Los 'guardianes' fieles de la Patrona de Don Benito

Antonia y Julio ante la Virgen de las Cruces. :: f. h./
Antonia y Julio ante la Virgen de las Cruces. :: f. h.

Julio Gordo y Antonia Paredes llevan ocho años desempeñando la labor de ermitaños en el santuario de Las Cruces

FRAN HORRILLO

Como todos los viernes, Julio se afana en cortar el césped y dejar aún más bonito si cabe el extenso vergel que circunda la ermita de Nuestra Señora de las Cruces de Don Benito. Mientras tanto su esposa, Antonia, limpia y prepara con mimo el santuario que preside la Patrona dombenitense y que al día siguiente acogerá un enlace matrimonial. Es su quehacer diario y sus caras certifican que disfrutan con cualquier oficio que llevan a cabo allí.

Julio Gordo y Antonia Paredes cumplen ya ocho años desempeñando con ilusión, gusto y celo la labor de ermitaños en el santuario de la Virgen de las Cruces. Una profesión que a veces pasa desapercibida, pero que es esencial para que uno de los lugares de culto más visitados de la comarca luzca en su máximo esplendor y en las mejores condiciones.

Julio reconoce que las circunstancias en las que accedieron a convertirse en los encargados de cuidar la ermita no fueron las más idóneas, ya que se les presentó la oportunidad tras fallecer su cuñado, Kiko, que era el anterior ermitaño. «Me vine a ayudar a mi cuñada Paca, hasta que encontraran a otra persona y el caso es que llevamos ya ocho años aquí, viviendo para y por la ermita», apunta.

Una decisión, la de quedarse, que como admite Antonia apenas les costó tomar pues, como puntualiza, «yo esto ya lo conocía, me gustaba y desde luego todo lo que pude hacer por mi hermana, lo hice».

No todos los días se quedan a dormir en las dependencias anexas de la ermita. Pero cuando lo hacen, como ahora en verano, abren bien temprano. De hecho, a las siete y media de la mañana ya están abiertas de par en par las puertas de la ermita y desde entonces el goteo de fieles para visitar a la Virgen de las Cruces es incesante.

Algunos, incluso, están 'fichados' por los ermitaños, ya que a diario no faltan a su cita con la Patrona y cuando se ausentan por cualquier cuestión se les echa de menos.

25.000 visitantes

Como dato orientativo, en el año 2014 se contabilizaron las visitas que recibió la ermita, sin contar con los días grandes del Lunes de Pascua o el día de 'La Velá', que es cuando se registra mayor afluencia de gente. Entonces, el número de personas que pasó por el santuario fue de 25.000 anuales, notándose un incremento significativo en los meses de verano, en los que muchos emigrantes regresan a su ciudad y no pierden la oportunidad para cumplir con su Patrona.

Unos devotos, por cierto, que no sólo proceden de Don Benito, sino de otras poblaciones de alrededor, como Guareña, Manchita, Medellín, Mengabril, Yelbes o Santa Amalia, muchos de los cuales incluso hacen el trayecto hasta la ermita desde sus pueblos para el día de La Velá.

Precisamente, para esas grandes citas y otras celebraciones a lo largo del año, los ermitaños se esfuerzan en tener todo a punto. Antonia tiene claro que para desempeñar bien el trabajo, lo importante es organizarse y repartirse las tareas. Y mientras su marido se encarga a diario de la limpieza y mantenimiento de la zona exterior, ella suele tener a punto las dependencias del templo, incluidas la sacristía, el camarín o el cuarto de los trajes de la Virgen, de los cuales alrededor de una docena han sido confeccionados por la propia Antonia.

Y es que la ermita de Nuestra Señora de las Cruces se ha convertido en uno de los lugares preferidos a la hora de celebrar bodas. «Aquí vienen muchas parejas a casarse porque, venga un sacerdote u otro, las bodas quedan preciosas», afirma Antonia. De hecho, algunos matrimonios han llegado a celebrar el banquete allí, o bien instalado una carpa en el césped o bien haciendo uso del salón climatizado existente en el recinto con capacidad para 170 personas.

Un salón que favorece, además, que sean innumerables las celebraciones, de bautizos o comuniones, o convivencias, de centros educativos o asociaciones, que se llevan a cabo en la ermita de abril a junio.

En definitiva, un marco incomparable el que rodea a Julio y a Antonia que, como reconocen, les transmite mucha paz. «Estar aquí entre tanta vegetación, con los pajaritos cantando y al lado de la Virgen de las Cruces, a la cual le tenemos mucha devoción, despide mucha paz. Así que estamos encantados», apunta Antonia que, a diario, suele rezar bastante a menudo a la Patrona. «La rezo el Rosario, y luego si entro veinte veces a lo largo del día al altar, son veinte veces las que la rezo un avemaría o la oración de 'Bendita sea tu pureza'. Tengo muchos motivos para darle las gracias y todo lo que le rece se me hace poco. Y es que para mí es un privilegio estar tan cerca de la Virgen de las Cruces».

Vacío grande

Ese cariño hace que sea en las vísperas de La Velá, cuando la Virgen regresa hasta Don Benito para estar en la parroquia, cuando peor lo pasen. «En esos días, hasta que llega el 12 de octubre, sentimos un vacío muy grande. De hecho, muchas veces miramos al camarín, que está vacío, y nos entran ganas de llorar».

Una fe en la Patrona que es la base principal para que los ermitaños de las Cruces se encuentren entusiasmados con su labor, ya que además se sienten queridos por los miembros de la Hermandad. Por eso, de momento, prefieren no pensar en abandonar esta bonita labor, en donde esperan estar mientras las fuerzas les acompañen.

 

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