacareada bonanza.

Alex, Karin y Meike forman parte de los 270 germanos que viven en la región último dato que maneja el Instituto de Estadística de Extremadura. Llegaron atraídos por una pareja o por las bondades de una tierra que antes descubrieron célebres compatriotas como el artista Wolf Vostell o la galerista Helga de Alvear.

Les molestan mucho los comportamientos incívicos o nuestro elevado tono de voz, pero en la balanza anteponen la naturaleza, la escasa densidad de población y una hospitalidad que los recibió con «los brazos abiertos».

Lo dice Meike Schvellenbach, una alemana de 50 años vecina de Puebla de la Calzada. Esta traductora, profesora de idiomas y guía turística, actualmente en paro, se casó en 1994 con un empleado de banca natural de este pueblo pacense. Tras vivir en Madrid, el matrimonio cambió el bullicio urbano por las Vegas Bajas del Guadiana.

Nacida en la antigua República Democrática Alemana, Meike conoció a su esposo Pedro en 1987. Coincidieron en un campamento universitario. Tres años después, recién caído el muro de Berlín, la germana hizo su primer viaje por España y pudo reencontrarse con las amistades extremeñas que dieron un giro a su vida. Antes de la reunificación solo había podido viajar por la Unión Soviética y sus satélites europeos. Sumado a la dificultad para convalidar títulos universitarios, era otro inconveniente de pertenecer a la Alemania comunista. En 1992 Meike saldría de la RDA para asentarse definitivamente en España. Llegó a Barcelona el día que la Selección de Kiko, Guardiola y Luis Enrique se colgaba el oro olímpico. «La ciudad era una fiesta».

Ese mismo año conocería Badajoz, en plena Semana Santa. «La gente me recibió como si fuera de la familia. Me encantó la naturalidad». Con el tiempo, y tras mucho insistir a su marido, Meike se instalaría definitivamente en Extremadura.

Además de trabajar como traductora y dar clases de alemán, se ha ganado la vida en el sector turístico. Montó una agencia de viajes con un amigo, que acabó cerrando, y luego colaboró con la red de hospederías y con touroperadores alemanes. En sus periplos comprobó que algunos extranjeros conocen mejor que los extremeños este «diamante sin pulir», como le gusta definir a la región.

Meike ha mostrado la riqueza ornitológica, gastronómica y patrimonial a sus compatriotas en visitas a parques naturales y bodegas. «Los llevaba a la dehesa y a secaderos de jamones para que comprobaran cómo se cría el cerdo ibérico». Sorprendidos por la escasa densidad de tráfico, muchos de ellos le preguntaban «por los coches en la autovía A-66».

Esta alemana que disfruta de una «vida plena en la región» no se ha dedicado solo a trabajar. Se ha implicado intensamente en la vida de Puebla de la Calzada, municipio del que destaca su agenda cultural. Ha sido presidenta de la Ampa, ha cantado en la coral, y ahora se centra en Animaex, la protectora que ha fundado con vecinos de Puebla y Montijo. Han puesto en marcha un refugio de perros y esperan abrir un centro que sirva además «para animales de familias que no se los pueden llevar de viaje».

A pesar de haberse acoplado bien al ritmo de vida pacense,no se calla los comportamientos que más le chirrían. «Echo de menos un poco de sentido común y más empatía con los demás. Los conductores aparcan donde les da la gana, rozan un coche y no dejan ni un papel con los datos; por no hablar de los que no recogen los excrementos de sus perros».

Karin Ander es otra germana enamorada de Extremadura; sobre todo del entorno natural. Por eso le repugna que algunas personas dejen escombros de las obras en los caminos. Lo sabe bien porque ha pateado senderos de todas las comarcas.

Esta alemana nacida en Dusseldorf hace 49 años ha comprado una parcela en Montánchez, un «pequeño paraíso» donde vive sola con sus perros. Hace unos años decidió cambiar una existencia acomodada y su carrera en una empresa de seguros por el buen tiempo y la tranquilidad del campo extremeño. En un reportaje para la televisión alemana dedicó muchos piropos a la región. Destacó como algo muy positivo que tenga la misma superficie que Suiza pero con seis millones menos de habitantes.

