Con la emoción de conquistar sus derechos, las personas con discapacidad intelectual salen a votar

Virginia Martín Oliva, una de las cien mil personas con discapacidad intelectual que pueden votar por primera vez, meditó su elección en grupos de trabajo

Domingo, 28 abril 2019, 20:31

Vestida de negro y rojo, Virginia Martín Oliva se detiene en la puerta del colegio electoral Las Artes, de Pinto, en las afueras de Madrid. Frente al cartel con el distrito de votación, revisa su tarjeta censal e ingresa al gran salón donde hay cuatro mesas con urnas y dos mesones con las papeletas. «Nunca había entrado a este colegio», murmura. Virginia vive a unos diez minutos caminando, en un piso tutelado por la Comunidad de Madrid para personas con discapacidad intelectual. Ella es una de las cien mil personas que puede votar por primera vez. «Supe que no podía votar cuando me hicieron la tutela por la comunidad», recuerda Virginia. «Cuando tenía 18 años un juez decidió mis derechos. Ya no. Se quitó esa ley después de luchar mucho».

Desde ese día, en que su familia cedió la tutela al Estado y ella descubrió que no tenía los mismos derechos electorales que los demás, Virginia, hoy con 28 años, se ha involucrado en la lucha por conquistarlos. Incluso acudió al Congreso el año pasado y fue una de las representantes que discutió con los políticos de los distintos partidos el derecho al voto y las papeletas de lectura fácil. «Estuvo bien, nos escucharon a todos», asegura. Tuvo que pasar una década hasta que se materializó la igualdad en cuanto a derechos electorales. «Me enteré que se había aprobado la ley el mismo día», dice Virginia, que trabaja con la organización Plena Inclusión Madrid, una de las más activas en esta iniciativa y con la que pusieron en marcha la campaña 'Mi voto cuenta'. Ella lleva una chapa con el logo en su jersey rojo.

Virginia, antes de salir a votar, en su habitación. / Óscar Chamorro

Cerca del mediodía, la jornada transcurre con tranquilidad en este centro del distrito uno. A Virginia, con una discapacidad intelectual superior al 60% de grado uno y nivel uno, la acompaña David, uno de sus tutores, que guarda distancia mientras ella busca su mesa. Una vez que la identifica, elige el mesón de la derecha para recoger las papeletas. Hay un puñado de vecinos. Ella aguarda su turno. Primero, coge las blancas. «Estoy un poquito nerviosa», reconoce. Busca la intimidad de las cortinas para ejercer su voto. Al salir, se reúne con David, pregunta si los sobres deben cerrarse, mete la solapa dentro, busca su DNI.

La decisión de votar la tomó con mucha reflexión, después de numerosas jornadas de discusión con su grupo de compañeros, todos con alguna discapacidad intelectual. No hay voto emocional entre este colectivo que elige representantes políticos por primera vez. Quizás sea el más racional de cuantos se depositen hoy. Ellos han estudiado las propuestas que cada partido ha formulado con relación a su situación: trabajo, recursos, derechos. Les habían solicitado a través de sus plataformas que redactaran sus contenidos con el método de lectura fácil y, a la hora de decidir, han tenido bien en cuenta los que no lo han hecho. «Porque no han querido o por falta de tiempo». Se han leído y debatido una carpeta con una veintena de folios con los programas de los cinco candidatos. Virginia se decanta por la opción que ha ofrecido aumentar el empleo y «hacer la vida más digna para las familias de la gente con discapacidad».

Aprender a votar más allá del acto mecánico ha sido una de las prioridades de Virginia, junto a sus actividades en el centro ocupacional donde hace manualidades y aprende sevillanas y las tardes que transcurren en compañía de amigos y su pareja. «Hemos mirado cómo podemos ayudar a los políticos», dice. «Qué hacer mejor y qué ley cambiar». El voto, desde luego, es secreto. Virginia no lo esconde, pero «algunos no querían decirlo». ¿La opción que les negó su programa en lectura fácil? Descartada.

En el preludio, las manos de Virginia tiemblan levemente, pero va a su fila con seguridad. Una persona antes que ella le entrega los sobres al presidente de mesa. Ella no. Prefiere meterlas en las urnas con su propia mano. «El nerviosismo se me ha quitado al meter la papeleta».

Virginia, a la salida de su colegio electoral, después de ejercer su derecho al voto. / Óscar Chamorro

Antes de salir, en su edificio se encontró con otros compañeros. En un piso viven cinco chicas bajo la tutela del gobierno y en otro de la misma finca, seis chicos. ¿A dónde vas?, le pregunta uno. ¡A votar!, responde ella. «Se estaba produciendo una vulneración grave de sus derechos, ya que se juzgaba la calidad del voto de un colectivo muy concreto de personas», ratifica Silvia Sánchez, directora de Plena Inclusión Madrid. «El derecho al voto no es un fin en sí mismo, sino un peldaño hacia la conquista de otros derechos que también les están siendo negados».

Virginia sale del colegio electoral. Una mañana soleada. Tiene planes. Irá al parque cercano y se encontrará con su pareja. han quedado a comer. «Votar merece la pena», sentencia Virginia que anuncia cuál será su próxima lucha: lograr que las mujeres como ella puedan tener hijos sin perder la tutela de la comunidad y sin tener que entregarlos en adopción o a sus familias. «Quiero que haya más recursos para las personas mayores, para que puedan estar con sus hijos. Tengo amigas que han tenido que dar a su bebé en adopción. Pero, claro, al no tener trabajo y como están las cosas no se pueden tener ni mantener».

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