El pozo de Antonia

Antonia saca agua en el pozo de la calle Pozo. :: E.R./
Antonia saca agua en el pozo de la calle Pozo. :: E.R.

Zafra tiene la capilla más chica y la oreja más rica

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Antonia tiene un pozo. Bueno, Antonia y todas sus vecinas de la calle Pozo, una de las más singulares de Extremadura y de España. Porque, a ver, que levante la mano la ciudad española, ¡ciudad, eh, no pueblo!, que tenga una calle con un pozo y, al lado, una capilla donde se venere al Cristo que fue encontrado en ese pozo.

Esa mano solo la puede levantar la ciudad de Zafra, que lo mismo tiene calles finas con palacios de marqueses que calles sencillas como esta, donde Antonia y sus vecinas sacan agua de un pozo tradicional con una bomba hidráulica y castiza. Y al lado, la capilla más pequeñita de Extremadura, que acoge un Cristo, que fue sacado de ese pozo, y el gancho con que lo extrajeron.

Zafra, ciudad de lo aristocrático y de lo popular. El castillo residencial de los duques de Feria presidiendo el casco urbano: primero, residencia nobiliaria, luego, sede de las fuerzas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia, Instituto de Segunda Enseñanza durante la I y la II República, hospital musulmán en la Guerra Civil, y otra vez instituto, y centro de FP, y escuela taller. Hoy, Parador de Turismo.

La aristocracia y los liberales, con José Álvarez Guerra, abuelo de Antonio Machado y zafrense de pro, entre ellos. Homenajeados todos en el monumento de Juan Gila instalado en una plaza moderna, junto al Parador. Zafra burguesa, que encargaba mansiones a Aníbal González, el arquitecto de la Plaza de España de Sevilla y de dos casas de la calle Gobernador de Zafra. En una de ellas durmió Cánovas del Castillo cuando vino a inaugurar el ferrocarril de Zafra a Huelva.

A un paso de esos palacios, donde dormían primeros ministros, la ronda de la Maestranza brillaba nocturna y jacarandosa con las casas de lenocinio más famosas de los contornos. Habría que contar la historia secreta de la feria de Zafra: ganado por un lado, y por otro, prostitución y venta de esclavos. La vida con todo su esplendor y todas sus miserias juntas en esta ciudad de contrastes y novelería.

A las puertas del Arco de Jerez, el barrio de los zapateros. Trescientos había en Zafra en el siglo XIII. Sobre el arco se ven las figuras de los santos patronos del gremio de la zapatería. En la pared, la marca de la suela de un zapato. Y enseguida, el Paseo de las Viudas, llamado así desde la Guerra Civil porque era la ronda que llevaba hasta el cementerio.

Zafra, pozos antiguos y edificios modernistas de la Plaza de España como el que albergó el hotel Cabaña, el primero de la localidad. Y más moderno aún, el marqués de Solanda, en cuya casa, frente al Parador, se redactaron algunos números de 'La Luna de Madrid', la revista de la movida. La casa de Solanda estaba muy relacionada con los artistas de la modernidad 'malasañera' y Zafra forma parte de ese grupo de municipios extremeños que presumen de tener algo que ver con Almodóvar. A saber: Madrigalejo, Cáceres, Zarza de Granadilla y Zafra.

Zafra, calle Sevilla, con la Casa Grande, antes cuartel y hoy, tiendas de moda. Con el convento de Santa Clara y su museo de la vida conventual, tan de verdad gracias a que la museógrafa sevillana que se encargó de diseñarlo, Mercedes Mora, vivió durante 15 días encerrada con las monjas en la clausura.

Zafra, calle Botica, con el antiguo teatro viejo y la Casa del Ajimez, del siglo XV, el centro de recepción de turistas más bello de Extremadura.

Zafra y sus populares plazas. A mediodía, ambientes uniformes: matrimonios, parejitas y pandillas de todas las edades ocupando las terrazas. Por la noche, ambientes bien definidos: en la Grande, los jóvenes hasta los 30; en la Chica, los que a la tercera copa empiezan a decir eso de qué mayor estoy.

Empezamos con Antonia, sacando agua de un pozo. Acabamos con Andrés, en su bar de la plaza Chica, tomando una lámina de oreja a la plancha sobre pan. Una delicia popular y sofisticada a la vez. O sea, Zafra.

 

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