En Alemania Karin residía en una casa de 300 metros cuadrados y cambiaba de coche cada poco tiempo. El dinero que ahorró entonces le permite ahora vivir sin ingresar ni un euro. «No echo de menos el lujo, ya no lo necesito ni lo quiero. Prefiero vivir con lo básico: la tranquilidad, el buen tiempo y la naturaleza. Por eso he venido hasta aquí», asegura convencida esta empedernida viajera. En su perfil de Facebook se mezclan fotos de animales en su finca extremeña con los selfies que se hizo en un rascacielo de Dubai.

«Mi exmarido y yo queríamos buscar un sitio en España para montar un negocio. Durante cuatro meses recorrimos el país en caravana hasta que llegamos a Extremadura». Abrieron un camping en Benquerencia (Cáceres), pero luego se separaron y lo vendieron. Ahora Karin construye una casa de campo en un encinar a los pies del castillo de Montánchez. Quiere abrir un negocio de turismo rural y senderismo, sus grandes pasiones.

Al llegar a la región, quedó sorprendida, y no para bien, por ciertas costumbres. «Aquí casi toda la gente compra sin comparar precios y gasta demasiado en comer fuera de casa. En Alemania si vas a un restaurante es para degustar alguna comida especial o diferente. A nosotros nos gusta más organizar fiestas en casa y cocinar para los amigos». Karin cree también que muchas personas no se esfuerzan en conocer gente nueva y «siempre quedan con los mismos. Es una forma distinta de convivir».

Al comparar el estado del bienestar germano, destierra algunas creencias muy extendidas sobre su país. «No es oro todo lo que reluce. Los ingresos allí son más altos, pero también se pagan más impuestos, y todo está mucho más controlado. Hay gente que se ve obligada a tener varios trabajos. Sin embargo, aquí la Seguridad Social es un lujo y hay más médicos por habiante. Allí los recortes han llegado a cerrar algunos hospitales. Y sería impensable tener un colegio para siete niños». Su compatriota Meike también da un aprobado a la asistencia sanitaria española. «Mi madre se puso enferma y la atendieron muy bien en el centro de salud».

Alex Janssen, por el contrario, no es amigo de hacer muchas comparaciones. A este alemán de 37 años natural de Aquisgrán no le gusta caer en estereotipos. «No digo que esté libre de prejuicios, pero intento evitarlos o por lo menos pensar en ellos con autocrítica. Ha oído hablar de «cosas que los españoles dicen sobre sí mismos» y cita la consabida picaresca o el escaso dominio del inglés.

Una de las cosas que llaman la atención a este germano residente en Cáceres es nuestro ritmo de vida. «Se cena muy tarde y la gente está hasta las tantas en la calle». Después de vivir los sofocantes veranos extremeños ha entendido la razón de ser de estos horarios.

Este músico de jazz trabaja como profesor de saxofón y flauta travesera en la Escuela de Música 'Enclave' de Cáceres. También se gana la vida ofreciendo conciertos como freelance. Aterrizó en Extremadura en 2007 «por amor a una nueva extremeña de orígenes segovianos». Ambos estudiaron en Alemania y, aunque su idea era quedarse allí, el destino quiso que acabaran en tierras cacereñas. «Sabía que al trasladarme a Extremadura no me estaba metiendo precisamente en el meollo de la escena del jazz europeo, pero esperaba encontrar una manera de fomentar la cultura musical moderna en la región». Un propósito que en parte ha cumplido con los conciertos y las clases. Pero se queja de que las actuaciones «últimamente brillan por su ausencia». Culpa a los recortes en cultura y a un cierto desinterés hacia el jazz, «tanto en el sector privado como en el público en general».

Desde que Alex llegó a la región ha sufrido en propias carnes el «derrumbamiento y estancamiento cultural. Agravado por la ya de por sí fastidiada situación de los músicos». Piensa que es más difícil ganarse la vida. «No hay tanta disposición a la hora de gastar dinero en cultura».

