Bicis a la carta

Ana Gómez y Carlos Cuadrado, en su tienda ciclista de Don Benito. :: E.R./
Ana Gómez y Carlos Cuadrado, en su tienda ciclista de Don Benito. :: E.R.

Los sábados, las tiendas ciclistas se llenan de hombres caprichosos

J. R. ALONSO DE LA TORRE

«Si me muero, no dejéis que mi mujer venda la bici por el precio que le dije». Este epitafio imaginario es una broma muy común entre los ciclistas, que cada vez son más en la región. Para conocer cómo se vive una mañana de sábado en una tienda extremeña de bicicletas, hemos viajado a Don Benito.

Frente a su flamante plaza de toros, abre lo que los expertos consideran una institución ciclista en la región: la tienda que fundó Carlos Cuadrado Porro hace medio siglo y hoy llevan su hijo, Carlos, y su nuera, Ana. Llegamos a las 10 de la mañana y en la tienda hay 20 hombres y una sola mujer, Teresa.

Ella va a tiro fijo: compra, paga y se va. Ellos se demoran, enredan, miran, comparan, cuentan hazañas, pasan la mañana y se llevan de todo: un culotte con badana de gel, un sillín ergonómico con un aleta para acomodar la raja de salva sea la parte, unas zapatillas con suela de carbono, un cuentakilómetros codificado. ¡Y pensar que los abuelos se conformaban con unas pinzas para los pantalones!

«El mundo de la bici es muy caprichoso», asegura Ana, que trabajaba en un supermercado El Árbol cuando falleció su suegro y tuvo que venirse a la tienda. Porque Carlos Cuadrado, el fundador de la empresa, murió como él quería: vestido de ciclista y rodeado de sus amigos. Había salido con sus colegas ciclistas camino de Orellana a las 8.30 horas y media hora después, le dio el infarto mortal junto al castillo de La Encomienda. Tenía 66 años y se convirtió en una leyenda para los cicloturistas de las Vegas Bajas. Tiene un monolito en su honor.

Pero avanza la mañana del sábado y la tienda sigue llenándose de hombres. «Aquí tenemos de todo menos espacio», ironiza Ana, que es una vendedora eficiente y con mucho don de gentes. Su marido, Carlos, es la parte técnica del negocio. «Las manos que tiene para las bicis no las tiene nadie. Con nueve años, ya hacía cordones para irse al taller de su padre en la calle Pino a arreglar bicis», recuerda Ana al tiempo que enseña una curiosidad local: en Don Benito, faltar a clase se llama hacer cordones.

Siguen entrando hombres en la tienda. Quique lleva por aquí cerca de una hora. Tiene razones para ello. Mejor dicho, una razón: acaba de comprarse una bicicleta de 4.400 euros. Confiesa que está soltero y no tiene que dar explicaciones a nadie sobre sus caprichos. Pero un amigo que lo acompaña, cuyo nombre omitimos prudentemente, reconoce que se ha comprado una bici de 5.000 euros, «pero a mi mujer le he dicho que me ha costado 1.500». Con lo que el epitafio del marido ciclista cobra todo su sentido.

Para todos los gustos

Se acerca el mediodía y el ambiente ciclista crece. Unos quieren bicis a la carta, otros compran una de segunda mano. Llegan pedidos por internet o vienen a la tienda en persona desde Lugo, Huesca, Bilbao, Madrid o Barcelona. Hay empresarios agrícolas que comprar bicicletas usadas de 50 euros para sus trabajadores y viajeros negociantes, que las compran por lotes, muy viejas y a 10 euros, y se las llevan a Marruecos.

Hay bicis ligeras de carretera que pesan 7 kilos y cuestan 6.000 euros y de montaña: 9 kilos y 2.000 euros. Los estudiantes se llevan bicis plegables para sus pisos, los estetas, bellas bicis de paseo color marfil o morado nazareno, los cansados, bicis de motor con batería de litio, los románticos, tándems, y algunas personas mayores que viven en pueblos llanos de regadío, prefieren triciclos con carrito. Pero casi todos son hombres. «Por cada diez varones, entra una chica», calcula Ana. Y los clientes aclaran el porqué: «A las mujeres no las traemos porque refunfuñan mucho».