Djokovic destrona a Nadal

Rafa Nadal, en Roland Garros. /
Rafa Nadal, en Roland Garros.

Festival del serbio, que infligió al balear la segunda derrota de su carrera en Roland Garros gracias a su triunfo en tres sets

VICTORIO CALERO

Roland Garros tiene nuevo rey: Novak Djokovic. El serbio echó a Rafa Nadal del trono parisino a lo grande: rozó la perfección, gustó y se gustó, brilló y dio un festival ante el tenista más grande de toda la historia sobre tierra batida. Así pasó a semifinales. Hizo un partido sólo a su alcance para derrotar al nueve veces campeón de Roland Garros, el mismo que había perdido solamente una vez en esa arcilla. Por eso Djokovic demostró que es el mejor jugador del mundo ahora mismo en todas las superficies. Se confirmó que la diferencia entre ambos es grande. Más incluso de lo que se podía esperar. El resultado fue contundente: 7-5, 6-3 y 6-1. No definitivo para que el serbio conquiste su primer Roland Garros, pero sí decisivo.

No había partido más esperado ni fecha más señalada. El mayor desafío de la tierra batida. Y el partido 44 entre ambos fue una de las victorias más especiales de Djokovic en su carrera. Básicamente borró del mapa al manacorense desde el fondo de la pista. Su raqueta lanzó bombas contrarrestadas por balines. Hasta su físico estuvo un punto por encima del de Nadal. Un triunfo que prácticamente sólo le costó en el primer set, cuando sí que fue una lucha de poder a poder.

El inicio del serbio fue soberbio. Agresivo y valiente, trituraba todo lo que le llegaba. Encontraba las líneas como si nada. Llevaba a Nadal a la red y le hacía bailar de una lado a otro de la pista. No buscaba peloteos largos; quería sangre. Pero el campeón la temporada pasada consiguió parar la hemorragia. A partir del 4-0 fueron cayendo al mismo ritmo los «¡Vamos!» y los juegos a favor del español. Por eso se puso 4-4 en el set. Pasó de diluviar a escampar para Nadal. Se amontonaban los puntos interminables, con los dos al borde de la extenuación. Ambos físicos estaban al límite intentando imponerse para gobernar el partido.

La pena para el pupilo de Toni Nadal es que se volvió a nublar el partido para él. Y ya no volvió a abrirse el cielo. Nole se recompuso. Retomó una versión más parecida a la de los cuatro primeros juegos que de los cuatro siguientes, y a la sexta bola de set cerró la manga. Un set insano, como un sótano húmedo y sin ventilación, pero tremendamente beneficioso para el serbio.

Lo que en el primer set solía durar un mundo empezó a durar bastante menos. La fiesta del derroche físico se expandió durante todo el acto inicial, convertida en una mezcla de pundonor y sufrimiento, pero bajó a partir del segundo. Los juegos iban cayendo con más fallos, sobre todo del manacorense. El ritmo disminuyó ligeramente y ahí salió victorioso el número uno del mundo. Era imposible mantenerlo. Nadal buscaba más profundidad en sus tiros. Necesitaba más derechas, más paralelas, más ganadores. Pero sólo encontró algunos puntos gratis en la volea. Nada más. Y mientras, Djokovic seguía cómodo desde la línea de fondo.

La derecha paralela de Nadal, termómetro de su confianza, no funcionaba. Cuando arriesgaba, cuando quería subir un punto su tenis y hacer algo distinto, sus bolas se iban por poco. No tocaban línea, no le daban alegrías. Tenía que buscar otras solucionas mientras su confianza disminuía -sólo consiguió cuatro tiros ganadores en todo el segundo set-. Por eso, cuando tuvo su opción el serbio, la aprovechó: rompió el saque del de Manacor, se puso 5-3 y cerró la manga con su servicio.

Por primera vez en su carrera, Nadal estaba dos sets a cero en contra. Situación desconocida. Por primera vez la Philippe Chatrier le animaba. Pero no tuvo capacidad de reacción. Los juegos fueron cayendo uno tras otro en contra. El alma de Nadal se diluía mientras el serbio crecía. El partido era dramático para el español. Con el rostro desencajado a duras penas hizo un juego. No podía más. Había que rendirse a la evidencia. Y con una doble falta como fatal desenlace, Nadal cedió el trono de París. Una pista tan especial como la Philippe Chatrier, donde tantas y tantas veces ha ganado el español, donde tantas y tantas veces el público francés se ha puesto en su contra, despedía con aplausos al tenista más grande sobre arcilla. Se marchaba derrotado el que ha sido hasta ahora el rey de París.

No había partido más esperado ni fecha más señalada. El mayor desafío de la tierra batida. Y el partido 44 entre ambos fue una de las victorias más especiales de Djokovic en su carrera. Básicamente borró del mapa al manacorense desde el fondo de la pista. Su raqueta lanzó bombas contrarrestadas por balines. Hasta su físico estuvo un punto por encima del de Nadal. Un triunfo que prácticamente solo le costó en el primer set, cuando sí que fue una lucha de poder a poder.

El inicio del serbio fue soberbio. Agresivo y valiente, trituraba todo lo que le venía. Encontraba las líneas como si nada. Traía a Nadal a la red, le hacía bailar de una lado a otro de la pista. No buscaba peloteos largos, quería sangre. Pero el campeón la temporada pasada consiguió parar la hemorragia. A partir del 4-0 fueron cayendo al mismo ritmo los ¡vamos! y los juegos a favor del español. Por eso se puso 4-4 en el set. Pasó de diluviar a escampar para Nadal. Se amontonaban los puntos interminables, con los dos al borde de la extenuación. Ambos físicos estaban al límite intentando imponerse para gobernar el partido.

La pena para el pupilo de Toni Nadal es que se volvió a nublar el partido para él. Y ya no volvió a abrirse el cielo. 'Nole' se recompuso. Retomó una versión más parecida a la de los cuatro primeros juegos que de los cuatro siguientes, y a la sexta bola de set cerró la manga. Un set insano, como un sótano húmedo y sin ventilación, pero tremendamente beneficioso para el serbio.

Lo que en el primer set solía durar un mundo empezó a durar bastante menos. La fiesta del derroche físico se expandió durante todo el acto inicial, convertida en una mezcla de pundonor y sufrimiento, pero bajó a partir del segundo. Los juegos iban cayendo con más fallos, sobre todo del manacorense. El ritmo disminuyó ligeramente y ahí salió victorioso el número uno del mundo. Era imposible mantenerlo. Nadal buscaba más profundidad en sus tiros. Necesitaba más derechas, más paralelas, más ganadores. Pero solo encontró algunos puntos gratis en la volea. Nada más. Y mientras, el serbio seguía cómodo desde la línea de fondo.

La derecha paralela, termómetro de su confianza, no funcionaba. Cuando arriesgaba, cuando quería subir un punto su tenis y hacer algo distinto, sus bolas se iban por poco. No tocaban línea, no le daban alegrías. Tenía que buscar otras solucionas mientras su confianza disminuía solo consiguió cuatro tiros ganadores en todo el segundo set-. Por eso, cuando tuvo su opción el serbio, la aprovechó: rompió el saque del de Manacor, se puso 5-3 y cerró la manga con su servicio.