También ha comprobado que en España, «por costumbre o por necesidad», se vive un poco más al día que en su país. «Eso me ha hecho relajarme un poco en ciertos aspectos de la vida. Al final hay que buscar el equilibrio, supongo». Hace unos años sí gozó de apuestas culturales «como los circuitos musicales organizados con apoyo del gobierno y una beca a la creación joven». Pero, como muchos extremeños, ahora está a verlas venir, esperando que las «cosas mejoren un poquito».

Entretanto, prefiere apartarse de la actualidad económica. «Las noticias son tan malas que te amargan la vida. Hacen que te sientas impotente y pienses que tu voto cada vez vale menos. A pesar de mi postura un tanto apolítica, es imposible no enterarse de ciertas cosas gracias a nuestro maravilloso mundo digital, que en cierto modo lo es sin ironías».

Desempleo

La diferencia entre la realidad económica de su país y la tierra de acogida se resume en un dato demoledor. Mientras en Alemania la tasa de paro no supera el 4,8% adelgazada en gran parte por los minijobs, en Extremadura la cifra se dispara hasta el 30,2% (última EPA de 2015). Aún así, Alex sostiene que en ambos países «es difícil encontrar trabajo». Eso sí, percibe más objetividad en el mercado de trabajo alemán. «Allí se miran más los papeles y no importa si eres hijo o amigo de alguien. Con eso no digo que no exista el enchufismo».

Otra diferencia que ha detectado en el mercado laboral es la falta de reconocimiento hacia los oficios y la formación profesional, tanto en general como por parte de los propios profesionales. «En Alemania tampoco es fácil encontrar un buen fontanero, pero creo que la formación profesional allí está mejor organizada y avalada. Aún queda un cierto orgullo obrero y artesano, originario en los antiguos gremios. Al paso que vamos llegará un día en que los ingenieros españoles estarán todos en Alemania y los machacas alemanes en España».

Crítico con los recortes

El músico se muestra crítico con los poderes públicos y contrario a recetas como las impuestas desde Berlín para tomar la senda de la recuperación. «Es cierto que hay menos dinero, pero estamos todavía en una situación en la que los políticos distribuyen los fondos según intereses personales o imposiciones de algún lobby, más que a favor de todos. No creo que recortar en sanidad y educación, y privatizar bienes comunes sea la solución ni una necesidad ineludible para salir de la crisis».

A pesar de este oscuro panorama, se siente cómodo en Extremadura. Como Karin y Meike, valora la naturaleza y el espacio disponible por habitante. Su lugar favorito es el casco histórico de Cáceres, especialmente «la plaza de las Veletas un lunes por la noche».

El músico reconoceque siempre ha sentido «cierto desprecio por su propio país, basado en la historia». En cambio, muestra mucho interés por conocer y sumergirse en la cultura de otros lugares. «Si vives entre varios países siempre se tiende a idealizar el sitio en el que no estás. Pero es cierto, dejando de lado sentimentalismos, que desde mi estancia aquí he empezado a ver las cosas positivas de Alemania y sentirme en parte más a gusto con mi procedencia».

El sistema educativo español se lleva un suspenso claro por parte de los tres teutones. El músico considera que se apuesta por el aprendizaje de hechos mientras «en Alemania se intentan enseñar las herramientas de estudio en general y fomentar la capacidad de discusión y la formación de una opinión propia». Para él, una «combinación de ambos enfoques sería lo mejor». También detecta deficiencias en la formación pedagógica y didáctica del profesorado.

Meike basa una opinión en su propia experiencia personal. «A mi hija le pusieron mala nota una vez por no responder en un examen de manera literal. No se fomenta la creatividad. El sistema crea marionetas, gente que no es capaz de pensar por sí misma». A pesar de lo cual cre que su hija, estudiante de Sociología en Madrid, ha logrado desarrollar un espíritu crítico.

Su compatriota Karin la apoya en este razonamiento y abre otro debate. «Los jóvenes alemanes ansían marcharse cuanto antes de la casa de sus padres. Algunos se van antes de terminar los estudios. Aquí se quedan hasta que se casan y vuelven si se separan, ¡eso es impensable en Alemania! Allí se busca la independencia siempre, mientras aquí, para muchos, es m